26 de diciembre de 2015

Hogar.

Hogar es la familia en la que naces, pero decides que sea tuya. 
Hogar es la impaciencia de mi padre cada vez que salimos de viaje; contrapunto a la parsimonia de mi madre, con mil bolsas llenas de últimos detalles, que mi padre nunca sabe cómo van a entrar, pero llegan sanos y salvos. 
Hogar es un reencuentro con todos los que hace meses que no veo. El cosquilleo en el pecho porque sé que hay alguien esperándome en la estación; disfrazado, seguramente, entre comentarios de desconocidos que nos toman por locos, pero de eso se trata. Es la puesta a punto de historias dentro del coche, la planificación de los días que nunca se cumplirá. 
Hogar es un barco con rumbo a Cádiz a las 10 de la mañana. Es el viento helado en la cara al salir a cubierta, las risas de dos extranjeros al escuchar que cantamos, las miradas de una nueva incorporación en la familia por vernos en nuestra salsa. Es un desayuno al sol, es un paseo entre calles que conjugan historia y consumismo. Es un mercado lleno de olores de flores, de puestos antiguos con bolsitas de frutos secos, gitanos bailando sevillanas entre margaritas blancas y flores de Pascua, que ahora son rosas. 
Hogar es tumbarnos en el muro del acantilado, en silencio, con el sonido de las olas rompiendo de fondo. Son los entresijos de la ciudad que cuenta mi padre, los ojos entusiasmados de mis primos, la eterna pregunta en el sur de si la manzanilla que uno pide es vino o infusión.
Hogar es la guerra por las tres duchas que hay en casa, el deseo de que aparezca un giratiempo para poder ralentizar los minutos y evadir los gritos que meten prisa. Es el beso de mi madre y mi tía en Nochebuena al Niño Jesús de un nacimiento que lleva toda la vida con ellas, cumpliéndoles sus deseos. Es el ruido del choque de bandejas, la cocina colapsada, la comida y la bebida pasando de mano en mano. Es escuchar por milésima vez la misma anécdota de cada reunión familiar contada por mi padre y mi tío, y seguir riendo en la misma parte de la anécdota. 
Hogar es cenar escuchando de fondo Siempre Así porque la mitad de los que estamos ha pasado los años más felices de su vida en el sur, y la otra mitad veníamos en cada puente que encontrábamos, con el mismo cosquilleo en el pecho al llegar a la estación. 
Hogar son los villancicos de siempre, las panderetas y palmas que acompañan. Es el ritual de mi tío cantando su villancico, o mi madre el suyo, que le emociona de la misma forma año tras año. Es la promesa cada cena de que después saldremos los más jóvenes, y el nunca cumplirlo. 
Hogar son los susurros de mi madre cada vez que nos viene a despertar a mi primo y a mí, muy despacito, desde el marco de la puerta. Es calcular las horas exactas de sueño para no quedarte sin tostadas, o sin tomate y aceite, o sin las tres gotas de café que sobran. 
Hogar es el amigo invisible, que no Papá Noel. Un amigo que es más visible que nunca. Es sentirte el rey de los detalles cuando aciertas de pleno en los gustos de uno de la familia. Es el sonido del papel rasgándose, el temblor de las manos, los ojitos de ilusión, las orejas rojas por ver que han acertado contigo. 
Hogar es el olor agridulce que no se va en todo el día a la mañana siguiente de que haya acabado. Son los abrazos de despedida, llenos de ternura, de la misma forma que hace muchos años, cuando éramos más pequeños y nos protegíamos frente a todo. Es la pena porque ya ha terminado, hay gente que se va a tierras lejanas y otros volvemos a casa; pero, qué casa, si este es nuestro hogar.

C.


9 de diciembre de 2015

Poema a Siria

Tonta de mí
Pensar que  acaso era tuya tu vida
Únicamente por el color determinado
De la caoba de tus ojos;
El vaivén de tus respiraciones;
El peso tornasolado de tus pasos al huir.
Tonta de mí creerte vivo,
Humano,
Ser,
Por el insignificante hecho de tenerte delante
Mirarte a los ojos
Escucharte reír.
Es por mi ingenuidad, quizás,
Que te creí vivo
Cuando en realidad no eras más
Que la línea difuminada
De un horizonte lejano,
Y tu forma ante mí era el polvo rojizo
Que cubría la sangre del suelo de aquel país del que dijiste huir;
Pero cómo vas a huir, si vivo no estás;
Ciudadano no eres;
Y este mundo de estancias cerradas
Difícilmente es lo suficientemente amplio
Para alojar la suma completa de tu persona.
Tonta de mí por creerme
Tu mirada
Tu aliento
Tu esperanza
Tonta por creer que tu vida valiera más
Que tu nombre en el papel.

V.



24 de noviembre de 2015

Por mí y por todos mis compañeros

  Yo esto lo hago por mis amigos y todos esos pactos tácitos que no hizo falta firmar, incluso antes de conocernos. Por los que estuvieron, están y estarán. 
Lo hago por los de la infancia, con los que compartí ceras manchadas de Actimel, pilla-pillas por el patio del colegio, misiones secretas para robar pan en el comedor cada día, y chocolatinas los viernes. Con los que hacía tratos, cuanto menos injustos, en los que comía sus lentejas a cambio de que terminaran el yogur que me daba arcadas. Con los que viví (y sobreviví) a las funciones de Navidad, disfrazados de ovejas, abetos, gitanos, pastores, estrellas y todo tipo de personajes del repertorio familiar. Con los que salí impune del momento de gloria (o desgracia, casi siempre) que era cantar un sólo en medio de clase, para probar la voz para el villancico de ese año. Con los que decidí poner nuevos motes a los profesores, y acepté, pasado un día, usar los que llevaban años instaurados; como manda la costumbre y no-rebeldía del colegio.
  Con los que me daba collejas, jugaba a polis y cacos, y corría hasta la extenuación para conseguir saber "quién estaba por quién", con una respuesta que, por supuesto, no era la esperada. Con los que torcerse un pie era el mejor trofeo porque ibas al hospital en el recreo y cuando volvías eras famoso durante el minuto que quedase de día. Por los que no tengo idea de su color preferido, pero sí de quién estuvieron enamorados durante toda la Primaria, por una notita que se encontraba en el estuche, se comentaba en susurros junto a la papelera de clase, y se zanjaba el tema; porque a los amigos que invitabas a dos cumpleaños seguidos no se los delataba (en público), ley esencial nº 1. Con ellos crecí. Con ellos crezco. Sé que con ellos creceré. 
  Nos vemos una vez al año, si hay suerte, dos, porque te encuentras en la papelería de siempre donde de pequeños comprábamos la goma-sacapuntas de Mapped, que era la única buena y válida. Nos vemos una vez al año y es bonito así. Cargamos la mochila con miles de historias que nos han pasado, que en un primer momento no pensamos ni en contárselas, y nada más vernos salen de la nada, como si la cremallera estallase ante su mera presencia. Y hablamos y opinamos, de esa manera en que se habla y se opina cuando hay tanta confianza, que regañas y te emocionas como si fueras su hermano porque en realidad son eso, familia. Y luego bailamos y reímos mucho, y escuchamos canciones que quizá normalmente daría vergüenza poner ante otro público, pero ahora no hay vergüenza ni público, solo nosotros. Y luego nos vamos, normalmente enfadados, porque en todas las familias hay discusiones y maldiciones. Y al día siguiente nos escribimos, emocionados e ilusionados, olvidando el mal de ojo echado la noche anterior, y hacemos promesas de vernos una vez al mes por lo menos. Y luego lo incumplimos, siguiendo el juramento que hacíamos de pequeños de darnos la mitad del bocadillo en el recreo, que luego comíamos a toda prisa en el baño antes de bajar porque un tesoro jamás se comparte. 
  Y pasa un nuevo año, y cargamos la mochila de otras historias, y el ciclo se repite. Poco a poco construimos entre todos un hogar, sin saberlo, en el que una ausencia se nota mucho porque falta la torpeza de uno, el chiste del otro, y la impuntualidad de uno, y la glotonería del otro. Esas características que solo sabemos nosotros, que otros creen saber, que las han vivido tan pocas veces que solo llegan a quejarse y no las aprecian. 
C. 

17 de noviembre de 2015

España

Yo no sabía
Que mi país era una mujer morena,
Pelo oscuro hasta la cintura,
La risa clara, y aún entre sollozos
Sabiendo aclararse la garganta
Y entonando la voz para hacerse oír
Por encima del ruido cansado de la tierra,
El color roto de las ausencias de su pelo y piel.
Quien diría que mi país
Es una chica delgada y una guitarra
En un anfiteatro que contiene la respiración
Cuando ella pronuncia un 'contigo' en susurros,
Cuando ella llora, cuando ella sonríe,
Cuando se marcha con el corazón en un puño
Y reaparece como el sol de julio, tan lento,
Tan rojo, escarlata, una explosión,
Un quejido carmesí de garganta profunda
Y un alma más profunda aún.

V.


10 de noviembre de 2015

Burn to born

Soy el nudo en la garganta al recibir una noticia triste, la presión en el pecho cuando crees no salir del ahogo al que está sometido tu cuerpo. Soy el pinchazo detrás de los ojos al despertar después de haber caído dormido llorando; el latido en las sienes al llorar. Soy la ráfaga eléctrica en el esternón previa a una intuición; el vuelco que da el estómago cuando se cumple.
Soy el frío y sudor de manos, el temblor de piernas, el zumbido en los oídos que anuncia la ira. Soy el escalofrío en la nuca que precede al miedo. Soy el abandono del cuerpo después de un vómito; el peso previo a un desmayo.
Soy el cosquilleo detrás de los lóbulos de las orejas anterior a un beso; el hormigueo en el pecho previo a un contacto corporal. Soy la presión en las venas de la muñeca al ponerte nervioso; el enrojecimiento del cuello que delata tu vergüenza. Soy la garganta seca cada vez que mientes, la lengua pastosa cuando la mentira sale a la luz.
Soy la gota de sudor fresco que recorre tu cuero cabelludo cuando esperas una respuesta. Soy tu respiración entrecortada, a través de la boca, cuando el mundo ya no es mundo y se asoma la ansiedad. Soy el desconocido que te cruzas en la esquina, que devuelve una mirada que no es suya, sino tuya. Soy la aguja en los pulmones que se clava dura cada vez que la culpa acecha a tu puerta.
Soy todas las señales que muestras inconsciente. Soy tú. Soy quien participa de tus reacciones. Soy ellas. Soy quien te conoce porque te comprende, y al comprenderte formo parte de ti. Soy tu nimio control sobre ti mismo. Soy el aire que respiras; el aire que te marea cada vez que me intentas atrapar. 
Soy la asunción de tu cuerpo como materia que refleja tu esencia. Soy la conexión entre mundos, que quemas, y no prende. 
C.



 (photo: @maitedeorbe)

4 de noviembre de 2015

Tell me

Cuéntame una historia.
Háblame  del recorrido rutinario desde tu casa al vagón de tren en un miércoles de abril templado, tus pasos en la acera, el color del abrigo de ese hombre de melena canosa y mirada perdida que espera a cruzar en el otro lado del paso de cebra. Descríbeme el agridulce olor a lluvia que inundó tu cocina aquel día en el que te dejaste la ventana abierta y encontraste el alfeizar desbordado y las cortinas empapadas. Cuéntame la expresión de cara que se le dibuja a la persona que más quieres cuando se enfada; explícame detalladamente la ocasión en que sin poder evitarlo se te deslizó el jarrón de porcelana japonesa milenaria de tu tía abuela entre los dedos y escaleras abajo.  ¿Cuál fue el estruendo que repicó por todo el descansillo al resquebrajarse en mil pedazos? ¿Qué gritó la tía abuela?
Quiero escuchar el recuerdo de la casa en la que creciste de niño; el temblor irrefrenable que atenazó tus rodillas la primera vez que condujiste un coche calle abajo con la voz de tu padre abriendo camino entre farolas y bordillos. Quiero saber qué pensaste de él el primer día que le viste, y qué sientes al cruzarte por la calle con un extraño que lleva su perfume.
Cuéntame miles de historias: qué le ocurrió a la señora libanesa que conociste por casualidad en el portal de la casa de la playa cuando perdiste las llaves y no había nadie dentro para abrirte; de qué color era la cinta de su bañador mojado; en qué empresa de dispositivos electrónicos a punto de quebrar trabajaba su marido. Háblame de la manera en la que se curva a la izquierda la calle que mejor conoces; de cómo él aprieta la mandíbula sonriendo únicamente con los ojos, de su aire sarcástico; de la silueta de la ciudad con la que sueñas cada mediodía al cerrar la mano en torno  a la barra del metro y cerrar los ojos con un suspiro.

Cuéntame, sí, nárrame el peso del aburrimiento: el tedio de la rutina, a mí alrededor no pasa nada que quepa mencionar, me marcho lejos, porque aquí, aquí no pasa nada que valga la pena contar. O mejor: dime cómo abriste los ojos y te diste cuenta de que la historia está aquí, ahora, y no allá, entonces. Que empieza cada mañana con el sonido de las persianas alzándose en el cuarto de tu madre, que empieza aquí, que empieza ahora.

V.




25 de octubre de 2015

Me mueve el aire

Cuando era pequeña mi súper poder preferido era ser invisible. Me parecía la pera evitar que la gente me viera, meterme entre las calles y poder explorar el mundo a mis anchas, cotilleando todas las conversaciones que me apeteciesen y contemplando a todos y cada uno de los amores platónicos que tenía (y sigo teniendo). Eso de la teletransportación lo veía como una tontería. ¿Para qué querría yo teletransportarme si podía coger un avión e irme a donde quisiera?
Luego pasó el tiempo y, así como dejé de querer ser astronauta y defensa de fútbol, dejé de ansiar la invisibilidad. Me di cuenta de que las cosas siempre se sienten mejor cuando se hace con todo el cuerpo. Presente. Eso de la cobardía y el esconderme ya no era para mí.
Pasé muchos años sin súper poder favorito. Desde que renuncié a la invisibilidad no se me ocurría nunca una respuesta cada vez que me preguntaban.
Ahora me he hecho más mayor y, únicamente a excepción de los viajes en tren con amigos durante horas y horas, escogería viajar cada vez que quisiera con solo pensarlo.
Elegiría uno de esos días en los que la casa está sola. A eso de la cuatro de la tarde. Con el rayo de luz que entra directamente en mi habitación cuando estoy sentada en mi cama y apoyada en la ventana. Con el aire en la nuca y mirando a ninguna parte y a todas al mismo tiempo. Cerraría los ojos muy despacio, inspiraría y PAF, me desvanecería en el aire.
Primero aparecería en Argentina. Desde que decidí convertirme en su fanática número uno siempre siempre he querido ir. La recorrería de norte a sur. Pasando desde Buenos Aires hasta cada rincón de Bariloche. Exploraría todo el Mar del Plata. Y me perdería entre praderas y praderas de La Pampa.
Volvería a cerrar los ojos y me iría a la costa de México. Pero no a la grande. No a Playa del Carmen ni a Tulum. Me escondería en una aldea dentro de bosques, entre gentes amables, naturaleza que sigue su propio curso y mucha paz. Y me llevaría a amigos conmigo. O los haría en el camino. Da igual.
Y seguiría cerrando ojos. Y desvaneciéndome con suspiros. Y aparecería en el interior de cada libro que alguna vez quise explorar. En los paisajes del mundo de Idhún, en las escaleras interminables de Howarts; subiría al Olimpo, pero al de Percy, al que está en la cumbre del Empire State. Me colaría entre los decorados de Casi Ángeles, entre cada aula del Mandalay. Y en esa habitación de madera, de colchas claras, luces chiquitas y velas blancas que cuelgan del techo, y un rincón para hacer perfumes. Con ese reloj que esconde la llave a la Isla de los Niños Felices. Eudamón.
Y después, solo después de haber inspirado y guardado muy despacito cada sensación, volvería a casa. Cerraría de nuevo los ojos, mientras el rayo de sol me rozara la cara y el viento me acariciara la nunca, para sentir que, como diría Silvia, a mí me mueve el aire y que es en él donde quiero estar.
C.
           

             

20 de octubre de 2015

Si fuese un camaleón


Sentada en mi cama a las 20:42 de un martes de otoño griposo, rodeada de mantas y agobiada por el calor de la calefacción, no puedo evitar envidiar a los camaleones.

Si fuese un camaleón a estas horas de la noche me repeinaría la melena con gomina y me trajearía impoluto, mezclándome con la sociedad más exquisita de un cocktail iluminado por la luz de falsas luciérnagas de vidrio florentino. Pasearía serio entre la multitud sin dudar de mi aspecto comedido, atractivo, elegante. Bailaría moviendo únicamente los pies durante toda la velada, y al asomar los primeros bostezos en los labios finos de las mujeres agarraría mi capa oscura y me marcharía por la verja de hierro del jardín. Habiendo dejado tras de mí un perfume ambiguo que quedaría permanentemente grabado en la mente de esa silueta que me observa marchar con su corazón entre los pliegues del traje, arrancaría sutil el motor y desaparecería como una sombra en la oscuridad.

Si fuese un camaleón a esas horas de la madrugada salpicaría mi cara morena con agua de un barreño y contemplaría mi expresión de gitana en el espejo roto de un baño iluminado por la luz clara del amanecer. Me pasaría un dedo fino por el cuello, por el pelo negro, por el hombro. Acariciaría el tacto caliente de mi soledad de noche estrellada y escucharía resonar en mi cabeza un taconeo y una guitarra, un corazón que late. Entonces marcharía por la puerta con el alma en la mano y la sombra del campo dibujado como acuarela ante mis ojos.

Y si fuese un camaleón, cruzaría el campo para llegar al mar. Me fundiría con una ciudad de puentes colgantes, sería una pareja anciana dada de la mano en el porche, sería la cal de las paredes, el movimiento inconstante de los paseantes, todas las tonalidades de color que se funden para pintar el otoño. Si fuese un camaleón…

Sentada en mi cama a las 20:59 de un martes de otoño griposo, rodeada de mantas y agobiada por el calor de la calefacción, me escuece la piel por querer pertenecer a muchos otros cuerpos, a muchos otros corazones, a muchas otras vidas.

 V.

11 de octubre de 2015

Yo quiero, sí, quiero

Yo quiero un amor para toda la vida; de los de cuentos de hadas, no princesas. De los que emana energía por todos los caminos que se puedan elegir. Y luz. Y vida. De los de miradas que contienen palabras, de frases no dichas, de los que solo hace falta sentir para saber. De los de cabeza inclinada, sonrisa y suspiro que se escapan. De los fieles. Compañeros de vida. De los de orgullo por la existencia compartida, por olores y canciones y películas y frases y sabores y sonidos que solo hablen de dos. De los de dar la mano y sentirte dentro de su corazón, aferrarse a él despacito, con cuidado, que no se rompa, que se quede junto a mí. De los de lazo de plata, algo invisible, que lleva al alma del otro. De los que unen, no atan, deciden quedarse. De los que rompen con miedos, con planes alternativos, con agobios y cadenas. De los de un hijo por año, veinte perros, cien viajes, y un jeep para explorar el mundo en carretera y mochila. De los de serie los lunes, picnic los martes, libros los miércoles, siesta los jueves, baile los viernes, cena los sábados, cine los domingos. Y amor todos los días. De los de rutinas no rutinadas, de tradiciones entendidas, compromisos tácitos, ser y estar. 
Yo quiero un amor para toda la vida; de los de cuentos de hadas, no princesas...
C.




5 de octubre de 2015

Amor se escribe con V, de vida.

Y te preguntarás si creo en el amor libre, 
Si me he vuelto loca, o si no sé lo que estoy diciendo 
Y te preguntarás si quiero eso, o es un modo de protegerme
Y te preguntarás si lo hago para parecer madura y entendida 
Y te preguntarás si lo hago para ponerte a prueba, 
Si lo hago con expectativas de que me digas que conmigo te basta 
Y yo te responderé no muy segura 
Con muchas dudas y mucho miedo: 
Que no no quiero compartirte, 
Que te quiero para mí, y que a mí me basta contigo y nadie más 
Pero prefiero compartirte, que ser engañada
Porque es ahí, cuando engañas, cuando mientes
Es ahí cuando empiezas a dejar de respetarla.
Cuando dejas de admirarla
Cuando empiezas a verla con pena y no con amor.
Cuando empieza a importarte menos que antes, 
Y cuando el amor se agota poco a poco, porque piensas lo estúpida que es. 

...Y es que no se trata de que yo no confié en ti 
Se trata de que tu no confías en ti.

Cuando no puedo dormir escribo sobre mis miedos y sobre él.

M, colaboradora.


20 de septiembre de 2015

Within hearts

En mi realidad paralela camino siempre por calles de ventanas entreabiertas y hiedra creciendo sobre paredes del tono pastel más texturado del catálogo, dejando mecer mi cuerpo al son de una brisa leve y una luz permanentemente ladeada; de amanecer o atardecer. Huele a primavera, a otoño, a transición. En esta realidad se percibe todo muy intensamente, parece que en cualquier momento el corazón estallará buscando donde expandirse más allá del entramado de círculos concéntricos que plagan la atmósfera cuando la contemplo pensando en aquel cohete que despegó para nunca regresar. Tras bajar la mirada de entre las nubes y contener el corazón en la garganta palpitante alcanzo un edificio con aspecto más antiguo que el resto, se alza soñador con sus balcones frente a mí. Del edificio me acerco a la puerta; si la vieseis sentirías la inmediata necesidad de pasar la punta de los dedos por la madera veteada y el tono oscuro de ese pomo dorado, acariciándolos. Esa puerta se abre a todos los lugares que uno anhela, no hace falta más que desear un destino para que crujan los engranajes y se parta en dos permitiendo el paso a quien espera fuera, expectante.
¿Qué me encuentro al entrar? Veo un patio de casa de ciudad, unas escaleras que se curvan alrededor de una pared de pintura desconchada por el paso de los años. Y apoyado en la barandilla con las manos en los bolsillos un rostro serio de ojos brillantes cuyo destino está tan entrelazado con el mío que entre nosotros destella al vernos una corriente eléctrica durante un segundo lo suficientemente breve para no percibirla, para dudarla, para beber de un trago la incertidumbre del misterio.
Su figura baja las escaleras y al alcanzarme sobran las palabras para entendernos. Me mira y contempla el patio, y supongo que se da cuenta entonces de que acabamos de encontrarnos en el rincón más profundo que tengo yo adentro; ahí donde le llevo a él.

V.




13 de septiembre de 2015

Es porque te echaré de menos

No es por tu energía ni tus ganas de comerte el mundo,
ni tus enfados a destiempo si pierdes un partido que ni si quiera te importa,
ni tu forma de taparte la nariz con la chaqueta cuando hay algo que te da muchos, muchos, nervios;
ni es por el modo en que se te va la consciencia cuando hay una guitarra cerca,
ni por el sonido profundo que hace moverse el piso cuando te da por reír,
ni por la manía de poner de fondo canciones para que aprenda, que ya me toca;
ni es por ese vicio que tienes de meter regalos a escondidas en mis bolsos,
ni porque siempre lleves la cerveza en la mano esperándome para charlar,
ni porque tengas el ansia de plagar tu cuarto de post-its por darte fuerzas para invitarme a cenar cuando el terremoto haya pasado;
ni es por tus "puedo prometer y prometo"s que nunca cumplirás,
ni por la capacidad que tienes de afrontar mis tormentas con sarcasmo e ironía, sabiendo de sobra que son el mejor remedio,
ni por tu forma de comprometerte sin palabras, con hechos;
ni es por la manera que tienes de callar y que invada el silencio durante horas,
ni por cómo cantas, muy bajito para que nadie (o todos) te escuchen,
ni por el modo en el que miras, entrando en el alma, quedándote junto a ella;
ni es por cómo rozas las palmas de mis manos para calmar mis ganas de llorar,
ni por cómo contraes la cara cuando hay algo que no quieres decir,
ni porque lo acabes diciendo.
es por la complicidad,
y el sentimiento de saber de antemano que te deberé una de por vida,
y por las ganas que tengo de abrazarte el alma,
y darte las gracias por enseñarme que a amores cortos, películas épicas,
y decirte que te quiero, mucho, por haber aportado una gota, o un mar entero, al océano de emociones que soy.
es
porque
te echaré
de menos.
C.

6 de septiembre de 2015

End of summer.

Dos visiones de un verano. Empieza Cristina y acaba Vic.



Esto es como cuando de pequeños nos pasábamos los meses de verano encerrando recuerdos en 

nuestra mente para poderlos contar a los amigos a la vuelta al cole, después de comprobar por tercer año consecutivo que lo de crecer no molaba nada porque los uniformes nuevos, que aún no han sido usados, pican un montón, y los libros son cada vez más, y más pesados. Esto es igual, pero sin las palas de la playa, la trenza de hilos que te hacías en el lugar más vistoso de la cabeza, o la competición de un moreno cangrejil que nunca, nunca, superaría a tu amigo que era negro por naturaleza.

Esto es igual, pero con la ilusión de historias que dejas aún sin empezar, o inacabadas, antes de irte de vacaciones, a ver si con suerte consigues conservar la chispa hasta dentro de dos meses; o un primer gran viaje con amigos, de esos que no hacen del verano el mejor de tu vida, pero sí el más especial. O el helado que crees el más impresionante que has probado, no por su sabor (que también), sino por llevar nueve horas caminando por una ciudad con más sol que un desierto a las dos de la tarde. O un tren repleto de inmigrantes por los que te planteas las diferencias que vienen implícitas en eso de nacer en lugares diferentes, esas que se muestran cuando en un vagón lleno las únicas que reciben una sonrisa de la autoridad somos dos europeas.
Esto es igual, pero con la mente cargada del recuerdo de una puesta de sol en un lugar en lo alto del mundo, o las conversaciones en idiomas inventados con extranjeros, porque no te queda otra. O las carcajadas por agotamiento tras pasar dos semanas basando la comida en pan con queso y agua en fuentes que encuentras. O el primer chapuzón del verano, ese único en los días que te queden ahí en el que no te planteas lo fría que pueda estar el agua, simplemente necesitas ese frio. O las acampadas al raso, con veinte capas de ropa encima, un cielo lleno de tantas estrellas que crees que tendrás todos los deseos concedidos de por vida, y quince tonos distintos de risa que se convierten en tu canción favorita. O las mañanas en las que el malestar que llevas en vena se pasa sólo con la presencia de amigos, y no con eso del ibuprofeno y el café.
Esto es igual, pero con un reencuentro en septiembre en el que se sustituyen las galletas Dinosaurios del recreo, por un gin tonic y un paseo por Madrid nocturnos, para acompañar lo de abrir la caja de recuerdos, un poco, sólo un poco, no sea que se escapen.

C.

Apoyado en mi mesa descansa un tarro de cristal a punto de estallar. Al hacer girar su tapa oigo risa lejana y me alcanza el olor de una corriente de ría lluviosa; durante unos segundos, al abrirlo, cierro los ojos y se derrite mi cuarto a mis espaldas. En el bote no cabe mi cuarto, pero sí caben 8 países surcados por las vías de un tren fijado, tanto en el bote como en mi mente, en un permanente viaje al atardecer. 
Compré el bote de cristal hace 3 meses. Lo encontré en una tienda pequeña repleta de estanterías y me aseguré de que fuese del tamaño correcto para lo que yo quería: cabe todo lo que te hace feliz. 
Desde el bote me sonríen cuatro amigas sentadas en una estación rodeadas de mochilas y maletas. De pasar tanto tiempo junto a ellas casi se me olvidó meterlas dentro de mi tarro, pero en un último momento de despedida en un aeropuerto nocturno conseguí acordarme y añadir los 4 objetos de mayor peso a mi recolección. Mis amigas pesan más que 6 capitales europeas y una ciudad pequeña coronada por una iglesia silenciosa.
Les toca ponerse las gafas de bucear y contener la respiración. Tuve que llenarles el bote de agua de mar del norte, y de ese mar un pequeño velero blanco, y de ese velero un chico de melena negra que navega siempre más allá del horizonte. Desde el bote escucho el eco de mis pies reconociendo una casa de piedra y madera que solamente había conocido a través de la voz que me contaba sus historias. El bote cada vez pesa más y más.
Me acerco la tapa a la nariz; huele a ciudad, a finca, a isla, a sol. Con un suspiro me doy cuenta de que el recipiente está tan lleno que tendré que comprar uno nuevo, ya que éste no da más de sí.
Enrosco la tapa e inmediatamente echo de menos el silbido del tren y el sabor de la incertidumbre. Pero entonces, al colocarlo junto a los otros 17 botes que descansan en mi estantería, acabo sonriendo, pensando en los muchos que me quedan por rellenar. Y pienso que no tardaré, en medio de una tarde lluviosa de domingo cerrado, en rescatarlo del estante y recordar el olor de la felicidad. Que cuando lo necesite siempre estará ahí, esperándome.

V.




22 de agosto de 2015

Number 1

Ya lo dije una vez, las mejores personas son una mezcla perfecta entre locura y lealtad. 
Mis personas favoritas tocan la guitarra y son incapaces de aprenderse las letras de las canciones, aunque aún así cantan. Viven pensando en barcos y un sol poniente, el arranque de la moto por la autopista, la tabla de surf olvidada en una ciudad de mar. Mis personas favoritas son despistadas muchas veces; pierden el móvil, la mochila, llegan tarde y se dejan todas las luces de la casa encendidas. Son alegres, abiertos, radiantes, pero callados. Impacientes, caprichosos, activos 24 horas al día... Excepto cuando toca tirarse 3 seguidas al sol para volver moreno al trabajo.
Conducen demasiado rápido, nunca tienen miedo, siempre buscan la siguiente ciudad lejana a la que mudarse. Y siempre acaban volviendo, aunque se tengan que volver a ir. 
Y es que mis personas favoritas son nobles, aventureras, indecisas, cariñosas. Les encantan los perros, los caballos, el mar. Les encantan los amigos, la ciudad de siempre, la sonrisa de una madre. Mis personas favoritas siempre empujan a mejorar, al esfuerzo, el continuar, y sobre todo, el sonreír. Porque, en el fondo, mis personas favoritas, más allá de todo lo demás, son también las más felices. Las que siempre saben apreciar el momento, quedarse con lo bueno y vivir de la manera más auténtica. Las que inspiran sin palabras, sin discursos, sólo con actos.
 A quién vamos a engañar: la verdad es que personas favoritas sólo se puede tener una.

V.



16 de agosto de 2015

INTERRAIL

INTERRAIL


AMSTERDAM


BERLÍN


PRAGA


BUDAPEST


VIENA


BOLOGNA

 
ROMA


 
¡HASTA LA PRÓXIMA!

C, V, M, P, B

1 de julio de 2015

j u l i o

Me caben los días en la mano, como siempre, cuando llega este mes.
Cae lento el sol por el horizonte, su risa, tus palabras, el frío helado del agua al saltar.
Las despedidas, los finales, los últimos minutos de apretujar todo en la maleta y echar un vistazo a tu alrededor para fijar las imágenes de tu cuarto, tu casa, su cara, antes de marchar. 
Este mes es un rostro siempre cambiante, una conversación distinta cada día, ese acento lejano con aire de caricia, un concierto de instrumentos raros y una eterna azotea.
Este mes suena a aviones despegando, a esa gente de verano que quieres sólo tres meses al año, suena a noches más largas y una sábana siempre presta a fundirse con tu piel.
Esta vez  tocan 5 mochilas, 7 ciudades, el traqueteo del tren y la promesa de arrepentirse mejor de lo hecho, que no de lo que faltó por hacerse. Tocan 22 atardeceres y 24 horas al día con ganas, más que nada, de aventura.
Esta vez Julio suena también a muchas cosas que acaban, esta vez para siempre. Como tu calle, tu voz, y también la rutina compartida con ciertas melenas rubias, ciertos ojos verdes, ciertas mañanas de jueves tranquilas. De todo lo bueno también queda un poco de lo malo, como eso de echar de menos una sudadera y unas zapas desgastadas, pero el verano está para no pensar nunca en lo que se deja atrás; así que hasta luego Madrid, te quiero, como siempre, y te veo en septiembre.

V.


20 de junio de 2015

"Soy todas las cosas que no cuento y con las que contaba"

Soy las palabras ahogadas en la garganta con miedo a salir al exterior. Soy el nudo en el pecho, el mar de lágrimas contenidas y las que corren por la mejilla abriendo paisajes en la piel una vez al año. Soy el todo y el nada, el temor a la equivocación, los errores y fallos.
Soy el latir del corazón antes de un primer beso. Soy el escalofrío que recorre la columna vertebral cuando, dicen, otro piensa en ti. Soy la bajada de párpados, la búsqueda de miradas a destiempo que nunca llegan, hasta que los ojos se cruzan. Soy las chispas de electricidad cuando otra piel roza la propia, el cosquilleo en las manos, el sentir una conexión.
Soy quien entiende cuando hablas, quien escucha en silencio entretejiendo hilos mentales para saber qué decir. Soy la angustia que paraliza, quien no se tira del trampolín, quien se ahoga aunque lleve salvavidas. Soy tristeza en la mirada, incógnita, misterio, un no saber cómo explicar. Soy dos caras de una misma moneda, arrepentimiento en vena, pero también un "de nada sirve el y si...". Soy cobardía momentánea enmascarada en firmeza, soy el no encontrar un sitio en el mundo y el emocionarse cuando explican que todos tenemos un lugar reservado. Soy el trueno que precede a la tormenta y el rayo que llega después de ella. Soy principios y finales.
Soy el paralizarse cuando quien te importa llega y congela el resto del mundo. Soy la furia escondida que cuando aparece provoca terremotos. Soy el darse por aludido en cientos de cosas que nunca vienen a cuento, el armarse una película y enseñarla en el cine de la sociedad. Soy el hablar antes de pensar, el camino de sueños. Soy el tener la seguridad de cómo quiero mostrarme y el pensar que así no va a funcionar. Soy el temor a romperme, a que toquen la armadura de hielo, sentimientos y tristeza.
"Soy todas las cosas que no cuento y con las que contaba".
C.

 (photo: V)

29 de mayo de 2015

Palabras para Julia...Paroles sur Julie

De una tía a su sobrina, por su primer cumpleaños.

Mayo
Qué suerte que florezcan las
Amapolas, y que Julia sea torbellino
Puro en la misma estación,
Un torbellino de luz, de verde árbol,
Del punto de la yema de su dedo índice,
De migas de pan.

B, colaboradora.


10 de mayo de 2015

Felix Felicis

Al mirar a la cara a la Felicidad
No vi trofeos, ni metas,
Ni picos de montaña
cubiertos por el fino polvo de la ambición.
No encontré escenas perfectas, ni sonrisas de revista,
Mujeres esbeltas o urbanizaciones de playa privada.
No encontré diplomas, certificados de autenticidad,
Planes de pensiones o razas de puro pedigrí.
Tampoco vi a quien apuesta todo por la promesa
De tierras lejanas, soledad, amor del que mata.
No vi el rechazo de todo lo convencional,
Cabañas de madera, telas de colores, playas desiertas
El lado alternativo de una misma moneda.
Con nada de eso me topé.
Al mirar a la cara a la Felicidad,
Observándole pasear bajo el sol de media tarde,
Recordé tus dedos en mi pelo
Su risa y su llanto
El color del punto que une tierra y marea
El sabor de las noches, y el tiempo que pasa
Por mí pero no entre nosotros.
Vi su calle un martes por la mañana,
El camino que recorro en bus cada viernes,
La rutina de tumbarme a su lado,
la belleza de quien se acepta totalmente.
Encontré más sueños que proyectos,
Dignidad, cariño, verdad, complicidad,
El sonido familiar de las voces de los que quiero.
Al mirar a la cara a la Felicidad,
Vi a quien acepta
Este momento, cada segundo, instante
Respirando tranquilo,
Sabiendo mirar a su alrededor
Y apreciando lo que ve, siente, escucha, ama.

V.







2 de mayo de 2015

te doy

te doy mis manos para juntar escombros con ellas, reedificar sentimientos entre murallas de capas y selvas; para construir aldeas de luz en una oscuridad a la que estamos atados por cadenas, que encierran, pero no nos callan;
te doy mis ojos para que veas colinas de hielo, montañas de rocas, picos con fuego; lo que sea, el caso es que lo bebas, o lo sientas o lo creas; para que te llegue un escalofrío entre miradas, entre bajadas de cabeza y sonrisas que se escapan; entre un sentimiento latente, expectante a estallar;
te doy mis labios para que beses la colilla de un tango acabado, para que conozcas el sabor del adiós; para que saborees el poso agrio que queda detrás de la lengua después de un último beso y el sinsabor de ese paso que no diste, la duda de un "pudo ser";
te doy mi olfato para que te empapes del olor del miedo, ese que solo distinguen los perros, pero, dime, qué perros, si nos convirtieron en ellos 
te doy mi oído para que escuches los gritos de un pueblo que sufre esperando ayuda en una guerra de palabras en la que las armas dan la espalda para convertirse en vallas que encierran y agobian; cárceles ilusorias que sueñan con nuestra propia represión.
te doy mi cuerpo para que nazcas, para que crezcas, para sientas con todas las partes de él; para que entiendas que vivir es morir en el intento de alcanzar ese grito que se tiene en el pecho, que se escapa por momentos, cuando retiras la venda de los ojos y te lanzas a buscar y a encontrar fuera de las cuatro paredes que siempre agobiaron.

C


(photo: davidisai)










23 de abril de 2015

23 de Abril

17 años, una ciudad soleada, el pelo oscuro
Que resbala por mi espalda: 
Todas esas cosas soy.
Pero, sin duda, sin miedo,
También soy muchas otras cosas.
El fuego de un dragón,
Sobrevolando la planicie de una tierra lejana
Las manos de un asesino,
La sangre de la víctima,
El susurro del que escapa, a medianoche, 
De una prisión de piedra bañada por las olas de un mar enfurecido.
Soy un rey que teme por su pueblo,
Un pueblo que quiso derrocar a su rey;
Soy una casa de campo bañada por la monotonía,
Un desierto, el crujir de la madera
Bajo los pasos temblorosos de quien no se quiere dejar ver.
Soy otra época, tantas distintas,
Que por mí corren imperios, anarquías, utopías.
Soy heroína de mil destinos, y también ese
Que negó el suyo y salvó el peso de la circunstancia
Por la innegable voluntad de su bravura.
Soy el que muere por amor,
El que huye, el que lucha, el que gana,
Y sobre todo
Soy el que crece
Con cada nueva aventura.
17 años, una ciudad soleada, el pelo oscuro
Que resbala por mi espalda...
Y un libro entre las manos.
Yo también soy todas las historias que he leído.


Feliz día del libro,
V.


12 de abril de 2015

De la magia y la razón

La diferencia entre Lola y el resto de niños es que mientras ellos señalaban el engaño, ella se unía a él y le enseñaba a bailar. Tomaba las motas de polvo, las juntaba entre las faldas de su vestido y con mucho cuidado las soltaba a la luz de la ventana de la habitación. Las motas se movían en el aire y brillaban tanto que Lola se tenía que llevar una mano a los ojos para no deslumbrarse. 
Los otros niños le daban la espalda y cuchicheaban entre sí. Y uno bajaba corriendo a llamar a la señorita Sadness. 
Ella llegaba y reinaba el silencio. Luego regañaba a Lola por estar siempre en las musarañas, abría la ventana tosiendo y las motas volaban lejos de allí. Entonces preguntaba a la niña por qué hacía esas cosas. Lola miraba extrañada y respondía "¿Es que no se da cuenta, señorita? Son luciérnagas. Ellas también tienen derecho a saber bailar."


C.



1 de abril de 2015

Que valga la pena

Busca a quien
Irrumpa en tu mundo del revés,
Versando tu tristeza entre los enredos del cabello,
Rezando por tu risa y rompiéndote
Uno a uno los juicios, prejuicios
Desdoblando paisajes, ensamblando oasis, 
Proyectando las desalegrías, desvaneciéndolas,
Acabando poco a poco con ese peso
Del miedo que pesa en tu garganta.
Quien sepa que no es más quien más 
Dice, tiene, traga, gana...
Sino quien mejor acepta, ama, camina, respira.
Alguien que conozca las claves
De tu adrenalina y tu calma en pareado, 
Que sepa activar a la par tu paz, tu euforia,
Quien te mire a los ojos aportando algo auténtico,
Lejano, único, profundo,
Y te escuche, te hable, te entienda.
Busca a quien despunte en un mar de expresiones vacías,
Quien te quiera, te alce, te levante siempre.

V.







16 de marzo de 2015

Querida tú

Querida tú, 
Vales más que dejar que la superficialidad de algunos te arrastre de la oreja como si fueras una flor del campo a su disposición. Más que ese espejo que te devuelve la mirada y te dice que no salgas a la calle, que te van a mirar mal. Que ese trozo de bocadillo que te insinúa con sus migas lo que te han enseñado a odiar. Vales más que esa risa a tus espaldas, es grano en la cara, esa revista de moda que te dice que en cinco días vas a adelgazar. Vales más que ese llanto sin helado porque sabes que eso solo cuenta en las películas, que en la realidad un vaso de agua y a correr: no vaya a ser que tengas que estar tres semanas para quitártelo y no, no tienes tiempo. Vales más que ese imbécil que te miró de pequeña y te dijo que tenías la cara como una paella, o el otro que te gritó delante de todo el colegio que te estaba empezando a salir bigote cuando él tenía una pelusilla que ni Torrente a sus años. Vales más que esa bajada de ojos a tu pecho descarada y ese cambio de mirada cuando ve que te has dado cuenta. Más que ese que te toca el culo en una discoteca como si fueses un mono de feria al que hay que exponer para que todo el pueblo lo vea. Vales más que ese que te llama puta como si hubiese descubierto el mejor insulto del mundo para transmitir la envidia que le da tu buena suerte en la cama. O ese que te llama monja porque tienes tus principios y no vas a permitir un arrepentimiento de por vida por su culpa. Vales más que ese que te da batallas constantes por una personalidad que choca con la suya, como si uno no se enamorase de una persona en su totalidad y no solo de una parte. Ese que hace guerra de guerrillas sin organización ni argumentos. que pierde las discusiones por no tener excusas que decir. Ya lo decía algún anónimo de esos que tanto se llevan: si no te paz, al menos que te haga bien la guerra, pero no una chapuza. Vales más que ese anuncio de colonia en el que siempre la tía sale desnuda y es alcanzada al final por un hombre macizo que jamás pasa de quitarse la camiseta. Más que los ránquines que hacían los niños cuando eran críos puntuándonos y las lágrimas y mocos ahogados en el jersey del colegio por no estar en los primeros puestos. Vales más que la sonrisa sarcástica en la cara de algún iluminado cuando respondes algo inteligente a la pregunta con la que pretendía ganarte en menos de un minuto. Vales más que el demonio que tienes dentro, que se grita con tu ángel cuando te seduce la idea de mostrarte diferente para gustar al resto. Vales más que tus piernas, que tu culo, que tus tetas. Que tus ojos, tus pelos, tus pecas. Vales más que tus vestidos, tus faldas, tus medias. Que tus complejos, sus medias tintas, tus inseguridades, tu belleza.
C.



"Beauty begins the moment you decide to be yourself", Coco Chanel


 

9 de marzo de 2015

AM-ARTE

Traga la lluvia de esos ojos, eterno mar. Ahógame en tus aguas y conviérteme en un naufrago que sobrevive al bravío de las olas. Arrastra mi cuerpo hasta la orilla y abandóname sin esperar a que alguien venga a rescatarme. Quiero ser un marinero perdido y vagar sin rumbo, buscando sus tesoros escondidos. Qué dulce es el tiempo cuando nos invade el olvido. Desgarraste mis recuerdos y los tiraste al vacío, sin importar que aún miraban sus ojos buscando los míos. Cuando el sueño acuda a desvelarte y la mañana te impida despertarte, déjame decirte que amarte me costó mucho más que olvidarte.
A.





22 de febrero de 2015

En 50 palabras

 
 
Te quiero explicado en 50 palabras: te quiero por eso de que nací ya con esta sed de territorio salvaje, de terreno sin cartografiar; porque la mayor aventura comienza en tu garganta, y es que qué viaje tu voz hacia el lugar donde sólo me sale soñar con nunca llegar.


 V
 
Iba a contarte algo mejor que este cuento, pero (des)contando horas me he perdido en nosotros y no en ellos. El mundo se ha vuelto loco aquí dentro y he saltado sin paracaídas al misterio de tu mente. A quererte. A (re)contarte los mil y veinticuatro lunares de tu cuerpo.

 C
 
 
 
 
 
El arrebato de un aleteo, el pasear de las patas de cristal de una mariposa en el hombro; quizás no queda más que poder sentir el mundo para ser feliz, quizás es un sueño que mejoremos porque ya tenemos todo lo mejor en un único instante de vida que apreciar.
 V
 
Ella siempre decía que las mariposas eran hadas disfrazadas que volaban entre humanos haciéndoles recordar sus sueños. Luego dibujaba en folios magia sembrada en amapolas, se sentaba conmigo a ver Peter Pan, esparcía polvo de estrellas y me hacía prometerle, mientras regaba mis alas, que nunca tendría miedo a volar.

C
 
 

8 de febrero de 2015

keep swimming

Por qué no dejas de nadar siempre a contracorriente,  gira 180 grados y no le digas tanto que no a lo que te pide el cuerpo, sí, sí, sí, siente la carne los huesos la sangre, camina si lo que quieres es echar a caminar y quédate parado cuando ya no puedas más de marearte la cabeza con idas y venidas que no llevan a ningún lugar; en un sótano a la luz de la bombilla no se siente la caricia del sol, de una boca cerrada no escapan verdades, metiendo la cabeza entre las cuatro esquinas de una pantalla de móvil  no se llega a la fotografía de esa playa artificial; no dejes de trabajar- tampoco es esto un juego dibujado con tiza en el parque, sin consecuencia ni perdón- esto es la suma de todo lo que hiciste haces y harás condensado en un pestañeo, esto es la guerra, la paz, el amor y el continuar, así que no pierdas tanto el tiempo en quejas sobre ese asunto que se escapa de tus manos, concéntrate mejor en esos que entrelazan sus dedos entre los tuyos y te hacen soñar que esto quizás no es un sueño; no luches contra la sociedad, no te margines ni desprecies a la multitud, mejórala, apréciala, escucha las historias de más voces que tu quejido solitario; la libertad no es un bosque y un taparrabos, es saber respirar entre cuerdas y cadenas sin perder la calma de la felicidad, sentir una fe tan ciega que ni el más triste domingo te pueda doblegar a la desesperanza; así que mejor aprender a combinar lo bueno con lo malo, romper el cristal y salir de este agujero que se llama autocompasión, complacencia y cobardía.

V. 



30 de enero de 2015

Hoy

Hoy me he levantado entre manchas de tinta de un corazón que sangraba y latía. He tragado bolas de sentimientos que quería aceptar y he cerrado la puerta a diez palabras maltrechas con las que nunca pude avanzar. 
Hoy me he quitado las capas, he firmado pactos de silencio, me he reído de mí, no te he echado de menos y he quedado desnuda bajo una lluvia de verdades como costras. 
Hoy he soltado un grito a los tipos estereotipados, a los personajes inhumanos disfrazados con caretas de carnaval. O retales. O retazos. O brochazos de libertad entre una muchedumbre masificada que nunca da la cara. 
Hoy he soñado con escapar, he hecho planes de huida, de mochilas llenas de vida y vivencias o vivencias vividas. Hoy me he mirado al espejo, he dado la vuelta a mi sombra, la he cosido despacio, "no te vayas sin mí".
Hoy echado un pulso a la incógnita, al tiempo que llevo perdido, a mis meteduras de pata, a mis vergüenzas ajenas y los líos del querer. He quedado con alguien, he acariciado la puerta, me he lanzado al vacío: tijera, piedra o papel. Y creo que he ganado.
C. 


 (@piluro)

24 de enero de 2015

''Maybe it's not about the happy ending. Maybe it's about the story.''

Y es que mis historias favoritas
Siempre serán las inacabadas.
Esas que se leen entre las líneas de la mano,
Más cerca del silencio que la realidad,
Cristalizadas en el hueco de un par de ojos
Que brillan al relatarlas, sin pretensión alguna
De que se las pueda explicar, clasificar, entender;
Sólo dejarlas correr.
Y es que duran años, años, años,
Tejiéndose entre la aridez y la baja marea,
En un terreno donde la siembra siempre planta dudas y jamás certezas,
Donde el peso del tiempo que pasa vuelve loco
Por una acción en claro, una aclaración
Y nada más.
Son fuego tan lento
Que más que quemar, derriten
Poco
A
Poco, y
Es tan difícil disuadirlas, disolverlas
Apagarlas
Que incluso cuando terminan
No terminan de acabar,
Y se convierten en una sílaba sorda
Encajada entre la esperanza y el quizás,
Una sospecha susurrada de que tal vez...
Ahora no,
Pero algún día a lo mejor sí.

V.


19 de enero de 2015

Tiempos de cambio

"¡Quiero improvisar!" chilló la marioneta, cortándose los hilos que la ataban al sistema (Día Sexto)

Te escribo a ti, seas quien seas.
Quisiera pedirte que no te convenzan de que no puedes hacerlo, como si de verdad los continentes no se hubieran separado alguna vez. No te calles si tu eco eclipsa su voz. No permitas que te roben la cultura si la inteligencia es su peor enemigo. No dejes que te moldeen con las formas que a ellos les convienen para tu autodestrucción. El "por tu bien" no existe. No te conviertas en un objeto de una sociedad consumista, inconformista. No aceptes que os separen, que os dividan, sean quienes sean tus aliados. No te permitas caer en la soledad de cuatro paredes oscuras; nunca sabrán a libertad. No te creas  lo primero que hay a la vuelta de la esquina. No seas tonto. Me recuerdas la vieja historia que contaban las madres de aceptar caramelos ajenos. No te dejes arrastrar. No tomes por verdades lo obvio, siempre viene cargado de medias tintas. Busca. Compara. Explora. Permítete la duda de que todo lo que creías se puede desmoronar. Fragmenta. Monta. Ensambla. Date opciones de vida; las mejores ofertas siempre llegan al final. Despega, no dejes que te corten las alas, si siempre supiste que tu sitio está por encima de cabezas a una tierra pegadas. Lucha por el de la calle de enfrente, la de la izquierda a la cuarta salida, el del todo recto hasta el amanecer. Lucha por ti, por mí, por un futuro que no es suyo, sino nuestro.
C.









11 de enero de 2015

Lugares Lejanos

A mí que no me busquen donde está mi cuerpo; a mi que me encuentren en el lugar donde está mi corazón. Allí donde rompen las olas, allí donde el tiempo es un paseo tranquilo bajo el sol de media tarde.
Que me busquen más allá de donde ven mis ojos; donde alcanzan mis sueños. Allá donde no se puede sentir el vaivén del sinsentido y el miedo, ahí donde levantarse sabe a viento más que a asfalto mojado, y donde no falta el roce de tu piel y el olor de tu cuello bajo mi piel.
A mí que no me intenten retener amarrándome las manos en torno al ancla de hierro de este mundo; que no, que sigan el vuelo de mis alas planeando alto por encima de los días y las noches, de la vida, hasta perderme en la distancia. Porque a veces nos olvidamos de que también estamos donde preferiríamos estar.

V.