4 de noviembre de 2015

Tell me

Cuéntame una historia.
Háblame  del recorrido rutinario desde tu casa al vagón de tren en un miércoles de abril templado, tus pasos en la acera, el color del abrigo de ese hombre de melena canosa y mirada perdida que espera a cruzar en el otro lado del paso de cebra. Descríbeme el agridulce olor a lluvia que inundó tu cocina aquel día en el que te dejaste la ventana abierta y encontraste el alfeizar desbordado y las cortinas empapadas. Cuéntame la expresión de cara que se le dibuja a la persona que más quieres cuando se enfada; explícame detalladamente la ocasión en que sin poder evitarlo se te deslizó el jarrón de porcelana japonesa milenaria de tu tía abuela entre los dedos y escaleras abajo.  ¿Cuál fue el estruendo que repicó por todo el descansillo al resquebrajarse en mil pedazos? ¿Qué gritó la tía abuela?
Quiero escuchar el recuerdo de la casa en la que creciste de niño; el temblor irrefrenable que atenazó tus rodillas la primera vez que condujiste un coche calle abajo con la voz de tu padre abriendo camino entre farolas y bordillos. Quiero saber qué pensaste de él el primer día que le viste, y qué sientes al cruzarte por la calle con un extraño que lleva su perfume.
Cuéntame miles de historias: qué le ocurrió a la señora libanesa que conociste por casualidad en el portal de la casa de la playa cuando perdiste las llaves y no había nadie dentro para abrirte; de qué color era la cinta de su bañador mojado; en qué empresa de dispositivos electrónicos a punto de quebrar trabajaba su marido. Háblame de la manera en la que se curva a la izquierda la calle que mejor conoces; de cómo él aprieta la mandíbula sonriendo únicamente con los ojos, de su aire sarcástico; de la silueta de la ciudad con la que sueñas cada mediodía al cerrar la mano en torno  a la barra del metro y cerrar los ojos con un suspiro.

Cuéntame, sí, nárrame el peso del aburrimiento: el tedio de la rutina, a mí alrededor no pasa nada que quepa mencionar, me marcho lejos, porque aquí, aquí no pasa nada que valga la pena contar. O mejor: dime cómo abriste los ojos y te diste cuenta de que la historia está aquí, ahora, y no allá, entonces. Que empieza cada mañana con el sonido de las persianas alzándose en el cuarto de tu madre, que empieza aquí, que empieza ahora.

V.




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