Cuéntame una historia.
Háblame del recorrido rutinario desde tu casa al
vagón de tren en un miércoles de abril templado, tus pasos en la acera, el
color del abrigo de ese hombre de melena canosa y mirada perdida que espera a
cruzar en el otro lado del paso de cebra. Descríbeme el agridulce olor a lluvia
que inundó tu cocina aquel día en el que te dejaste la ventana abierta y
encontraste el alfeizar desbordado y las cortinas empapadas. Cuéntame la expresión
de cara que se le dibuja a la persona que más quieres cuando se enfada;
explícame detalladamente la ocasión en que sin poder evitarlo se te deslizó el
jarrón de porcelana japonesa milenaria de tu tía abuela entre los dedos y
escaleras abajo. ¿Cuál fue el estruendo
que repicó por todo el descansillo al resquebrajarse en mil pedazos? ¿Qué gritó
la tía abuela?
Quiero escuchar el recuerdo de la
casa en la que creciste de niño; el temblor irrefrenable que atenazó tus
rodillas la primera vez que condujiste un coche calle abajo con la voz de tu
padre abriendo camino entre farolas y bordillos. Quiero saber qué pensaste de
él el primer día que le viste, y qué sientes al cruzarte por la calle con un
extraño que lleva su perfume.
Cuéntame miles de historias: qué
le ocurrió a la señora libanesa que conociste por casualidad en el portal de la
casa de la playa cuando perdiste las llaves y no había nadie dentro para
abrirte; de qué color era la cinta de su bañador mojado; en qué empresa de
dispositivos electrónicos a punto de quebrar trabajaba su marido. Háblame de la
manera en la que se curva a la izquierda la calle que mejor conoces; de cómo él
aprieta la mandíbula sonriendo únicamente con los ojos, de su aire sarcástico;
de la silueta de la ciudad con la que sueñas cada mediodía al cerrar la mano en
torno a la barra del metro y cerrar los
ojos con un suspiro.
Cuéntame, sí, nárrame el peso del
aburrimiento: el tedio de la rutina, a mí
alrededor no pasa nada que quepa mencionar, me marcho lejos, porque aquí, aquí
no pasa nada que valga la pena contar. O mejor: dime cómo abriste los ojos
y te diste cuenta de que la historia está aquí, ahora, y no allá, entonces. Que
empieza cada mañana con el sonido de las persianas alzándose en el cuarto de tu
madre, que empieza aquí, que empieza ahora.
V.

No hay comentarios:
Publicar un comentario