27 de noviembre de 2014

A su lado

Hace algunos años me creía la reina del mundo; lo estaba descubriendo y todas las opciones se expandían por mi mano como un universo infinito que nunca terminaría. Estaba en la cúspide y no escuchaba a nadie que llevase la contraria a mis pensamientos. No por orgullo, sino por humanidad. Descubría por mi cuenta aunque doliese, como si no fuese más fácil aceptar que quizá había alguien con una vida un tanto más larga que la mía. Tenía el poder de ser todo y la posibilidad de acabar en nada. Luego me enfadaba cuando alguien no seguía mis consejos, cuando solo oían mi voz, pero no la escuchaban. Pensaba que al no tomar mis advertencias, las personas no confiaban en mí. Elucubraba en mi cabeza sin darme cuenta de que yo era la primera que huía por completo de lo que los demás me dijeran.
Con el tiempo me he topado con situaciones en las que lo he pasado realmente mal cuando he tenido que susurrar un mítico "te lo dije" de forma casi inaudible. Ver a personas que quieres pasar por situaciones parecidas a las tuyas pudiendo haberlo evitado te rompe por dentro. La clave está en que nunca lo habrías podido evitar por mil kilos de voluntad que hubieses puesto al asunto.
He aprendido que las amistades, el amor, el hecho de querer a las personas no se trata de arrasar sus vidas. Ni de llevarlas a tu terreno, o de intentar influir en ellas creyéndote poderoso. No se trata de corregir ni de hablar pensando que te van a escuchar. Normalmente solo oímos porque creemos tener la respuesta correcta en esas opciones desplegadas en nuestra mano. Tampoco se trata de cambiarlas; las personas no cambiamos, es nuestra esencia la que evoluciona en base a nuestra experiencia.
Ya no me miento pensando que tengo el poder sobre alguien y es que existe una línea muy fina que he aceptado no pasar. Una línea que divide al individuo de su sociedad. Una línea que algunos llaman privacidad. Tras esa línea está la vida que nos pertenece por completo. Nuestros errores, nuestras caídas, nuestros aciertos. Nuestros encuentros y desencuentros. Ahí está guardada la libertad para arriesgar. Libertad que protegemos con celo; no intentes cortar las alas a nadie. Ya no pienso que permanecer al lado en silencio supone resignarme o perder la partida. Es todo lo contrario: supone ganar, transmitir confianza y no autoridad. Es proteger, pero no frenar. Reforzar y nunca forzar. Apoyar. Amar.
C


19 de noviembre de 2014

Bang

No tengas las cosas claras. No busques un camino recto a través de cada día- que eso no puede ser, no funciona el corazón para suponer que conoce sus propios latidos... Como si no fuésemos todos terremotos que nunca saben adonde llegan girando, como si se pudiese contener dentro de los siete días de la semana lo que siente el que vive y llora y grita. Y es que si pudiese adivinar adonde voy, ahí que me iría; si me supiese las coordenadas de este destino recorrería el trazo del camino en un mapa dibujado a recta de cuadrícula y llegaría paseando.
Pero nosotros somos más de ir dando tumbos en la oscuridad, sin saber, sin entender, cruza los dedos que igual no nos caemos. Pero no me pidas una explicación detallada de lo que pasa por mi cabeza, qué, qué, qué, yo no lo sé, a veces pasa simplemente el abrir los ojos sin darte cuenta de nada. A veces tiran demasiado las ganas de echar a correr tras el golpe seco de un portazo y hasta luego.

V.


9 de noviembre de 2014

Del des-amor y otras cosas

El otro día lloré; hacía mucho que no me pasaba. Y cómo no: me acordé de ti. Había hablado con ella de la vida, las ausencias, el desamor. Me asomé a la ventana y te vi. Nos vi. Y tuve miedo, un miedo que llevaba años sin sentir. Recordé cómo es ser pequeña y esas pesadillas que los cuentos con moraleja provocan. Como si algún día hubiese dejado de creer en ellos; yo qué sé. Sentí frío, me congelé. Me encontré vacía, me di cuenta de que te habías ido. Creo que era la primera vez que comprendía tu ausencia porque dolerla, la había dolido hacía ya muchos meses. Pero no así. Me sentí indefensa, sin una parte de mí y entendí que jamás la iba a volver a tener. Y es que no sé qué le pasa al desamor, igual se ha vuelto loco, pero le ha dado por hacer que las personas se entreguen parte de su corazón. Como si tuviésemos más de uno para poderlo recuperar en caso de pérdida. Que he olvidado parte del mío desde que te fuiste y no sabes qué  frío. Que sí, que sí, que yo era de las que defiende el invierno y todo ese rollo, pero este es el primero sin ti y el café y las charlas te echan de menos. Que me he dado cuenta de que tengo miedo de no volver a amar, de tener mucha teoría, que no me quede práctica. Creo que el motor te los llevaste con esa parte de corazón que el desamor me obligó a entregar. Que tengo miedo de tu foto, de que se borre el recuerdo, como ese dibujo en el suelo. Tengo miedo de que seas una imagen en la mente, de que no nos quede más. Que me sientas extraña, desconocida, que no disimules, o lo hagas tan bien que acojone. Y volvemos al miedo y a la mierda de perderte. O al miedo a perderte. Es que no sé a que viene la idea que inculca la sociedad de que dos personas que hayan sido una no se echen de menos. Que no está permitido el necesitarse, que hay que aparentar ser independientes y retomar una vida que en algún momento planearon juntas. Como si fuese tan fácil volver a nacer después de la muerte.
C.

2 de noviembre de 2014

Medias tintas

Dame un grito de garganta profunda, un partir sin promesa de retorno, un naufragio sin supervivientes. Dame esas lágrimas que no se pueden contener, el cristal que se estrella contra el suelo, la forma tajante de la palabra adiós. Dame un dolor que desgarra por dentro, un incendio descontrolado, una desolación a punta de puñal.
Lo que no quiero que me des: no me des una rutina en la que ya no sienta nada, una repetición del día a día en la que gira y gira mi cabeza, una calle sin salida. No me des un pájaro enjaulado ni miradas de reojo que son pura cobardía. No me des las horas que no pasan, estas cuatro paredes, un remolino de agua en el que no sé nadar pero en el que no acabo de ahogarme.
Quítame la vida, pero no me quites las ganas de vivir.

V.