te doy mis manos para juntar escombros con ellas, reedificar sentimientos entre murallas de capas y selvas; para construir aldeas de luz en una oscuridad a la que estamos atados por cadenas, que encierran, pero no nos callan;
te doy mis ojos para que veas colinas de hielo, montañas de rocas, picos con fuego; lo que sea, el caso es que lo bebas, o lo sientas o lo creas; para que te llegue un escalofrío entre miradas, entre bajadas de cabeza y sonrisas que se escapan; entre un sentimiento latente, expectante a estallar;
te doy mis labios para que beses la colilla de un tango acabado, para que conozcas el sabor del adiós; para que saborees el poso agrio que queda detrás de la lengua después de un último beso y el sinsabor de ese paso que no diste, la duda de un "pudo ser";
te doy mi olfato para que te empapes del olor del miedo, ese que solo distinguen los perros, pero, dime, qué perros, si nos convirtieron en ellos
te doy mi oído para que escuches los gritos de un pueblo que sufre esperando ayuda en una guerra de palabras en la que las armas dan la espalda para convertirse en vallas que encierran y agobian; cárceles ilusorias que sueñan con nuestra propia represión.
te doy mi cuerpo para que nazcas, para que crezcas, para sientas con todas las partes de él; para que entiendas que vivir es morir en el intento de alcanzar ese grito que se tiene en el pecho, que se escapa por momentos, cuando retiras la venda de los ojos y te lanzas a buscar y a encontrar fuera de las cuatro paredes que siempre agobiaron.
C

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