28 de febrero de 2016

Her

Las personas, muchas veces, alcanzan la ciudad de Eudaimón sin esperárselo. Andan caminando por un sendero sin curvas perfilado en la fachada de la montaña, perdidos casi siempre en sus pensamientos, cuando- repentinamente, fantásticamente- aparece ante sus ojos una estructura de pálido mármol blanco sostenida entre nubes en el pico más alto de la montaña.
Los viajeros contemplan, boquiabiertos, el resplandor luminoso que emana de las piedras que blindan impertérritas las fronteras de la ciudad. Se preguntan si tras ese aire de misterio intangible se podrá pasear, efectivamente, por calles reales. Se preguntan si la vaporosa forma de las nubes que envuelven la fortaleza no es un espejismo, un sueño; si realmente ha aprendido la ciudad a volar. Se acercan, atraídos por un imán irresistible que les hace sucumbir a la tentación del lugar, a sus puertas. Allí encuentran, perdidos en un aire ensimismado, a una horda de cuentacuentos sacados directamente de las mejores historias. Con ojos de búho contemplan a los recién llegados y en voz de fina miel relatan las más imposibles anécdotas; y entre extrañas sonrisas plantean los retorcidos acertijos que hace falta sortear para ser invitado a entrar en la ciudad.
¿Quién entra en Eudaimón? Algunos lo consiguen. Cruzan la puerta de madera y alcanzan el interior de una plaza que se bifurca en miles de caminos insoldables cuyo fin es imposible divisar. Cada uno escoge su dirección y encuentra, en cada calle, una imposible red laberíntica que atrapa a los paseantes en un mundo de sueños a ras del suelo y los invita siempre a perderse más y más profundamente. Las calles, bañadas por una luz de resplandeciente invierno, ofrecen contrastes, miradas, vapores intoxicantes y aventura.
Sólo los más afortunados consiguen sortear, a pie, y sin nada más que el corazón entre los dedos, las calles más recónditas que llevan al verdadero interior de la ciudad.
Bien: a partir de cierto punto los adoquines de las calles desaparecen y comienza a cubrirse el suelo de una hierba tullida repleta de flores de profundo morado. Las callejuelas, poco a poco, se convierten en bosque, y el viajero ve su pecho atenazado repentinamente por aquello que tanto cuesta encontrar en una ciudad: el silencio.
Sí, un silencio plateado que tiñe los colores y congela el agua por donde pasa. El mismo silencio que se atisba en los huecos que se forman entre las palabras de un texto. El silencio que habita entre versos y entre desconocidos y entre amantes. Y quien se atreve a seguir caminando, apartando con suavidad la vegetación cada vez más frondosa, es posible, sólo posible, que al dejarse caer por una resbaladiza cuesta en el camino y alcanzar un hueco entre árboles… Es posible que la vea. Aunque sea un instante: un mechón de pelo rubio, o mejor: sus ojos. A ella. Que la vea a ella. Y que desde ese momento sea incapaz, nunca más, de encontrar el camino de vuelta.


V.


18 de febrero de 2016

Forma y vacío

Hola, me llamo , y ayer sucedió un hecho en mi vida que la condicionará para siempre. Soy consciente de ello y, aún agotado, me sobra aire para convencerme de que soy invulnerable, y eso es lo único que me alivia. 
 Soy hijo de nadie. Como tú, y como muchos más, que no me conoceréis. O sí. Y así o sin hacerlo seguirá existiendo un hilo irrompible que une nuestros sueños, siempre inalcanzables. Preso de alguien, de algo, invisible y desconocido ante nuestros ojos. Hijos de nadie, dueños de nada, porque nunca fuimos nadie.
 Alargamos día sí y día también el brazo ansiando alcanzar la libertad que nos desencadene definitivamente de una angustia constante, de un sentimiento de culpa que nos ahoga en el más profundo de los pozos y de un caos interno que nos sumerge en la más vasta oscuridad. Sin ser conscientes de que jamás podremos levantar el grito al cielo al unísono para desahogar y liberar este resentimiento con el que nos llevamos despertando todos los días desde hace ya un tiempo. Abatidos ante una existencia que nos oprime, amedrentados por un futuro inexistente. Destrozados tras tantas guerras internas, cual campo de batalla inundado por el fuego y la sangre de aquellos nadie que en su día soñaron serlo todo.
 Anhelamos sueños hoy, que no serán más que granos de arena en el mañana. Ser siendo todo. Anhelamos una vida en calma, sin miedo y sin dolor. Nos rodean las mismas preocupaciones, pensamos igual sin saber quienes somos. Sabiendo que no somos nadie. Sabiendo que algún día cogeremos un tranvía llamado Deseo, y romperemos con todo para poder desvestirnos de nuestro ser.
F.