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2 de noviembre de 2016

Past and Present

Sentada frente a mí en el vagón del metro: vaqueros, melena ondulada, rubio sucio, manuales de biología de segundo de carrera bajo el brazo. Echa un vistazo a su reloj con impaciencia, parece no querer llegar tarde. Entonces se acomoda resignada en el asiento y apoya la cabeza contra el cristal, barriendo con la mirada el panorama que le rodea. La observo disimuladamente, su gesto elegante, la cara fina.
La veo pasar el dedo por la mariposa que decora la portada de uno de sus libros; no sonríe, la acaricia sin más. Me pregunto qué le llevó a elegir esa carrera, esa rama científica, al acabar el colegio. Cómo de golpe me encuentro contemplando a una niña seria vestida con pantalones cortos escondida en la sombra de un cobertizo de piedra; en su mano embarrada, una lombriz que se ensortija entre sus dedos. Al otro lado de la puerta entornada un jardín frondoso, una manguera enredada en los tiestos de las macetas; en la distancia el color inconfundible de mar de verano del norte.
Ella, sentada frente a mí en el vagón, recoge con el índice un mechón de pelo más rubio que los demás y se lo coloca detrás de la oreja. En la casa con vistas a un mar del norte una chica mira por la ventana desde su posición en el alfeizar. Las estanterías de su habitación contienen lupas de distintos tamaños, escarabajos disecados, flores secas encerradas en diminutos tarros de vidrio y de cristal. Un golpe suave en su puerta arranca su mirada del paisaje, gira la cabeza, la puerta se abre y entra en el cuarto un hombre alto, sobrio, con un libro de tapas azules entre las manos. Se acerca a la ventana y los dos conversan durante varios minutos; ambos tienen la voz suave, baja, tranquila. Al rato él apoya el libro en el regazo de su nieta: en la portada azul, la forma inequívoca de un detallado saltamontes. Animalia. Entonces alarga el dedo índice y coloca cuidadosamente un mechón de pelo rubio tras su oreja. Se gira y sale de la habitación.

El metro alcanza la siguiente parada y la chica se alza inmediatamente. Nuestras miradas se encuentran durante un segundo, luego ella gira impaciente el rostro y espera a que se abran las puertas del vagón. En la forma vacía que deja su cuerpo en el asiento huele un poco a mar, un poco a hierba, ella de pie proyecta sombra sobre las puertas de acero chapado del cobertizo. Se abren las del metro, se cierran: al otro lado veo cómo mira su reloj y se relaja. Aún es pronto, aún es pronto. Le sobra el tiempo para llegar.

V.  


11 de mayo de 2016

Through her eyes

Para- el banco de piedra cubierto del rosa marchito de los pétalos del cerezo, y sentada con las piernas flexionadas una chica de ojos oscuros contempla la calle ante sí. Le han mandado precisamente eso- observar, correa de cámara al cuello, su mirada convertida en ráfaga de disparos calculados que congelan las imágenes que transitan la calle. Respira, despacio, por una vez no hay prisa- céntrate. Mira como pasea esa mujer, su cuerpo oscila, su pañuelo caoba a juego con su pelo. Acércate más, más, sin levantarte de donde estás, siente la textura sedosa de las fibras de hilo que tejen la tela; piérdete en los tonos tostados que conforman cada pliegue de su cuerpo. Se fue. Le sustituye, por ejemplo, la mirada inquisitiva de esa pareja de amigas ancianas que contemplan tu cámara con suspicacia y rehuyen por supuesto el enfoque de tu objetivo. Húndete más, desciende pues, por ejemplo a sus zapatos de ante húmedos, vuelven del parque, llevan horas charlando y en sus labios firmemente cerrados se escuchan ecos: volvió ayer Roberto de Ávila; Gengibre en el té, sí, como lo oyes; pues claro que me acuerdo de ellos! Como para olvidarles...
La escena transcurre ante tus ojos sin que tú muevas más que los dedos veloces, espera, busca, busca, fíjate, deja que te llame la atención el más diminuto detalle- lo tienes. Reenfoca, sus dedos entrelazados, el abismo de edad entre su melena blanca y su cuerpo de cristal, su trenza de espiga fina y rubia, mira como oscila, entre las hebras del cabello se diluye poco a poco una inocencia de espejo roto. Una mano en la cintura estrecha, se miran, caminan tan despacio, nunca lo suficiente para ti, querrías detenerlos y espiar la manera en que se funden sus alientos al acercarse el uno al otro... Entonces sí, durante un instante, nada más que unos segundos, pulgar en su clavícula, la contempla, la besa. Disparas. Se marchan.
En qué piensa este, este que camina demasiado erguido, no te mira de frente pero sí de reojo, en este caso entre la lente y su seria expresión se establece un juego de robos fugaces: delgado, joven, vaqueros claros, la curva de la espalda realzada en el omóplato protuberante; en qué piensa, te preguntas tú siguiéndole con la mirada, por dónde anda realmente, ante quién yergue de esa manera los hombros. Alrededor de su cuerpo se teje invisible un tapiz que lo encompasa y susurra , por ejemplo: Andalucía, solana, faena. Susurra finca, galope, desdén. Desaparece veloz entre la multitud y le pierdes para siempre de vista.
La mañana transcurre despacio, concreta, llueve un poco, las escenas se suceden lento y rápido, todo de golpe.  Las yemas de los dedos de aquella chica de ojos castaños acarician a veces el rosa marchito de las flores que cubren el banco de piedra, buscan perderse un poco en ese olor particular de transición, de fin. Los cerezos rara vez aguantaron las tormentas de primavera. Al rato la chica se levanta, alisa las arrugas de su chaleco,  con la memoria de la cámara repleta de rostros camina calle abajo, son por supuesto sólo rostros, detalles: estáticos, mudos, por supuesto, silenciosos. 

V.





12 de abril de 2016

15 cosas que no sabías de C y V

Los secretos mejor guardados del tandem bloggero...




1: En el 18 cumpleaños de V, C se quedó dormida (siempre duerme mucho) y se despertó sola a las dos de la mañana. Pegó un salto de la cama y en medio de la oscuridad empezó a pintarse y a arreglarse. Su madre se despertó en pijama. "Me he quedado dormida". "Corre, corre, vete". Cogió un taxi. Apareció en la discoteca a las dos y media. Había aforo. Se coló por los bajos de la discoteca. Cuando llegó, V se encontraba tan mal que a los diez minutos acabaron las dos metidas en un taxi de vuelta a casa... de C, claro. Lo último que recuerda V de esa noche es 'cuidado con el aparador que hay en el vestíbulo....' CLOOONK. Buenas noches y feliz cumpleaños, querida.

2: En la primera noche de fin de año que pasaron juntas, C amenazó con partirle la cara a una chica en una fiesta por haberle robado su abrigo de pelo a V. "Que dónde COÑO está el abrigo de mi amiga, colega. Que la tenemos, chaval, la tenemos." 2 semanas antes había montado un pollo similar en otra fiesta, porque a V le habían robado su abrigo tres cuartos negro.
A día de hoy, siguen sin haber recuperado ninguno de los dos abrigos. Pero eso, al final, es lo de menos.

3: Con 12 años C se grababa a sí misma con su cámara de vídeo, presentando telediarios con cotilleos y noticias sobre su colegio. Estaban bajo bloqueo nacional para que NADIE los viera. V los pilló el mes pasado.

3.1 :No fue lo único que pilló. También encontró un vídeo grabado hace unos meses de C cantando y actuando escenas de telenovelas varias  con vistas a mandarlo a una productora de televisión argentina y convertirse en superstar adolescente. Go, C, go.

3.2: Lo envió.

4: V controla su imagen en redes sociales. Obliga a C a cambiar los títulos de sus publicaciones en Facebook y sucedáneos para mantener su imagen, desviándose del camino friki impuesto por C. ‘No puedes hablar tanto de juego de tronos en público, C!’

5: Ambas tenemos obsesión por Percy Jackson, héroe de fantasía adolescente hijo de Poseidón Dios de los mares, aunque C es la única que lo manifiesta. V ha accedido a disfrazarse con C de sus personajes favoritos del libro e ir a la próxima Japan Week, pero sin que nadie se entere... Shh, callad, es un secreto.



6: C nació con un agüjerito en el cuello. No pasaba nada hasta que a los 8 años empezó a expulsar mocos, de los que C presumía. Le tuvieron que cerrar el cuello. Para la operación la anestesiaron con un líquido. Tuvo el pis azul durante un mes. Ah, la cicatriz se llama Pepita.

7: V tiene fijación por los hombres mayores. Durante bachillerato estuvo enamorada de nuestro profesor de Historia: 59 años. Ha escalado un paso más: se ha prendado de José María, compañero suyo de francés: 65 años.

7: C se compró el otro día un girasol. Lo dejó durmiendo en el alféizar de su ventana QUE TIENE REJAS. Por la mañana no estaba. Se había suicidado/caído desde un noveno. Cuando sus padres lo recogieron estaba decapitado: el tiesto por un lado y la flor por otro.

8: Si creíais que lo habías visto todo en pérdida de dignidad en este blog, tendríais que meteros en nuestros borradores: ambas escribimos cartas de amor a nuestros amores perdidos. Vamos por la página 24.

9: Si nos preguntarais cual es nuestro mayor deseo, C no os contestaría: si dice en alto el deseo no se cumple. V os diría que montar a lomos de un dragón.

10: C y su prima mayor se parecen tanto que se presentan como hermanas. ¿El colmo? Cuando C tenía 6 años y su prima 21, el dependiente de una tienda se pensó que su prima había sido madre adolescente y que C era su hija: le arreglaron el móvil gratis por pena.

11: Estando de Interrail conocimos a muchísimas personas. Entre ellas un chico de 30 años con aspecto asiático. Comentamos en español sus pintas de palomino en su cara. Era mexicano. Se supo más tarde.

12: Con 13 años C pisó un erizo de mar. Se le clavaron 33 espinas en los dedos del pie izquierdo. Tuvo que estar 3 días yendo a enfermería a que una alemana le sacase las púas una a una.

13: El momento más épico de toda la historia de C y V fue cuando un inmigrante ilegal se escondió debajo de nuestro asiento en un tren nocturno rumbo a Munich, y minutos más tarde entró la policía a registrar el tren. El inmigrante llegó sano y salvo a Alemania. A nosotras casi nos da una taquicardia antes de llegar.

14. Para el 19 cumpleaños de C, V organizó una yincana por todo Madrid que terminaba en un secuestro ficticio en el que C tenía que contestar a 10 preguntas sobre su telenovela argentina favorita para que liberasen a V. Por suerte, acertó todas las preguntas.


15. Esta entrada va con varias semanas de retraso, y como siempre C dándole el coñazo a V para que se organice y publique de una puñetera vez. No podría ser de otra manera. A pesar de todo, nos queremos mucho.


CyV.



28 de febrero de 2016

Her

Las personas, muchas veces, alcanzan la ciudad de Eudaimón sin esperárselo. Andan caminando por un sendero sin curvas perfilado en la fachada de la montaña, perdidos casi siempre en sus pensamientos, cuando- repentinamente, fantásticamente- aparece ante sus ojos una estructura de pálido mármol blanco sostenida entre nubes en el pico más alto de la montaña.
Los viajeros contemplan, boquiabiertos, el resplandor luminoso que emana de las piedras que blindan impertérritas las fronteras de la ciudad. Se preguntan si tras ese aire de misterio intangible se podrá pasear, efectivamente, por calles reales. Se preguntan si la vaporosa forma de las nubes que envuelven la fortaleza no es un espejismo, un sueño; si realmente ha aprendido la ciudad a volar. Se acercan, atraídos por un imán irresistible que les hace sucumbir a la tentación del lugar, a sus puertas. Allí encuentran, perdidos en un aire ensimismado, a una horda de cuentacuentos sacados directamente de las mejores historias. Con ojos de búho contemplan a los recién llegados y en voz de fina miel relatan las más imposibles anécdotas; y entre extrañas sonrisas plantean los retorcidos acertijos que hace falta sortear para ser invitado a entrar en la ciudad.
¿Quién entra en Eudaimón? Algunos lo consiguen. Cruzan la puerta de madera y alcanzan el interior de una plaza que se bifurca en miles de caminos insoldables cuyo fin es imposible divisar. Cada uno escoge su dirección y encuentra, en cada calle, una imposible red laberíntica que atrapa a los paseantes en un mundo de sueños a ras del suelo y los invita siempre a perderse más y más profundamente. Las calles, bañadas por una luz de resplandeciente invierno, ofrecen contrastes, miradas, vapores intoxicantes y aventura.
Sólo los más afortunados consiguen sortear, a pie, y sin nada más que el corazón entre los dedos, las calles más recónditas que llevan al verdadero interior de la ciudad.
Bien: a partir de cierto punto los adoquines de las calles desaparecen y comienza a cubrirse el suelo de una hierba tullida repleta de flores de profundo morado. Las callejuelas, poco a poco, se convierten en bosque, y el viajero ve su pecho atenazado repentinamente por aquello que tanto cuesta encontrar en una ciudad: el silencio.
Sí, un silencio plateado que tiñe los colores y congela el agua por donde pasa. El mismo silencio que se atisba en los huecos que se forman entre las palabras de un texto. El silencio que habita entre versos y entre desconocidos y entre amantes. Y quien se atreve a seguir caminando, apartando con suavidad la vegetación cada vez más frondosa, es posible, sólo posible, que al dejarse caer por una resbaladiza cuesta en el camino y alcanzar un hueco entre árboles… Es posible que la vea. Aunque sea un instante: un mechón de pelo rubio, o mejor: sus ojos. A ella. Que la vea a ella. Y que desde ese momento sea incapaz, nunca más, de encontrar el camino de vuelta.


V.


20 de enero de 2016

Enero

Cruzando un camino que bordea la ciudad pasea una chica de jersey claro y pelo moreno perdida en sus pensamientos; por supuesto lleva los cascos puestos, la música alta, el color del sol como acuarela enredado en el mecer de su cuerpo. Alcanza el borde de tu calle y sin decidirse a entrar la observa de lejos, distinguiendo esa puerta de madera que abre tantos sueños. Entonces gira sobre los talones, baja la mirada, y continúa su camino por otro lado, cruzando un puente colgante en medio de una ciudad de sonrisas hasta llegar a una plaza donde esconde entre los dedos el sol poniente y observa una bandada de pájaros y promesas cruzando el cielo para no volver.
Con el sol derritiéndose entre los dedos baja de las nubes y contempla la quietud de la placita. Se imagina, sí, que las cosas siempre ocurriesen como ella desea en el transcurso de sus ensoñaciones diarias. El banco no estaría frío bajo sus manos, porque de ninguna manera hubiese llegado el invierno a su ciudad. Lo contemplaría desde lejos, al invierno; un señor huraño y agotador que tarda siempre demasiado en abandonar las reuniones sociales. Para acudir a esta fiesta nunca le llegaría invitación alguna, eso seguro; y mucho menos una plegada cuidadosamente en el interior de un sobre fino escrito a tinta negra en una letra- por una vez- legible y clara.  La chica fantasea con una larga melena morena siempre limpia y bien peinada; la ropa en el armario plegada, ordenada; la fruta permanentemente fresca. Y por supuesto, tú, bueno, tú estarías a su lado. Pero eso ya es otra historia.
Pasan los minutos por aquel banco frío de ciudad sonriente y curiosamente  el sol no deja de ponerse ni los coches dejan de transitar las calles ni el invierno deja de aparecer para tomar asiento en el mejor sofá y quedarse hasta aburrir a los huéspedes. Y eso que nadie le había invitado.
Ella finalmente se decide a levantarse, pero al alzar su cuerpo su cabeza no le acompaña del todo, puede ser que no esté exactamente donde están sus pies, el caso es que tropieza distraída con sus propios zapatos- y es que vamos a ver, en qué momento se diseñó al ser humano sin alas, sin paz, sin sol, sin bancos de madera térmica que mantienen el calor, sin ti; cómo va a estar mi cabeza aquí, siempre aquí, donde los papeles se pierden, donde nunca encuentro las medias por la mañana, amanezco cansada, me aburren los miércoles, las decisiones, la pena y ¡de verdad! a quién se le ocurrieron todas estas cosas.
Cruzando un camino que bordea la ciudad pasea una chica de jersey claro y pelo moreno perdida en sus pensamientos; quién sabe cuándo regresará.

V.


1 de enero de 2016

2015

El 2015 de CyV. Empieza V y continúa C, pero los párrafos están mezclados. FELIZ AÑO!

Este año he tenido que dejar de correr- para empezar a caminar. Pensé que perder velocidad sería todo desgracia, pero nunca se me ocurrió que al dejar de forzar al máximo la recta final comenzaría a apreciar los detalles más invisibles del camino.

Con cada paso he encontrado algo nuevo. Vi como lo que se acaba al final no se pierde, si uno decide guardarlo dentro y cuidarlo como nunca se cuida a los recuerdos: dándoles únicamente las gracias. Y así descubrí un rostro de niña sonriente reapareciendo en el espejo, y al recordar todos los caminos que parten de lo más hondo del pasado y del corazón encontré el que tenía que seguir recorriendo para no perderla, ni perderme, más.

Este año he aprendido que segundas historias pueden llegar a ser tan buenas como las primeras. He tirado a la basura el miedo a no volver a sentir. He re-descubierto el amor de una manera nueva, y desde que lo he hecho soy más feliz, y más completa, y más auténtica, y más sincera conmigo misma. He dado la espalda a historias furtivas que no me llenan, y he prometido no volver a lanzarme a la piscina hasta no sentir.

He descubierto el tacto que tienen las riendas de mi vida. Me siento más viva que nunca. No solo estoy, sino soy. Soy más consciente que nunca del sonido de mis pasos sobre el camino que he elegido tomar. Suena a gravilla pisada por botas de montaña, a pájaros silbando desde lo alto de fresnos en un valle lleno de historias por sacar a la luz, que quieren de alguien que las explique y las descubra al mundo.

Este año me he topado muchas veces con la felicidad; caminando a mi lado por la ciudad en la que he nacido y crecido, sentada junto a mí a la hora que se pone el sol, cruzando países enteros desde el otro lado del asiento del tren. No sé de dónde se sacan que la felicidad es siempre alegre… A veces ser feliz no es más que verte marchar para saber que vas a volver.

A la tristeza y la ansiedad me las encuentro siempre en el mismo cruce; en el entresijo de la soledad. Sentada en un banco bajo el sol hace pocas semanas escuché una frase que quizás sirva para quien nunca consigue salir del cruce: creer en lo que no se puede ver. Tener certeza de lo que se espera. Respirar hondo y aceptar que lo realmente bello es el misterio que nadie será nunca capaz de resolver.


Me he sentido por primera vez parte del conjunto que es la Tierra. He visto montañas tras ventanas de vagones de tren. He vivido las injusticias intrínsecas al lugar de nacimiento, el repudio de personas hacia sus diferentes, el asco en los ojos, una mano que agarra con fuerza la chaqueta del otro, un grito a las seis de la mañana. He descubierto la curiosidad en los nervios que recorren mi cuerpo, la belleza de un atardecer en los alto de Europa, el frío en la columna vertebral en un avión de vuelta a casa.

Este año he aprendido a vivir por detalles. Si cierro los ojos veo el movimiento inconfundible de unas manos delgadas moverse al hablar; una tarde de verano cerca del mar; una chica siempre sonriente riendo a mi lado. Veo sol, un edredón blanco, un mechón de pelo fino recogido tras la oreja, un mueble de madera israelí. Una taza de té humeante, un pañuelo negro, unas sandalias desgastadas. Cierro los ojos y esté donde esté veo a quien quiero y me quiere, y sé que ahí siempre estarán.

Al encontrarme a la felicidad me confesó que la clave está en dar las gracias; así que allá van. GRACIAS, para empezar, y como siempre, a mi papis por acompañarme en cada trecho de este camino y por no flaquear ni un segundo junto a mí. A Paula por convertirse en parte de mi familia, y a sus padres, Javier y Maribel, por darme un segundo hogar, y a Andrés por ser único. Gracias a Belén, a mi hermano, a las dos Marías, a mis abuelas, mi familia, a Alejandra, a las Hernández, a Grady, a todos. Gracias a Cristina por la complicidad y por entregarte. Gracias a mi Abu por no abandonarme jamás.

Gracias a mis padres por darme el mejor regalo que alguien puede ofrecer: un hogar. Gracias a mis Jander, como siempre, por ser parte de la locura que es compartir toda una vida. Gracias a Pilu por ser mi alma gemela, mi hermana en esta y en tantas vidas que ambas sabemos que compartimos. Gracias a Caracolas, por luchar, luchar y luchar por las cinco, sin rendirse jamás. Gracias a Carlota: a ti te debo cada abrazo después de cada lágrima. Gracias a Maite, ya sé porqué te quiero: por sentirte a gusto en mi tristeza. Gracias a Carlos, como siempre, el Universo no podría haberme puesto un amigo mejor a mi lado. Gracias a mis interraileras por compartir un viaje que he guardado en el corazón. Gracias a mis amigos de la facultad, a Alejandra, a Jorge, a Nando, por ser piezas que hacen más bonita mi vida. Gracias a ti, Simón, por el hilo de plata: lo llevo en el alma. Gracias Calojupe, por ser mi ángel de la guarda.

C y V.




9 de diciembre de 2015

Poema a Siria

Tonta de mí
Pensar que  acaso era tuya tu vida
Únicamente por el color determinado
De la caoba de tus ojos;
El vaivén de tus respiraciones;
El peso tornasolado de tus pasos al huir.
Tonta de mí creerte vivo,
Humano,
Ser,
Por el insignificante hecho de tenerte delante
Mirarte a los ojos
Escucharte reír.
Es por mi ingenuidad, quizás,
Que te creí vivo
Cuando en realidad no eras más
Que la línea difuminada
De un horizonte lejano,
Y tu forma ante mí era el polvo rojizo
Que cubría la sangre del suelo de aquel país del que dijiste huir;
Pero cómo vas a huir, si vivo no estás;
Ciudadano no eres;
Y este mundo de estancias cerradas
Difícilmente es lo suficientemente amplio
Para alojar la suma completa de tu persona.
Tonta de mí por creerme
Tu mirada
Tu aliento
Tu esperanza
Tonta por creer que tu vida valiera más
Que tu nombre en el papel.

V.



17 de noviembre de 2015

España

Yo no sabía
Que mi país era una mujer morena,
Pelo oscuro hasta la cintura,
La risa clara, y aún entre sollozos
Sabiendo aclararse la garganta
Y entonando la voz para hacerse oír
Por encima del ruido cansado de la tierra,
El color roto de las ausencias de su pelo y piel.
Quien diría que mi país
Es una chica delgada y una guitarra
En un anfiteatro que contiene la respiración
Cuando ella pronuncia un 'contigo' en susurros,
Cuando ella llora, cuando ella sonríe,
Cuando se marcha con el corazón en un puño
Y reaparece como el sol de julio, tan lento,
Tan rojo, escarlata, una explosión,
Un quejido carmesí de garganta profunda
Y un alma más profunda aún.

V.


4 de noviembre de 2015

Tell me

Cuéntame una historia.
Háblame  del recorrido rutinario desde tu casa al vagón de tren en un miércoles de abril templado, tus pasos en la acera, el color del abrigo de ese hombre de melena canosa y mirada perdida que espera a cruzar en el otro lado del paso de cebra. Descríbeme el agridulce olor a lluvia que inundó tu cocina aquel día en el que te dejaste la ventana abierta y encontraste el alfeizar desbordado y las cortinas empapadas. Cuéntame la expresión de cara que se le dibuja a la persona que más quieres cuando se enfada; explícame detalladamente la ocasión en que sin poder evitarlo se te deslizó el jarrón de porcelana japonesa milenaria de tu tía abuela entre los dedos y escaleras abajo.  ¿Cuál fue el estruendo que repicó por todo el descansillo al resquebrajarse en mil pedazos? ¿Qué gritó la tía abuela?
Quiero escuchar el recuerdo de la casa en la que creciste de niño; el temblor irrefrenable que atenazó tus rodillas la primera vez que condujiste un coche calle abajo con la voz de tu padre abriendo camino entre farolas y bordillos. Quiero saber qué pensaste de él el primer día que le viste, y qué sientes al cruzarte por la calle con un extraño que lleva su perfume.
Cuéntame miles de historias: qué le ocurrió a la señora libanesa que conociste por casualidad en el portal de la casa de la playa cuando perdiste las llaves y no había nadie dentro para abrirte; de qué color era la cinta de su bañador mojado; en qué empresa de dispositivos electrónicos a punto de quebrar trabajaba su marido. Háblame de la manera en la que se curva a la izquierda la calle que mejor conoces; de cómo él aprieta la mandíbula sonriendo únicamente con los ojos, de su aire sarcástico; de la silueta de la ciudad con la que sueñas cada mediodía al cerrar la mano en torno  a la barra del metro y cerrar los ojos con un suspiro.

Cuéntame, sí, nárrame el peso del aburrimiento: el tedio de la rutina, a mí alrededor no pasa nada que quepa mencionar, me marcho lejos, porque aquí, aquí no pasa nada que valga la pena contar. O mejor: dime cómo abriste los ojos y te diste cuenta de que la historia está aquí, ahora, y no allá, entonces. Que empieza cada mañana con el sonido de las persianas alzándose en el cuarto de tu madre, que empieza aquí, que empieza ahora.

V.




20 de octubre de 2015

Si fuese un camaleón


Sentada en mi cama a las 20:42 de un martes de otoño griposo, rodeada de mantas y agobiada por el calor de la calefacción, no puedo evitar envidiar a los camaleones.

Si fuese un camaleón a estas horas de la noche me repeinaría la melena con gomina y me trajearía impoluto, mezclándome con la sociedad más exquisita de un cocktail iluminado por la luz de falsas luciérnagas de vidrio florentino. Pasearía serio entre la multitud sin dudar de mi aspecto comedido, atractivo, elegante. Bailaría moviendo únicamente los pies durante toda la velada, y al asomar los primeros bostezos en los labios finos de las mujeres agarraría mi capa oscura y me marcharía por la verja de hierro del jardín. Habiendo dejado tras de mí un perfume ambiguo que quedaría permanentemente grabado en la mente de esa silueta que me observa marchar con su corazón entre los pliegues del traje, arrancaría sutil el motor y desaparecería como una sombra en la oscuridad.

Si fuese un camaleón a esas horas de la madrugada salpicaría mi cara morena con agua de un barreño y contemplaría mi expresión de gitana en el espejo roto de un baño iluminado por la luz clara del amanecer. Me pasaría un dedo fino por el cuello, por el pelo negro, por el hombro. Acariciaría el tacto caliente de mi soledad de noche estrellada y escucharía resonar en mi cabeza un taconeo y una guitarra, un corazón que late. Entonces marcharía por la puerta con el alma en la mano y la sombra del campo dibujado como acuarela ante mis ojos.

Y si fuese un camaleón, cruzaría el campo para llegar al mar. Me fundiría con una ciudad de puentes colgantes, sería una pareja anciana dada de la mano en el porche, sería la cal de las paredes, el movimiento inconstante de los paseantes, todas las tonalidades de color que se funden para pintar el otoño. Si fuese un camaleón…

Sentada en mi cama a las 20:59 de un martes de otoño griposo, rodeada de mantas y agobiada por el calor de la calefacción, me escuece la piel por querer pertenecer a muchos otros cuerpos, a muchos otros corazones, a muchas otras vidas.

 V.

20 de septiembre de 2015

Within hearts

En mi realidad paralela camino siempre por calles de ventanas entreabiertas y hiedra creciendo sobre paredes del tono pastel más texturado del catálogo, dejando mecer mi cuerpo al son de una brisa leve y una luz permanentemente ladeada; de amanecer o atardecer. Huele a primavera, a otoño, a transición. En esta realidad se percibe todo muy intensamente, parece que en cualquier momento el corazón estallará buscando donde expandirse más allá del entramado de círculos concéntricos que plagan la atmósfera cuando la contemplo pensando en aquel cohete que despegó para nunca regresar. Tras bajar la mirada de entre las nubes y contener el corazón en la garganta palpitante alcanzo un edificio con aspecto más antiguo que el resto, se alza soñador con sus balcones frente a mí. Del edificio me acerco a la puerta; si la vieseis sentirías la inmediata necesidad de pasar la punta de los dedos por la madera veteada y el tono oscuro de ese pomo dorado, acariciándolos. Esa puerta se abre a todos los lugares que uno anhela, no hace falta más que desear un destino para que crujan los engranajes y se parta en dos permitiendo el paso a quien espera fuera, expectante.
¿Qué me encuentro al entrar? Veo un patio de casa de ciudad, unas escaleras que se curvan alrededor de una pared de pintura desconchada por el paso de los años. Y apoyado en la barandilla con las manos en los bolsillos un rostro serio de ojos brillantes cuyo destino está tan entrelazado con el mío que entre nosotros destella al vernos una corriente eléctrica durante un segundo lo suficientemente breve para no percibirla, para dudarla, para beber de un trago la incertidumbre del misterio.
Su figura baja las escaleras y al alcanzarme sobran las palabras para entendernos. Me mira y contempla el patio, y supongo que se da cuenta entonces de que acabamos de encontrarnos en el rincón más profundo que tengo yo adentro; ahí donde le llevo a él.

V.




6 de septiembre de 2015

End of summer.

Dos visiones de un verano. Empieza Cristina y acaba Vic.



Esto es como cuando de pequeños nos pasábamos los meses de verano encerrando recuerdos en 

nuestra mente para poderlos contar a los amigos a la vuelta al cole, después de comprobar por tercer año consecutivo que lo de crecer no molaba nada porque los uniformes nuevos, que aún no han sido usados, pican un montón, y los libros son cada vez más, y más pesados. Esto es igual, pero sin las palas de la playa, la trenza de hilos que te hacías en el lugar más vistoso de la cabeza, o la competición de un moreno cangrejil que nunca, nunca, superaría a tu amigo que era negro por naturaleza.

Esto es igual, pero con la ilusión de historias que dejas aún sin empezar, o inacabadas, antes de irte de vacaciones, a ver si con suerte consigues conservar la chispa hasta dentro de dos meses; o un primer gran viaje con amigos, de esos que no hacen del verano el mejor de tu vida, pero sí el más especial. O el helado que crees el más impresionante que has probado, no por su sabor (que también), sino por llevar nueve horas caminando por una ciudad con más sol que un desierto a las dos de la tarde. O un tren repleto de inmigrantes por los que te planteas las diferencias que vienen implícitas en eso de nacer en lugares diferentes, esas que se muestran cuando en un vagón lleno las únicas que reciben una sonrisa de la autoridad somos dos europeas.
Esto es igual, pero con la mente cargada del recuerdo de una puesta de sol en un lugar en lo alto del mundo, o las conversaciones en idiomas inventados con extranjeros, porque no te queda otra. O las carcajadas por agotamiento tras pasar dos semanas basando la comida en pan con queso y agua en fuentes que encuentras. O el primer chapuzón del verano, ese único en los días que te queden ahí en el que no te planteas lo fría que pueda estar el agua, simplemente necesitas ese frio. O las acampadas al raso, con veinte capas de ropa encima, un cielo lleno de tantas estrellas que crees que tendrás todos los deseos concedidos de por vida, y quince tonos distintos de risa que se convierten en tu canción favorita. O las mañanas en las que el malestar que llevas en vena se pasa sólo con la presencia de amigos, y no con eso del ibuprofeno y el café.
Esto es igual, pero con un reencuentro en septiembre en el que se sustituyen las galletas Dinosaurios del recreo, por un gin tonic y un paseo por Madrid nocturnos, para acompañar lo de abrir la caja de recuerdos, un poco, sólo un poco, no sea que se escapen.

C.

Apoyado en mi mesa descansa un tarro de cristal a punto de estallar. Al hacer girar su tapa oigo risa lejana y me alcanza el olor de una corriente de ría lluviosa; durante unos segundos, al abrirlo, cierro los ojos y se derrite mi cuarto a mis espaldas. En el bote no cabe mi cuarto, pero sí caben 8 países surcados por las vías de un tren fijado, tanto en el bote como en mi mente, en un permanente viaje al atardecer. 
Compré el bote de cristal hace 3 meses. Lo encontré en una tienda pequeña repleta de estanterías y me aseguré de que fuese del tamaño correcto para lo que yo quería: cabe todo lo que te hace feliz. 
Desde el bote me sonríen cuatro amigas sentadas en una estación rodeadas de mochilas y maletas. De pasar tanto tiempo junto a ellas casi se me olvidó meterlas dentro de mi tarro, pero en un último momento de despedida en un aeropuerto nocturno conseguí acordarme y añadir los 4 objetos de mayor peso a mi recolección. Mis amigas pesan más que 6 capitales europeas y una ciudad pequeña coronada por una iglesia silenciosa.
Les toca ponerse las gafas de bucear y contener la respiración. Tuve que llenarles el bote de agua de mar del norte, y de ese mar un pequeño velero blanco, y de ese velero un chico de melena negra que navega siempre más allá del horizonte. Desde el bote escucho el eco de mis pies reconociendo una casa de piedra y madera que solamente había conocido a través de la voz que me contaba sus historias. El bote cada vez pesa más y más.
Me acerco la tapa a la nariz; huele a ciudad, a finca, a isla, a sol. Con un suspiro me doy cuenta de que el recipiente está tan lleno que tendré que comprar uno nuevo, ya que éste no da más de sí.
Enrosco la tapa e inmediatamente echo de menos el silbido del tren y el sabor de la incertidumbre. Pero entonces, al colocarlo junto a los otros 17 botes que descansan en mi estantería, acabo sonriendo, pensando en los muchos que me quedan por rellenar. Y pienso que no tardaré, en medio de una tarde lluviosa de domingo cerrado, en rescatarlo del estante y recordar el olor de la felicidad. Que cuando lo necesite siempre estará ahí, esperándome.

V.




22 de agosto de 2015

Number 1

Ya lo dije una vez, las mejores personas son una mezcla perfecta entre locura y lealtad. 
Mis personas favoritas tocan la guitarra y son incapaces de aprenderse las letras de las canciones, aunque aún así cantan. Viven pensando en barcos y un sol poniente, el arranque de la moto por la autopista, la tabla de surf olvidada en una ciudad de mar. Mis personas favoritas son despistadas muchas veces; pierden el móvil, la mochila, llegan tarde y se dejan todas las luces de la casa encendidas. Son alegres, abiertos, radiantes, pero callados. Impacientes, caprichosos, activos 24 horas al día... Excepto cuando toca tirarse 3 seguidas al sol para volver moreno al trabajo.
Conducen demasiado rápido, nunca tienen miedo, siempre buscan la siguiente ciudad lejana a la que mudarse. Y siempre acaban volviendo, aunque se tengan que volver a ir. 
Y es que mis personas favoritas son nobles, aventureras, indecisas, cariñosas. Les encantan los perros, los caballos, el mar. Les encantan los amigos, la ciudad de siempre, la sonrisa de una madre. Mis personas favoritas siempre empujan a mejorar, al esfuerzo, el continuar, y sobre todo, el sonreír. Porque, en el fondo, mis personas favoritas, más allá de todo lo demás, son también las más felices. Las que siempre saben apreciar el momento, quedarse con lo bueno y vivir de la manera más auténtica. Las que inspiran sin palabras, sin discursos, sólo con actos.
 A quién vamos a engañar: la verdad es que personas favoritas sólo se puede tener una.

V.



16 de agosto de 2015

INTERRAIL

INTERRAIL


AMSTERDAM


BERLÍN


PRAGA


BUDAPEST


VIENA


BOLOGNA

 
ROMA


 
¡HASTA LA PRÓXIMA!

C, V, M, P, B

1 de julio de 2015

j u l i o

Me caben los días en la mano, como siempre, cuando llega este mes.
Cae lento el sol por el horizonte, su risa, tus palabras, el frío helado del agua al saltar.
Las despedidas, los finales, los últimos minutos de apretujar todo en la maleta y echar un vistazo a tu alrededor para fijar las imágenes de tu cuarto, tu casa, su cara, antes de marchar. 
Este mes es un rostro siempre cambiante, una conversación distinta cada día, ese acento lejano con aire de caricia, un concierto de instrumentos raros y una eterna azotea.
Este mes suena a aviones despegando, a esa gente de verano que quieres sólo tres meses al año, suena a noches más largas y una sábana siempre presta a fundirse con tu piel.
Esta vez  tocan 5 mochilas, 7 ciudades, el traqueteo del tren y la promesa de arrepentirse mejor de lo hecho, que no de lo que faltó por hacerse. Tocan 22 atardeceres y 24 horas al día con ganas, más que nada, de aventura.
Esta vez Julio suena también a muchas cosas que acaban, esta vez para siempre. Como tu calle, tu voz, y también la rutina compartida con ciertas melenas rubias, ciertos ojos verdes, ciertas mañanas de jueves tranquilas. De todo lo bueno también queda un poco de lo malo, como eso de echar de menos una sudadera y unas zapas desgastadas, pero el verano está para no pensar nunca en lo que se deja atrás; así que hasta luego Madrid, te quiero, como siempre, y te veo en septiembre.

V.


10 de mayo de 2015

Felix Felicis

Al mirar a la cara a la Felicidad
No vi trofeos, ni metas,
Ni picos de montaña
cubiertos por el fino polvo de la ambición.
No encontré escenas perfectas, ni sonrisas de revista,
Mujeres esbeltas o urbanizaciones de playa privada.
No encontré diplomas, certificados de autenticidad,
Planes de pensiones o razas de puro pedigrí.
Tampoco vi a quien apuesta todo por la promesa
De tierras lejanas, soledad, amor del que mata.
No vi el rechazo de todo lo convencional,
Cabañas de madera, telas de colores, playas desiertas
El lado alternativo de una misma moneda.
Con nada de eso me topé.
Al mirar a la cara a la Felicidad,
Observándole pasear bajo el sol de media tarde,
Recordé tus dedos en mi pelo
Su risa y su llanto
El color del punto que une tierra y marea
El sabor de las noches, y el tiempo que pasa
Por mí pero no entre nosotros.
Vi su calle un martes por la mañana,
El camino que recorro en bus cada viernes,
La rutina de tumbarme a su lado,
la belleza de quien se acepta totalmente.
Encontré más sueños que proyectos,
Dignidad, cariño, verdad, complicidad,
El sonido familiar de las voces de los que quiero.
Al mirar a la cara a la Felicidad,
Vi a quien acepta
Este momento, cada segundo, instante
Respirando tranquilo,
Sabiendo mirar a su alrededor
Y apreciando lo que ve, siente, escucha, ama.

V.







23 de abril de 2015

23 de Abril

17 años, una ciudad soleada, el pelo oscuro
Que resbala por mi espalda: 
Todas esas cosas soy.
Pero, sin duda, sin miedo,
También soy muchas otras cosas.
El fuego de un dragón,
Sobrevolando la planicie de una tierra lejana
Las manos de un asesino,
La sangre de la víctima,
El susurro del que escapa, a medianoche, 
De una prisión de piedra bañada por las olas de un mar enfurecido.
Soy un rey que teme por su pueblo,
Un pueblo que quiso derrocar a su rey;
Soy una casa de campo bañada por la monotonía,
Un desierto, el crujir de la madera
Bajo los pasos temblorosos de quien no se quiere dejar ver.
Soy otra época, tantas distintas,
Que por mí corren imperios, anarquías, utopías.
Soy heroína de mil destinos, y también ese
Que negó el suyo y salvó el peso de la circunstancia
Por la innegable voluntad de su bravura.
Soy el que muere por amor,
El que huye, el que lucha, el que gana,
Y sobre todo
Soy el que crece
Con cada nueva aventura.
17 años, una ciudad soleada, el pelo oscuro
Que resbala por mi espalda...
Y un libro entre las manos.
Yo también soy todas las historias que he leído.


Feliz día del libro,
V.


1 de abril de 2015

Que valga la pena

Busca a quien
Irrumpa en tu mundo del revés,
Versando tu tristeza entre los enredos del cabello,
Rezando por tu risa y rompiéndote
Uno a uno los juicios, prejuicios
Desdoblando paisajes, ensamblando oasis, 
Proyectando las desalegrías, desvaneciéndolas,
Acabando poco a poco con ese peso
Del miedo que pesa en tu garganta.
Quien sepa que no es más quien más 
Dice, tiene, traga, gana...
Sino quien mejor acepta, ama, camina, respira.
Alguien que conozca las claves
De tu adrenalina y tu calma en pareado, 
Que sepa activar a la par tu paz, tu euforia,
Quien te mire a los ojos aportando algo auténtico,
Lejano, único, profundo,
Y te escuche, te hable, te entienda.
Busca a quien despunte en un mar de expresiones vacías,
Quien te quiera, te alce, te levante siempre.

V.







22 de febrero de 2015

En 50 palabras

 
 
Te quiero explicado en 50 palabras: te quiero por eso de que nací ya con esta sed de territorio salvaje, de terreno sin cartografiar; porque la mayor aventura comienza en tu garganta, y es que qué viaje tu voz hacia el lugar donde sólo me sale soñar con nunca llegar.


 V
 
Iba a contarte algo mejor que este cuento, pero (des)contando horas me he perdido en nosotros y no en ellos. El mundo se ha vuelto loco aquí dentro y he saltado sin paracaídas al misterio de tu mente. A quererte. A (re)contarte los mil y veinticuatro lunares de tu cuerpo.

 C
 
 
 
 
 
El arrebato de un aleteo, el pasear de las patas de cristal de una mariposa en el hombro; quizás no queda más que poder sentir el mundo para ser feliz, quizás es un sueño que mejoremos porque ya tenemos todo lo mejor en un único instante de vida que apreciar.
 V
 
Ella siempre decía que las mariposas eran hadas disfrazadas que volaban entre humanos haciéndoles recordar sus sueños. Luego dibujaba en folios magia sembrada en amapolas, se sentaba conmigo a ver Peter Pan, esparcía polvo de estrellas y me hacía prometerle, mientras regaba mis alas, que nunca tendría miedo a volar.

C