En mi realidad paralela camino siempre por calles de ventanas entreabiertas y hiedra creciendo sobre paredes del tono pastel más texturado del catálogo, dejando mecer mi cuerpo al son de una brisa leve y una luz permanentemente ladeada; de amanecer o atardecer. Huele a primavera, a otoño, a transición. En esta realidad se percibe todo muy intensamente, parece que en cualquier momento el corazón estallará buscando donde expandirse más allá del entramado de círculos concéntricos que plagan la atmósfera cuando la contemplo pensando en aquel cohete que despegó para nunca regresar. Tras bajar la mirada de entre las nubes y contener el corazón en la garganta palpitante alcanzo un edificio con aspecto más antiguo que el resto, se alza soñador con sus balcones frente a mí. Del edificio me acerco a la puerta; si la vieseis sentirías la inmediata necesidad de pasar la punta de los dedos por la madera veteada y el tono oscuro de ese pomo dorado, acariciándolos. Esa puerta se abre a todos los lugares que uno anhela, no hace falta más que desear un destino para que crujan los engranajes y se parta en dos permitiendo el paso a quien espera fuera, expectante.
¿Qué me encuentro al entrar? Veo un patio de casa de ciudad, unas escaleras que se curvan alrededor de una pared de pintura desconchada por el paso de los años. Y apoyado en la barandilla con las manos en los bolsillos un rostro serio de ojos brillantes cuyo destino está tan entrelazado con el mío que entre nosotros destella al vernos una corriente eléctrica durante un segundo lo suficientemente breve para no percibirla, para dudarla, para beber de un trago la incertidumbre del misterio.
Su figura baja las escaleras y al alcanzarme sobran las palabras para entendernos. Me mira y contempla el patio, y supongo que se da cuenta entonces de que acabamos de encontrarnos en el rincón más profundo que tengo yo adentro; ahí donde le llevo a él.
Su figura baja las escaleras y al alcanzarme sobran las palabras para entendernos. Me mira y contempla el patio, y supongo que se da cuenta entonces de que acabamos de encontrarnos en el rincón más profundo que tengo yo adentro; ahí donde le llevo a él.

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