18 de junio de 2018

Descubriendo a J.G. Entonado


Camiseta de manga arremangada, delantal mal colocado y las manos enguantadas en dos largos guantes de cocina amarillos mientras arregla los cacharros y prepara la cena. Arín Dodó sonríe al hablar, se ríe, acento extremeño en el que se entremezclan expresiones de su ciudad natal: ‘mijina’ ‘chiquinino’, ‘coscar’. Se mueve sin parar, pasando de un pie a otro, nervioso, risueño; señala con el dedo, se ríe y se vuelve a reír; “yo encuentro la inspiración limpiando el váter de mi casa.” J.G Entonado te mira a los ojos al contestar a cualquier pregunta que le hagas; unos ojos castaños que, tras una primer impacto irónico, sonriente, dejan entrever un abismo extraño, discordante, contradictorio y, sin duda, fascinante.


J.G Entonado (Trombón), Mariana Piñeiro, Jorge Cabadas (Guitarra), José María Pastor (Batería)

¿Qué es para ti la música? Ante esta pregunta, Arín Dodó resopla, se encoje de hombros: “todo,” contesta. Da un golpe a la cacerola con el cucharón, repica tres veces; “esto es música.” Asegura que no es músico, que no le interesan las notas, que la armonía es algo que nos rodea: “la música se puede hacer con cualquier cosa.” Los sonidos de la cocina acompañan sus palabras, el agua en la cacerola y la nevera que se abre y se cierra, el silbido del gas. Ritmos y armonías cotidianas que se ven repentinamente transformados por su oído; convertidos, efectivamente, en una constante musical que nos rodea durante toda la entrevista.



Arín Dodó se define a sí mismo no como músico sino como “un procesador de ideas autónomo y autosuficiente liberado de condicionantes económicos y sociales.” Su vida, como sus proyectos, están regidos por una única máxima: la libertad. La libertad como bandera, rechazando lo establecido como dogma en todos los ámbitos de la vida. La libertad en los sonidos de sus obras, en la manera de vivir, en la improvisación total: “vivir es improvisar.” No cree en el valor, no cree en ‘lo bueno’ y ‘lo malo.’ “No hay que tenerle respeto al arte, hay que bajarlo de su altar y escupirle si hace falta;” se ríe otra vez, siempre con un humor irreverente y mordaz, relajado, sarcástico. “Lo que yo hago son impulsos vitales. Es como si me cocino un filete con patatas y me lo como.”


Habiendo dedicado la mayor parte de su vida a la música, J.G Entonado ha pasado por varias fases y estilos. Poliedro Kobold, Arín Dodó y Raras Músicas son los nombres de algunos de los proyectos musicales que ha desarrollado en solitario y con otros músicos. Quien ha podido asistir a alguno de los conciertos de libre improvisación que realiza J.G. Entonado junto a otros artistas se ha encontrado con una persona que, aunque siendo la misma, resulta muy diferente al hombre delgado y sonriente que charla de punk y arte mientras prepara la cena en su cocina soleada. 

Lo mismo pasa con el resto de personas con los que trabaja. Al alcanzar la puerta del Centro Cultural La Tortuga, espacio donde va a tener lugar la actuación de esa noche, uno se encuentra con una serie de personas: Mariana Piñeiro, voz y movimiento; Jorge Cabadas a la guitarra y Jose María Pastor a la batería. Personas relajadas y dicharacheras que charlan tranquilamente en los momentos previos al concierto; normales, pacíficos, templados. Saludan, sonríen, acogen a los bienvenidos con una naturalidad cálida y serena que nada tiene que ver con el espectáculo que ofrecerán más tarde. 


En sus conciertos, llevados a cabo en salas oscuras de paredes pintarrajeadas en locales de Lavapiés y la Latina, el grupo se transforma. A través de su voz y de su cuerpo, J.G. Entonado consigue transmitir ese mundo discordante, misterioso y único que a veces sólo se atisba en su mirada. Voces guturales, movimientos espasmódicos, ojos cerrados como en un trance; improvisación total; un impulso sin control que irrumpe en el escenario y envuelve a los espectadores con una fuerza vibrante y extraña. Trabajando el grupo entero con una extraña armonía inarmónica, Mariana Piñeiro desata su cuerpo y su voz en un conjunto poético y rítmico que se desparrama por toda la sala, creando una atmósfera sensual casi tangible; Jorge Cabadas y José María Pastor acompañan a los dos vocales con un intenso juego de guitarra y batería, escalando con cada minuto un grado más de tensión, de sentimiento y desgarro. Los conciertos del grupo son experiencias crudas que desnudan a los participantes y los enfrentan, durante lo que dura una hora, con lo innombrable; lo impensable; lo oculto, por unos momentos, desvelado. 

Los artistas han colaborado juntos en diversos proyectos; música y poesía en 'Enessima' y actuaciones de libre improvisación 'AAA'. En ambos proyectos impera la búsqueda de la expresión por encima de todo; una expresión caótica e irreverente que combina el sonido con la danza, la voz, la actuación teatral y un sinfín de instrumentos en una exploración de lo sensorial, lo puro, lo desafiante y lo anómalo. Actuaciones en las que las visiones similares de los diferentes artistas encajan perfectamente en una serie de extrañas sinfonías perfectamente compenetradas. 



De vuelta en su cocina, J.G. Entonado me mira, sonríe, siempre esa sonrisa jovial. Un hombre, tanto como músico como persona, fuera y dentro del escenario, absolutamente único- “y es que Picasso sería la leche- pero ese tío no sabe hacer lo que hago yo.”


Contacto:
www.arintonadodo.com/contacto
arindodo.bandcamp.com

V.

28 de febrero de 2017

Mirada

Él llevaba tiempo esperando, soñando, anhelando un momento que jamás llegaría. Llevaba horas de deseo; una vida enloquecida por la probabilidad.
Se levantaba cada día para ir a trabajar, a esclavizarse con armas, con balas, dinero y poder. Llegaba a casa cuando ella ya estaba dormida, cuando había cerrado unos ojos que, sabía, pronto no volvería a abrir jamás.
Él era los ojos esperanzados de su madre, las conversaciones de orgullo, el filo de una moneda lanzada al aire. Él era todo y se sentía nada.
Él era fuerte, valiente, el hombre. Él no decepcionaría, conseguiría irse lejos; muy lejos; allí donde las colinas son verdes y están sembradas de lagos, de casas, de trenes repletos de almas perdidas en la ignorancia. Él enorgullecería, florecería el nombre de la familia. Él sería diferente al resto de chicos, no se perdería, no lo deportaría. Él podía. Él sería legal.
Ellas eran dos. Dos de tantos y tantos iguales, de esos irreconocibles, con expresión indescifrable; solo diferentes por el pelo y el tono de piel. Ellas entraron armando pelea, desertando, arrasando con un mundo que él casi había empezado a creer. Ellas gritaron, riendo y enfadándose a la vez. Ellas lo desconcertaron y lo enigmaron. Ellas eran peligro y atracción. Ellas lucharon, ganaron su sitio en aquel vagón perdido en una estación que no sabía leer. Eran tan diferentes a su tierra. Todo allí lo era.
Él intentó dormir. Tranquilizar un cuerpo tembloroso, con miedo corriendo por sangre. Él se giró; trató de no moverse, no molestar a aquellas occidentales. Ellos hablaban, empezaban a aceptar que estaban perdidos, mentidos, abandonados a una suerte a la que no habían decidido apostar. Se movían rápido, abriendo mucho los ojos, intentando captar todos los detalles.
Las puertas del compartimento se abrían y cerraban. Entró el chico rubio, el teñido con mal olor. Solo sabía que venía de Siria. Había sido el último en llegar. El más joven. El más chulo. El más inexperto, torpe.
Ellas se sobresaltaron. Lo miraron. Se miraron entre sí. Habían dejado a un lado el reflejo del desafío y del temor en sus ojos; se habían relajado. Apenas hablaban, se comunicaban con miradas. Ellas habían decidido; un pacto tácito, inexpresivo, basado en la intuición. Retiraron las piernas: lo dejaron pasar.
El rubio se agachó, agazapándose con el porte de una presa que cree saberse predador. Se metió bajo el asiento. Se hizo el silencio.
De nuevo la mirada, las palabras en las pupilas. Intercambio de sentimientos y pensamientos. Él las contemplaba como quien ve el mar por primera vez. Quieto, cauto, reservado. Ellas se rieron. Un sonido profundo, salido del temor irracional, de la incomprensión. Él siguió su risa, liberando la tensión tras días de viajes, huidas, malos tratos, gritos extranjeros, miradas de reproche. Humillación. Los otros tres lo siguieron con carcajadas de las que duelen en la tripa y pellizcan el alma.
Ellos les preguntaron algo. Ellas no entendieron. Él tradujo. Ellas contestaron que no pasaba nada; prometieron ayudar.
Ella abrió la puerta. Él se irguió. Ellas, ellos, se miraron. Ella las sonrió. Ella los rechazó. Ella pidió documentos. Ellas los mostraron. Ellos agacharon la cabeza. Ella los levantó del asiento. Ellos la siguieron. Ellas los miraron. Ellos los contemplaron. Ella los guio fuera de un tren con dirección desconocida, en un lugar incomprensible, en un idioma más lejano que la distancia y el pasado que había dejado atrás.
Ella preguntó por su ilegalidad. Él se encogió de hombros. Ella volvió a preguntar. Él se volvió a encoger. Ella se encaró. Él se apartó.
Ella los subió a una furgoneta. Ellos se sentaron muy juntos, encerrando entre sí el pavor de cuatro cuerpos. Ella les echó un vistazo. Los preguntó por qué nunca podían esperar, por qué se atrevían a algo que, sabían, saldría mal. Ellos no quisieron entender.
Él contempló su reflejo en la ventana. Él vio los ojos de esperanza de su madre en sus ojos. Los cerró, sabiendo que se habían ido para siempre.
El motor arrancó. Las ventanas se llenaron de polvo y suciedad.
C.

       (Fuente: http://www.publico.es/fotogalerias/caos-apodera-estacion-tren-budapest.html)

2 de noviembre de 2016

Past and Present

Sentada frente a mí en el vagón del metro: vaqueros, melena ondulada, rubio sucio, manuales de biología de segundo de carrera bajo el brazo. Echa un vistazo a su reloj con impaciencia, parece no querer llegar tarde. Entonces se acomoda resignada en el asiento y apoya la cabeza contra el cristal, barriendo con la mirada el panorama que le rodea. La observo disimuladamente, su gesto elegante, la cara fina.
La veo pasar el dedo por la mariposa que decora la portada de uno de sus libros; no sonríe, la acaricia sin más. Me pregunto qué le llevó a elegir esa carrera, esa rama científica, al acabar el colegio. Cómo de golpe me encuentro contemplando a una niña seria vestida con pantalones cortos escondida en la sombra de un cobertizo de piedra; en su mano embarrada, una lombriz que se ensortija entre sus dedos. Al otro lado de la puerta entornada un jardín frondoso, una manguera enredada en los tiestos de las macetas; en la distancia el color inconfundible de mar de verano del norte.
Ella, sentada frente a mí en el vagón, recoge con el índice un mechón de pelo más rubio que los demás y se lo coloca detrás de la oreja. En la casa con vistas a un mar del norte una chica mira por la ventana desde su posición en el alfeizar. Las estanterías de su habitación contienen lupas de distintos tamaños, escarabajos disecados, flores secas encerradas en diminutos tarros de vidrio y de cristal. Un golpe suave en su puerta arranca su mirada del paisaje, gira la cabeza, la puerta se abre y entra en el cuarto un hombre alto, sobrio, con un libro de tapas azules entre las manos. Se acerca a la ventana y los dos conversan durante varios minutos; ambos tienen la voz suave, baja, tranquila. Al rato él apoya el libro en el regazo de su nieta: en la portada azul, la forma inequívoca de un detallado saltamontes. Animalia. Entonces alarga el dedo índice y coloca cuidadosamente un mechón de pelo rubio tras su oreja. Se gira y sale de la habitación.

El metro alcanza la siguiente parada y la chica se alza inmediatamente. Nuestras miradas se encuentran durante un segundo, luego ella gira impaciente el rostro y espera a que se abran las puertas del vagón. En la forma vacía que deja su cuerpo en el asiento huele un poco a mar, un poco a hierba, ella de pie proyecta sombra sobre las puertas de acero chapado del cobertizo. Se abren las del metro, se cierran: al otro lado veo cómo mira su reloj y se relaja. Aún es pronto, aún es pronto. Le sobra el tiempo para llegar.

V.  


3 de agosto de 2016

Historias de una edad (II)

Cuarenta
Lo encuentro solo, enfrascado en un ordenador que atrapa las miradas de extraños. Todo en él está magnificado. El portátil. El móvil. El reloj. La barba perfectamente recortada. Hasta los kilos de más de su estómago. Se abrocha los botones de los puños de la camisa. Se sube con el nudillo las gafas de pasta negra en la nariz. Un sonido descoloca su pose forzada. Conversación ajena, nerviosa. Se le enrojece el cuello.
Ella entra por la puerta unos minutos más tarde. Pelo rizado moreno entre el que la nieve se empieza a derretir, tornándolo en un gris que parece bailar con el sol que entra desde la cristalera del fondo. La ausencia de maquillaje enmarca sus pestañas largas que rozan sus párpados cuando se achina al sonreír. Todo en ella destila franqueza. Bolsa de tela al hombro. Vaqueros acampanados. Cazadora oscura. Collares de cuentas de colores. Se acerca. 
-Te he reconocido por el ordenador -dice, achinándose mientras deja la bolsa frente a él y extiende los brazos. Él se alisa la camisa, se seca las palmas de la manos en los chinos beige y la abraza. Sus cuerpos se reconocen sin conocerse. Se encuentran sin buscarse. Se acomodan como si llevaran toda una vida repitiendo ese gesto.
-Encantado de conocerte por fin -susurra él. Su voz tiembla. Su cuello vuelve a enrojecer. Se sienta deprisa. La tela del sillón cruje a su peso.
-¡Qué gustazo encontrarte! -contesta ella-. ¿Quieres café? ¿Cómo puedes estar en una cafetería sin café? ¿Estás loco? ¿No tomas nada? No, no, no saques la cartera. Yo invito, solo faltaba por la espera. Menudo atasco. No había donde aparcar. En qué sitios me citas. Bueno, ahora hablamos. Ahora te veo. Espérame un ratito más. 
Se aleja a la barra.
-Feliz de haberte esperado.

Diecinueve
Han pasado semanas juntas. Mirándose entre la gente, buscándose en cada parada, encontrándose entre ojos ajenos. Hoy están reunidas junto a sus amigas, pero las demás ya se van. Salen afuera. Hablan entre temblores de manos. Y de corazón. Se despiden con un abrazo. Buenas noches. Cada una va a su habitación.
Ella piensa si ha hecho bien en irse. Cobarde, cobarde, cobarde. Se está poniendo el pijama. Llaman a la puerta. Es ella. Se miran en silencio con la complicidad en el brillo de los ojos. La invita a ir a su habitación. Hay una película. Se quedan dormidas. Abren los párpados despacito. Sonríen y ríen entrecortadamente. Los oídos les pitan. Sienten color en los pómulos. Se acercan muy poco a poco. Se besan en escalofríos de ojos, de labios, de manos, de latir.

Treinta
Avenida de América. Ocho menos cuarto de la mañana. Confluencia entre la línea seis y la cuatro. Un mexicano canta rancheras a viva voz. 
Él. Metro ochenta. Masculino. Traje de chaqueta. Corbata azul. Abrigo de paño. Barba recortada, ojos almendrados y color miel. Auriculares en los oídos. Mirada en la pantalla del teléfono. Levanta las pupilas. Camina absorto. No baja las pupilas. Se choca con un hombre mayor, de piel cetrina, apagado, sin sonidos, que lo mira desconfiado y lo insulta. No importa. Se vuelve a chocar; esta vez contra la pared. Sus pupilas no se mueven, siguen clavadas en la escalera que sube. Que sube. Que sube. Se aleja.
Alguien. En el aire un olor dulce, suave, cálido. 
Él. Aparta las pupilas. Sacude su cabeza. Se recoloca el abrigo. Sonríe. Baja las escaleras. Se aleja.

Sesenta
Están sentados. Celebrando. Se nota en la mirada brillante de ella, en la manera de pedir otra copa de vino de él, en los hombros relajados y los gestos de la más pequeña. Él da un sorbo a la copa. Saborea el rosado en su boca. Sonríe. Ellas esperan, pacientes, en silencio.
-No me habéis dicho nada -dice él, ladeando una media sonrisa.
La mujer abre los ojos, sorprendida. La chica los entorna, expectante. Recorre con la mirada cada parte de él. Se posa en las solapas de la americana, en los ojales de los puños de la camisa. En las gafas que le enmarcan la nariz, en el pelo entrecano, en la barba recortada. Abre los ojos y sonríe, feliz con su premio.
-El reloj -emite veredicto.
La mujer le toma la mano. Él levanta el brazo y se remanga el puño izquierdo.
-Bien. Es el que me regaló mamá en la pedida.
-Cómo pasa el tiempo sin darnos cuenta -comenta la mujer con los ojos brillantes de ilusión.
-La verdad es que sí. Lo llevo siempre en las ocasiones especiales y en nuestros cumpleaños -dice él.
Llega la camarera. Él sopla las velas. Ellas cantan bajito cumpleaños feliz. En la mesa de al lado se ríen y aplauden, entusiasmados.

C. 

11 de junio de 2016

Niña

Niña segura de sus inseguridades, precipitándose siempre, llegando antes de tiempo. Mide sus palabras y sus pasos, huye de su sombra y su reflejo. Culpa a su humanidad por hacerla débil, a su ataraxia por matar a todas las mariposas que alguna vez se posaron bajo su tripa. No renuncia a la libertad porque es lo único que la queda, no recuerda que se sentía al llorar de felicidad. Se le eriza la piel cuando no la tocan, se marea cuando todo parece estar en equilibrio. Sabe que el tesoro está en la pureza de sus amigos, en la profundidad de sus ojos firma la tregua de su guerra. A ti, bonita, no se te ha escapado el alma, solo ha salido en busca de esperanza para romper todos tus mitos y hacerte utópica. Y será, entonces, cuando vuelvas, y emerjas a la superficie de tu confianza. Busques tu figura en otras manos, tu latir en otro corazón. Persigas tus virtudes y aprecies tus defectos, serás humana y caerás. Romperán las olas de tus ojos con abrazos sinceros, y las pupilas dejarán de esconder tu mar. Encontrarás la paz en tu agonía, la estabilidad en tu anarquía, la simetría en tu vorágine. Estarás indefensa, desnuda y transparente.

E, colaboradora.


25 de mayo de 2016

Abrió sus alas

Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Volaba alto, con la mirada puesta en el cielo hasta sentir. Nunca estaba aquí ni allá. Vivía en un limbo entre mundos; entre esta tierra y aquella, a un mar de distancia, que lo vio nacer. 
Él escuchaba, paciente, a que el cuento de la noche acabara. Imaginaba con detalles cada una de mis palabras. Sentía la textura de mi mar entre las yemas de sus dedos, y el roce de mi viento, allí arriba en la montaña, entre su pelo. Escuchaba con los ojos, y veía con los oídos.
Él amaba con la piel, aunque nunca lo reconoció. No entendía de palabras, ni de frases subrayadas en libros, ni de contratos, ni de compromisos. Él solo entendía de la lealtad que surge de un beso.
Él no temía a temer, y eso que se tapaba la cara cada vez que algo le provocaba angustia. Encontraba su hogar en el hormigueo que surge en la piel antes de avanzar. Lo hacía propio y lo vivía en el único lugar donde se puede sentir: la música.
Él buscaba algo más allá del instante. Encontraba emoción en las únicas decisiones que tienen vida: las impensadas. Él no buscaba amor. A pesar de eso, creo que lo encontró, y lo dejó ir, libre, por volar; y eso hace aún más noble su causa y su alas.
Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Y voló. Lejos, más allá de la tierra que lo vio nacer. Sigue volando, cada día más alto. Ya casi no se lo ve desde mi montaña y mi mar. Pero a veces, solo a veces, vuela un poco más bajo y se vislumbra su silueta. Luego, rápido, en apenas un suspiro, el viento se lo vuelve a llevar. Y yo, desde mi tierra, me muero de orgullo por haber conocido alguna vez sus alas.
C.




11 de mayo de 2016

Through her eyes

Para- el banco de piedra cubierto del rosa marchito de los pétalos del cerezo, y sentada con las piernas flexionadas una chica de ojos oscuros contempla la calle ante sí. Le han mandado precisamente eso- observar, correa de cámara al cuello, su mirada convertida en ráfaga de disparos calculados que congelan las imágenes que transitan la calle. Respira, despacio, por una vez no hay prisa- céntrate. Mira como pasea esa mujer, su cuerpo oscila, su pañuelo caoba a juego con su pelo. Acércate más, más, sin levantarte de donde estás, siente la textura sedosa de las fibras de hilo que tejen la tela; piérdete en los tonos tostados que conforman cada pliegue de su cuerpo. Se fue. Le sustituye, por ejemplo, la mirada inquisitiva de esa pareja de amigas ancianas que contemplan tu cámara con suspicacia y rehuyen por supuesto el enfoque de tu objetivo. Húndete más, desciende pues, por ejemplo a sus zapatos de ante húmedos, vuelven del parque, llevan horas charlando y en sus labios firmemente cerrados se escuchan ecos: volvió ayer Roberto de Ávila; Gengibre en el té, sí, como lo oyes; pues claro que me acuerdo de ellos! Como para olvidarles...
La escena transcurre ante tus ojos sin que tú muevas más que los dedos veloces, espera, busca, busca, fíjate, deja que te llame la atención el más diminuto detalle- lo tienes. Reenfoca, sus dedos entrelazados, el abismo de edad entre su melena blanca y su cuerpo de cristal, su trenza de espiga fina y rubia, mira como oscila, entre las hebras del cabello se diluye poco a poco una inocencia de espejo roto. Una mano en la cintura estrecha, se miran, caminan tan despacio, nunca lo suficiente para ti, querrías detenerlos y espiar la manera en que se funden sus alientos al acercarse el uno al otro... Entonces sí, durante un instante, nada más que unos segundos, pulgar en su clavícula, la contempla, la besa. Disparas. Se marchan.
En qué piensa este, este que camina demasiado erguido, no te mira de frente pero sí de reojo, en este caso entre la lente y su seria expresión se establece un juego de robos fugaces: delgado, joven, vaqueros claros, la curva de la espalda realzada en el omóplato protuberante; en qué piensa, te preguntas tú siguiéndole con la mirada, por dónde anda realmente, ante quién yergue de esa manera los hombros. Alrededor de su cuerpo se teje invisible un tapiz que lo encompasa y susurra , por ejemplo: Andalucía, solana, faena. Susurra finca, galope, desdén. Desaparece veloz entre la multitud y le pierdes para siempre de vista.
La mañana transcurre despacio, concreta, llueve un poco, las escenas se suceden lento y rápido, todo de golpe.  Las yemas de los dedos de aquella chica de ojos castaños acarician a veces el rosa marchito de las flores que cubren el banco de piedra, buscan perderse un poco en ese olor particular de transición, de fin. Los cerezos rara vez aguantaron las tormentas de primavera. Al rato la chica se levanta, alisa las arrugas de su chaleco,  con la memoria de la cámara repleta de rostros camina calle abajo, son por supuesto sólo rostros, detalles: estáticos, mudos, por supuesto, silenciosos. 

V.