25 de mayo de 2016

Abrió sus alas

Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Volaba alto, con la mirada puesta en el cielo hasta sentir. Nunca estaba aquí ni allá. Vivía en un limbo entre mundos; entre esta tierra y aquella, a un mar de distancia, que lo vio nacer. 
Él escuchaba, paciente, a que el cuento de la noche acabara. Imaginaba con detalles cada una de mis palabras. Sentía la textura de mi mar entre las yemas de sus dedos, y el roce de mi viento, allí arriba en la montaña, entre su pelo. Escuchaba con los ojos, y veía con los oídos.
Él amaba con la piel, aunque nunca lo reconoció. No entendía de palabras, ni de frases subrayadas en libros, ni de contratos, ni de compromisos. Él solo entendía de la lealtad que surge de un beso.
Él no temía a temer, y eso que se tapaba la cara cada vez que algo le provocaba angustia. Encontraba su hogar en el hormigueo que surge en la piel antes de avanzar. Lo hacía propio y lo vivía en el único lugar donde se puede sentir: la música.
Él buscaba algo más allá del instante. Encontraba emoción en las únicas decisiones que tienen vida: las impensadas. Él no buscaba amor. A pesar de eso, creo que lo encontró, y lo dejó ir, libre, por volar; y eso hace aún más noble su causa y su alas.
Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Y voló. Lejos, más allá de la tierra que lo vio nacer. Sigue volando, cada día más alto. Ya casi no se lo ve desde mi montaña y mi mar. Pero a veces, solo a veces, vuela un poco más bajo y se vislumbra su silueta. Luego, rápido, en apenas un suspiro, el viento se lo vuelve a llevar. Y yo, desde mi tierra, me muero de orgullo por haber conocido alguna vez sus alas.
C.




11 de mayo de 2016

Through her eyes

Para- el banco de piedra cubierto del rosa marchito de los pétalos del cerezo, y sentada con las piernas flexionadas una chica de ojos oscuros contempla la calle ante sí. Le han mandado precisamente eso- observar, correa de cámara al cuello, su mirada convertida en ráfaga de disparos calculados que congelan las imágenes que transitan la calle. Respira, despacio, por una vez no hay prisa- céntrate. Mira como pasea esa mujer, su cuerpo oscila, su pañuelo caoba a juego con su pelo. Acércate más, más, sin levantarte de donde estás, siente la textura sedosa de las fibras de hilo que tejen la tela; piérdete en los tonos tostados que conforman cada pliegue de su cuerpo. Se fue. Le sustituye, por ejemplo, la mirada inquisitiva de esa pareja de amigas ancianas que contemplan tu cámara con suspicacia y rehuyen por supuesto el enfoque de tu objetivo. Húndete más, desciende pues, por ejemplo a sus zapatos de ante húmedos, vuelven del parque, llevan horas charlando y en sus labios firmemente cerrados se escuchan ecos: volvió ayer Roberto de Ávila; Gengibre en el té, sí, como lo oyes; pues claro que me acuerdo de ellos! Como para olvidarles...
La escena transcurre ante tus ojos sin que tú muevas más que los dedos veloces, espera, busca, busca, fíjate, deja que te llame la atención el más diminuto detalle- lo tienes. Reenfoca, sus dedos entrelazados, el abismo de edad entre su melena blanca y su cuerpo de cristal, su trenza de espiga fina y rubia, mira como oscila, entre las hebras del cabello se diluye poco a poco una inocencia de espejo roto. Una mano en la cintura estrecha, se miran, caminan tan despacio, nunca lo suficiente para ti, querrías detenerlos y espiar la manera en que se funden sus alientos al acercarse el uno al otro... Entonces sí, durante un instante, nada más que unos segundos, pulgar en su clavícula, la contempla, la besa. Disparas. Se marchan.
En qué piensa este, este que camina demasiado erguido, no te mira de frente pero sí de reojo, en este caso entre la lente y su seria expresión se establece un juego de robos fugaces: delgado, joven, vaqueros claros, la curva de la espalda realzada en el omóplato protuberante; en qué piensa, te preguntas tú siguiéndole con la mirada, por dónde anda realmente, ante quién yergue de esa manera los hombros. Alrededor de su cuerpo se teje invisible un tapiz que lo encompasa y susurra , por ejemplo: Andalucía, solana, faena. Susurra finca, galope, desdén. Desaparece veloz entre la multitud y le pierdes para siempre de vista.
La mañana transcurre despacio, concreta, llueve un poco, las escenas se suceden lento y rápido, todo de golpe.  Las yemas de los dedos de aquella chica de ojos castaños acarician a veces el rosa marchito de las flores que cubren el banco de piedra, buscan perderse un poco en ese olor particular de transición, de fin. Los cerezos rara vez aguantaron las tormentas de primavera. Al rato la chica se levanta, alisa las arrugas de su chaleco,  con la memoria de la cámara repleta de rostros camina calle abajo, son por supuesto sólo rostros, detalles: estáticos, mudos, por supuesto, silenciosos. 

V.