2 de noviembre de 2016

Past and Present

Sentada frente a mí en el vagón del metro: vaqueros, melena ondulada, rubio sucio, manuales de biología de segundo de carrera bajo el brazo. Echa un vistazo a su reloj con impaciencia, parece no querer llegar tarde. Entonces se acomoda resignada en el asiento y apoya la cabeza contra el cristal, barriendo con la mirada el panorama que le rodea. La observo disimuladamente, su gesto elegante, la cara fina.
La veo pasar el dedo por la mariposa que decora la portada de uno de sus libros; no sonríe, la acaricia sin más. Me pregunto qué le llevó a elegir esa carrera, esa rama científica, al acabar el colegio. Cómo de golpe me encuentro contemplando a una niña seria vestida con pantalones cortos escondida en la sombra de un cobertizo de piedra; en su mano embarrada, una lombriz que se ensortija entre sus dedos. Al otro lado de la puerta entornada un jardín frondoso, una manguera enredada en los tiestos de las macetas; en la distancia el color inconfundible de mar de verano del norte.
Ella, sentada frente a mí en el vagón, recoge con el índice un mechón de pelo más rubio que los demás y se lo coloca detrás de la oreja. En la casa con vistas a un mar del norte una chica mira por la ventana desde su posición en el alfeizar. Las estanterías de su habitación contienen lupas de distintos tamaños, escarabajos disecados, flores secas encerradas en diminutos tarros de vidrio y de cristal. Un golpe suave en su puerta arranca su mirada del paisaje, gira la cabeza, la puerta se abre y entra en el cuarto un hombre alto, sobrio, con un libro de tapas azules entre las manos. Se acerca a la ventana y los dos conversan durante varios minutos; ambos tienen la voz suave, baja, tranquila. Al rato él apoya el libro en el regazo de su nieta: en la portada azul, la forma inequívoca de un detallado saltamontes. Animalia. Entonces alarga el dedo índice y coloca cuidadosamente un mechón de pelo rubio tras su oreja. Se gira y sale de la habitación.

El metro alcanza la siguiente parada y la chica se alza inmediatamente. Nuestras miradas se encuentran durante un segundo, luego ella gira impaciente el rostro y espera a que se abran las puertas del vagón. En la forma vacía que deja su cuerpo en el asiento huele un poco a mar, un poco a hierba, ella de pie proyecta sombra sobre las puertas de acero chapado del cobertizo. Se abren las del metro, se cierran: al otro lado veo cómo mira su reloj y se relaja. Aún es pronto, aún es pronto. Le sobra el tiempo para llegar.

V.  


3 de agosto de 2016

Historias de una edad (II)

Cuarenta
Lo encuentro solo, enfrascado en un ordenador que atrapa las miradas de extraños. Todo en él está magnificado. El portátil. El móvil. El reloj. La barba perfectamente recortada. Hasta los kilos de más de su estómago. Se abrocha los botones de los puños de la camisa. Se sube con el nudillo las gafas de pasta negra en la nariz. Un sonido descoloca su pose forzada. Conversación ajena, nerviosa. Se le enrojece el cuello.
Ella entra por la puerta unos minutos más tarde. Pelo rizado moreno entre el que la nieve se empieza a derretir, tornándolo en un gris que parece bailar con el sol que entra desde la cristalera del fondo. La ausencia de maquillaje enmarca sus pestañas largas que rozan sus párpados cuando se achina al sonreír. Todo en ella destila franqueza. Bolsa de tela al hombro. Vaqueros acampanados. Cazadora oscura. Collares de cuentas de colores. Se acerca. 
-Te he reconocido por el ordenador -dice, achinándose mientras deja la bolsa frente a él y extiende los brazos. Él se alisa la camisa, se seca las palmas de la manos en los chinos beige y la abraza. Sus cuerpos se reconocen sin conocerse. Se encuentran sin buscarse. Se acomodan como si llevaran toda una vida repitiendo ese gesto.
-Encantado de conocerte por fin -susurra él. Su voz tiembla. Su cuello vuelve a enrojecer. Se sienta deprisa. La tela del sillón cruje a su peso.
-¡Qué gustazo encontrarte! -contesta ella-. ¿Quieres café? ¿Cómo puedes estar en una cafetería sin café? ¿Estás loco? ¿No tomas nada? No, no, no saques la cartera. Yo invito, solo faltaba por la espera. Menudo atasco. No había donde aparcar. En qué sitios me citas. Bueno, ahora hablamos. Ahora te veo. Espérame un ratito más. 
Se aleja a la barra.
-Feliz de haberte esperado.

Diecinueve
Han pasado semanas juntas. Mirándose entre la gente, buscándose en cada parada, encontrándose entre ojos ajenos. Hoy están reunidas junto a sus amigas, pero las demás ya se van. Salen afuera. Hablan entre temblores de manos. Y de corazón. Se despiden con un abrazo. Buenas noches. Cada una va a su habitación.
Ella piensa si ha hecho bien en irse. Cobarde, cobarde, cobarde. Se está poniendo el pijama. Llaman a la puerta. Es ella. Se miran en silencio con la complicidad en el brillo de los ojos. La invita a ir a su habitación. Hay una película. Se quedan dormidas. Abren los párpados despacito. Sonríen y ríen entrecortadamente. Los oídos les pitan. Sienten color en los pómulos. Se acercan muy poco a poco. Se besan en escalofríos de ojos, de labios, de manos, de latir.

Treinta
Avenida de América. Ocho menos cuarto de la mañana. Confluencia entre la línea seis y la cuatro. Un mexicano canta rancheras a viva voz. 
Él. Metro ochenta. Masculino. Traje de chaqueta. Corbata azul. Abrigo de paño. Barba recortada, ojos almendrados y color miel. Auriculares en los oídos. Mirada en la pantalla del teléfono. Levanta las pupilas. Camina absorto. No baja las pupilas. Se choca con un hombre mayor, de piel cetrina, apagado, sin sonidos, que lo mira desconfiado y lo insulta. No importa. Se vuelve a chocar; esta vez contra la pared. Sus pupilas no se mueven, siguen clavadas en la escalera que sube. Que sube. Que sube. Se aleja.
Alguien. En el aire un olor dulce, suave, cálido. 
Él. Aparta las pupilas. Sacude su cabeza. Se recoloca el abrigo. Sonríe. Baja las escaleras. Se aleja.

Sesenta
Están sentados. Celebrando. Se nota en la mirada brillante de ella, en la manera de pedir otra copa de vino de él, en los hombros relajados y los gestos de la más pequeña. Él da un sorbo a la copa. Saborea el rosado en su boca. Sonríe. Ellas esperan, pacientes, en silencio.
-No me habéis dicho nada -dice él, ladeando una media sonrisa.
La mujer abre los ojos, sorprendida. La chica los entorna, expectante. Recorre con la mirada cada parte de él. Se posa en las solapas de la americana, en los ojales de los puños de la camisa. En las gafas que le enmarcan la nariz, en el pelo entrecano, en la barba recortada. Abre los ojos y sonríe, feliz con su premio.
-El reloj -emite veredicto.
La mujer le toma la mano. Él levanta el brazo y se remanga el puño izquierdo.
-Bien. Es el que me regaló mamá en la pedida.
-Cómo pasa el tiempo sin darnos cuenta -comenta la mujer con los ojos brillantes de ilusión.
-La verdad es que sí. Lo llevo siempre en las ocasiones especiales y en nuestros cumpleaños -dice él.
Llega la camarera. Él sopla las velas. Ellas cantan bajito cumpleaños feliz. En la mesa de al lado se ríen y aplauden, entusiasmados.

C. 

11 de junio de 2016

Niña

Niña segura de sus inseguridades, precipitándose siempre, llegando antes de tiempo. Mide sus palabras y sus pasos, huye de su sombra y su reflejo. Culpa a su humanidad por hacerla débil, a su ataraxia por matar a todas las mariposas que alguna vez se posaron bajo su tripa. No renuncia a la libertad porque es lo único que la queda, no recuerda que se sentía al llorar de felicidad. Se le eriza la piel cuando no la tocan, se marea cuando todo parece estar en equilibrio. Sabe que el tesoro está en la pureza de sus amigos, en la profundidad de sus ojos firma la tregua de su guerra. A ti, bonita, no se te ha escapado el alma, solo ha salido en busca de esperanza para romper todos tus mitos y hacerte utópica. Y será, entonces, cuando vuelvas, y emerjas a la superficie de tu confianza. Busques tu figura en otras manos, tu latir en otro corazón. Persigas tus virtudes y aprecies tus defectos, serás humana y caerás. Romperán las olas de tus ojos con abrazos sinceros, y las pupilas dejarán de esconder tu mar. Encontrarás la paz en tu agonía, la estabilidad en tu anarquía, la simetría en tu vorágine. Estarás indefensa, desnuda y transparente.

E, colaboradora.


25 de mayo de 2016

Abrió sus alas

Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Volaba alto, con la mirada puesta en el cielo hasta sentir. Nunca estaba aquí ni allá. Vivía en un limbo entre mundos; entre esta tierra y aquella, a un mar de distancia, que lo vio nacer. 
Él escuchaba, paciente, a que el cuento de la noche acabara. Imaginaba con detalles cada una de mis palabras. Sentía la textura de mi mar entre las yemas de sus dedos, y el roce de mi viento, allí arriba en la montaña, entre su pelo. Escuchaba con los ojos, y veía con los oídos.
Él amaba con la piel, aunque nunca lo reconoció. No entendía de palabras, ni de frases subrayadas en libros, ni de contratos, ni de compromisos. Él solo entendía de la lealtad que surge de un beso.
Él no temía a temer, y eso que se tapaba la cara cada vez que algo le provocaba angustia. Encontraba su hogar en el hormigueo que surge en la piel antes de avanzar. Lo hacía propio y lo vivía en el único lugar donde se puede sentir: la música.
Él buscaba algo más allá del instante. Encontraba emoción en las únicas decisiones que tienen vida: las impensadas. Él no buscaba amor. A pesar de eso, creo que lo encontró, y lo dejó ir, libre, por volar; y eso hace aún más noble su causa y su alas.
Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Y voló. Lejos, más allá de la tierra que lo vio nacer. Sigue volando, cada día más alto. Ya casi no se lo ve desde mi montaña y mi mar. Pero a veces, solo a veces, vuela un poco más bajo y se vislumbra su silueta. Luego, rápido, en apenas un suspiro, el viento se lo vuelve a llevar. Y yo, desde mi tierra, me muero de orgullo por haber conocido alguna vez sus alas.
C.




11 de mayo de 2016

Through her eyes

Para- el banco de piedra cubierto del rosa marchito de los pétalos del cerezo, y sentada con las piernas flexionadas una chica de ojos oscuros contempla la calle ante sí. Le han mandado precisamente eso- observar, correa de cámara al cuello, su mirada convertida en ráfaga de disparos calculados que congelan las imágenes que transitan la calle. Respira, despacio, por una vez no hay prisa- céntrate. Mira como pasea esa mujer, su cuerpo oscila, su pañuelo caoba a juego con su pelo. Acércate más, más, sin levantarte de donde estás, siente la textura sedosa de las fibras de hilo que tejen la tela; piérdete en los tonos tostados que conforman cada pliegue de su cuerpo. Se fue. Le sustituye, por ejemplo, la mirada inquisitiva de esa pareja de amigas ancianas que contemplan tu cámara con suspicacia y rehuyen por supuesto el enfoque de tu objetivo. Húndete más, desciende pues, por ejemplo a sus zapatos de ante húmedos, vuelven del parque, llevan horas charlando y en sus labios firmemente cerrados se escuchan ecos: volvió ayer Roberto de Ávila; Gengibre en el té, sí, como lo oyes; pues claro que me acuerdo de ellos! Como para olvidarles...
La escena transcurre ante tus ojos sin que tú muevas más que los dedos veloces, espera, busca, busca, fíjate, deja que te llame la atención el más diminuto detalle- lo tienes. Reenfoca, sus dedos entrelazados, el abismo de edad entre su melena blanca y su cuerpo de cristal, su trenza de espiga fina y rubia, mira como oscila, entre las hebras del cabello se diluye poco a poco una inocencia de espejo roto. Una mano en la cintura estrecha, se miran, caminan tan despacio, nunca lo suficiente para ti, querrías detenerlos y espiar la manera en que se funden sus alientos al acercarse el uno al otro... Entonces sí, durante un instante, nada más que unos segundos, pulgar en su clavícula, la contempla, la besa. Disparas. Se marchan.
En qué piensa este, este que camina demasiado erguido, no te mira de frente pero sí de reojo, en este caso entre la lente y su seria expresión se establece un juego de robos fugaces: delgado, joven, vaqueros claros, la curva de la espalda realzada en el omóplato protuberante; en qué piensa, te preguntas tú siguiéndole con la mirada, por dónde anda realmente, ante quién yergue de esa manera los hombros. Alrededor de su cuerpo se teje invisible un tapiz que lo encompasa y susurra , por ejemplo: Andalucía, solana, faena. Susurra finca, galope, desdén. Desaparece veloz entre la multitud y le pierdes para siempre de vista.
La mañana transcurre despacio, concreta, llueve un poco, las escenas se suceden lento y rápido, todo de golpe.  Las yemas de los dedos de aquella chica de ojos castaños acarician a veces el rosa marchito de las flores que cubren el banco de piedra, buscan perderse un poco en ese olor particular de transición, de fin. Los cerezos rara vez aguantaron las tormentas de primavera. Al rato la chica se levanta, alisa las arrugas de su chaleco,  con la memoria de la cámara repleta de rostros camina calle abajo, son por supuesto sólo rostros, detalles: estáticos, mudos, por supuesto, silenciosos. 

V.





12 de abril de 2016

15 cosas que no sabías de C y V

Los secretos mejor guardados del tandem bloggero...




1: En el 18 cumpleaños de V, C se quedó dormida (siempre duerme mucho) y se despertó sola a las dos de la mañana. Pegó un salto de la cama y en medio de la oscuridad empezó a pintarse y a arreglarse. Su madre se despertó en pijama. "Me he quedado dormida". "Corre, corre, vete". Cogió un taxi. Apareció en la discoteca a las dos y media. Había aforo. Se coló por los bajos de la discoteca. Cuando llegó, V se encontraba tan mal que a los diez minutos acabaron las dos metidas en un taxi de vuelta a casa... de C, claro. Lo último que recuerda V de esa noche es 'cuidado con el aparador que hay en el vestíbulo....' CLOOONK. Buenas noches y feliz cumpleaños, querida.

2: En la primera noche de fin de año que pasaron juntas, C amenazó con partirle la cara a una chica en una fiesta por haberle robado su abrigo de pelo a V. "Que dónde COÑO está el abrigo de mi amiga, colega. Que la tenemos, chaval, la tenemos." 2 semanas antes había montado un pollo similar en otra fiesta, porque a V le habían robado su abrigo tres cuartos negro.
A día de hoy, siguen sin haber recuperado ninguno de los dos abrigos. Pero eso, al final, es lo de menos.

3: Con 12 años C se grababa a sí misma con su cámara de vídeo, presentando telediarios con cotilleos y noticias sobre su colegio. Estaban bajo bloqueo nacional para que NADIE los viera. V los pilló el mes pasado.

3.1 :No fue lo único que pilló. También encontró un vídeo grabado hace unos meses de C cantando y actuando escenas de telenovelas varias  con vistas a mandarlo a una productora de televisión argentina y convertirse en superstar adolescente. Go, C, go.

3.2: Lo envió.

4: V controla su imagen en redes sociales. Obliga a C a cambiar los títulos de sus publicaciones en Facebook y sucedáneos para mantener su imagen, desviándose del camino friki impuesto por C. ‘No puedes hablar tanto de juego de tronos en público, C!’

5: Ambas tenemos obsesión por Percy Jackson, héroe de fantasía adolescente hijo de Poseidón Dios de los mares, aunque C es la única que lo manifiesta. V ha accedido a disfrazarse con C de sus personajes favoritos del libro e ir a la próxima Japan Week, pero sin que nadie se entere... Shh, callad, es un secreto.



6: C nació con un agüjerito en el cuello. No pasaba nada hasta que a los 8 años empezó a expulsar mocos, de los que C presumía. Le tuvieron que cerrar el cuello. Para la operación la anestesiaron con un líquido. Tuvo el pis azul durante un mes. Ah, la cicatriz se llama Pepita.

7: V tiene fijación por los hombres mayores. Durante bachillerato estuvo enamorada de nuestro profesor de Historia: 59 años. Ha escalado un paso más: se ha prendado de José María, compañero suyo de francés: 65 años.

7: C se compró el otro día un girasol. Lo dejó durmiendo en el alféizar de su ventana QUE TIENE REJAS. Por la mañana no estaba. Se había suicidado/caído desde un noveno. Cuando sus padres lo recogieron estaba decapitado: el tiesto por un lado y la flor por otro.

8: Si creíais que lo habías visto todo en pérdida de dignidad en este blog, tendríais que meteros en nuestros borradores: ambas escribimos cartas de amor a nuestros amores perdidos. Vamos por la página 24.

9: Si nos preguntarais cual es nuestro mayor deseo, C no os contestaría: si dice en alto el deseo no se cumple. V os diría que montar a lomos de un dragón.

10: C y su prima mayor se parecen tanto que se presentan como hermanas. ¿El colmo? Cuando C tenía 6 años y su prima 21, el dependiente de una tienda se pensó que su prima había sido madre adolescente y que C era su hija: le arreglaron el móvil gratis por pena.

11: Estando de Interrail conocimos a muchísimas personas. Entre ellas un chico de 30 años con aspecto asiático. Comentamos en español sus pintas de palomino en su cara. Era mexicano. Se supo más tarde.

12: Con 13 años C pisó un erizo de mar. Se le clavaron 33 espinas en los dedos del pie izquierdo. Tuvo que estar 3 días yendo a enfermería a que una alemana le sacase las púas una a una.

13: El momento más épico de toda la historia de C y V fue cuando un inmigrante ilegal se escondió debajo de nuestro asiento en un tren nocturno rumbo a Munich, y minutos más tarde entró la policía a registrar el tren. El inmigrante llegó sano y salvo a Alemania. A nosotras casi nos da una taquicardia antes de llegar.

14. Para el 19 cumpleaños de C, V organizó una yincana por todo Madrid que terminaba en un secuestro ficticio en el que C tenía que contestar a 10 preguntas sobre su telenovela argentina favorita para que liberasen a V. Por suerte, acertó todas las preguntas.


15. Esta entrada va con varias semanas de retraso, y como siempre C dándole el coñazo a V para que se organice y publique de una puñetera vez. No podría ser de otra manera. A pesar de todo, nos queremos mucho.


CyV.



5 de abril de 2016

Entre caladas

Os voy a contar sobre las veces que me quedo mirando mi cigarro, con ganas y recelo, porque cada calada me sabe a gloria aunque se que me esta matando. El humo por la garganta, lentamente, bajando. Soy un pez fuera del agua, inhalo gris por la boca porque falta el oxígeno, me estoy ahogando. Exhalo. Lentamente, labios casi cerrados. Fina muralla de un instante, sin viento vuela inequívoca, segura, constante, estable. Pero hoy hay viento, y apenas veo el humo. Exhalo dos veces más, sin que nadie me vea, por si acaso. Parezco idiota, pero me queda la duda de si el gris se me ha pegado a los pulmones. Miro el cigarro que ya se ha consumido por la mitad, puta mierda de industriales, que rápido se acaban, aunque a veces me gusten más. Si por algo prefiero los de liar, cada uno obra de arte, único, especial. Cada calada compuesta de elecciones, sobre que tabaco, que papela y que filtro usar, ah bueno, y dónde vives y a qué estanco vas. Cada uno acariciado, querido, enrollado, siempre hacia arriba, con las dos manos, con cuidado. Están los de cuando vas borracho o tienes prisa, pequeños errores en apariencia si se miran a través de cristales objetivos, y sin embargo necesarios, infalibles, a veces incluso mas gloriosos, porque te dan la vida. Subjetivas las caladas, no dejas que nadie las juzgue, te da igual lo que digan de las pequeñas arrugas en el papel, porque durante 5 minutos, componen tu pequeño paraíso. Que no se nace sabiendo, que se aprende con la práctica, observando; constancia, paciencia. Que se arregla si se rompe, a ver quien es el valiente que se fuma un industrial roto por la mitad sin titubeo a cada calo, porque sabes que en otros cuatro se va a acabar. Pues eso, que decir, que me gustan más los de liar, que gastas menos y te dan más. Que no se consumen a menos que quieras inhalar. Aunque ahora que lo pienso tienen algo en común con los de abre cajeta, fúmame y ya, porque aunque dicen que son mas sanos, para que vamos a aparentar; es una lotería, en el que el premio esta de más. La verdad que no hay mayor traición que el autoengaño, así que si nos hacemos daño, que al menos sea por delante, y no por detrás. Que plantemos cara al riesgo, y sonriamos al azar. Que ya que hacemos algo, que sea de verdad. Porque hay que morir bailando, y no arrastrados por miedo a fallar, porque el miedo a equivocarnos hace a la realidad. Si, lo se, ya me lo has dicho, sé que me puede hacer daño, pero si me gusta ahora, digo yo, ¿qué más da? Que se me ha acabado el cigarro, y me tengo que ir a estudiar. Aunque no sé cuánto voy a tardar en desconcentrarme, sacarme otro, y volver a fumar. 
Un día quizás lo deje, mientras tanto, a disfrutar.

G, colaboradora.




3 de abril de 2016

Tribulaciones

Inspirado en Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, Movimiento de Verano.

Es un hervir invisible. Borbotea cada partícula de mi ser en una ascendiente tormenta de negrura, gritos silenciosos, y temblores de fondo a una lenta respiración. Mi cabeza no puede soportar tanto ruido, y mi cuerpo se congela en el silencio de este espacio vacío, esta oscuridad ignorada y sentida por todos.
Suelto el aire con algo más de fuerza a cada pensamiento violento al que doy vida. Metralla, astillas, destrucción y, quizás, desahogo.
Pero con cada respiración, pierdo aire. Y siento que, si no llevo a la práctica mis hipotéticos alivios, me moriré. Casi puedo oírme gritar…
Así que me hago con ese cuchillo barato y lo levanto a la altura de mi cabeza, con las dos manos, apuntando al suelo. Tras una fracción de segundo en la que impera la calma, vuelve la tempestad: y baja la hoja. Describe un perfecto cuarto de circunferencia y se hunde, al final de su recorrido, en mi tenso vientre. Vestido o destapado, no importa. Solo merece la pena el sordo sonido de la piel y los órganos rasgados, efímero, sinfónico. Dulce, fuerte. Suave, poderoso.
Y al mismo tiempo que retrocede, con él escapa la sangre. Sangre, no hay otra palabra. Roja, brillante, espesa e impenetrable sangre salpica el suelo, el metal, y mis pensamientos. De nuevo otro corte, y otro, y otro.  Aún no he sentido dolor alguno, no ha habido tiempo suficiente. 6 estocadas, quizás 10. El ardor de mis fatigados brazos es lo único que interrumpe mi blancura. Estoy más tranquilo.
Me apoyo en el respaldo de la silla y disfruto de mi respiración. Bajo la mirada. Me ha llamado la atención el grueso caudal de mi esencia que riega el suelo, llenándome de muerte. O de paz. Cada segundo que transcurre es otro palmo de las paredes que pinto. Llega un instante en el que se decoloran e iluminan de mí hasta la mitad, a la altura de mi barbilla.
Curiosamente no solo llueve de mí. También del techo, y entra por los recovecos de entre las ventanas. Poco a poco, va escondiendo mi rostro, indiferente a la inminencia de la inmersión. Noto y siento lo que me rodea: los sólidos muros, el temblor del aire comprimiéndose entre el techo y mis divagaciones, la calma fornicando con un ambiente agitado y espeso, pero invisible. Sin embargo, no me siento a mí. Mi mente ha debido abandonar mi cuerpo antes de tiempo, no he hallado el instante en el que formular una ingeniosa epopeya con la que ser recordado. Patético.

Conservo la imagen, o la secuencia de imágenes de mi imaginario, mi último pasado. Mas no llego a vislumbrar mi presente, ni el más físico e intrascendente, como podría ser el estado de mi confinamiento. A este paso, mi huidiza sangre ha debido ya de alcanzar el techo, y habrá hallado el camino bajo la puerta, y entre los poros de la pared. Que corra cuanto quiera, no alertará a nadie. Y si lo hace, no habrá qué hacer. 

A, colaborador.


20 de marzo de 2016

Ne me quitte pas

Vengo a deslizarme por tu cuerpo como lava, despacio, en calma, para erizarte la piel. A revolverte el pelo y a susurrar palabras en otros idiomas por cada milímetro de tu nuca. Vengo a rozarte la piel como un suspiro, rápido, letal, inabarcable. Vengo a taparte los ojos con mis manos y a rozar tus párpados para que al abrirlos encuentres otra realidad. Vengo a echarte de menos, a llenar de oscuridad translúcida el vacío de tu interior. Vengo a transformarme en píldoras acuosas que se deslizan por las cordilleras de tu piel; lágrimas del rocío de una mañana que no termina de asomar.
Vengo a hacerte sentir el terremoto que sacude su cuerpo cuando ríe. Vengo a mostrarte en otros gestos los que hacía cuando se moría de nervios porque ya no está aquí. Vengo a obligarte a veros en alucinaciones que encuentres cuando no estés soñando en cada esquina por la que paseas, cuando sientes su brazo que roza tu cuerpo para avisarte de que está en algún lugar más allá de tu mente. Vengo a cantarte la tristeza en la mirada.
Vengo a descubrirte otras pupilas, que te miren anhelantes desde el otro lado de una taza de café, que mancha sus labios para hacer que los tuyos se quieran perder en ellos. Vengo a presentarte otra sonrisa que asome nerviosa cuando tu propia mirada sonría. Vengo a mostrarte el universo de una nueva piel, un nuevo olor y un nuevo roce. Vengo a transformar lentamente tus conversaciones hasta hacerte creer que olvidas, para volver con la fuerza de un río que destroza la presa que coarta su libertad.
Soy quien espera paciente bajo tu cama a que se vayan las pesadillas para salir a decirte sin decir diciendo que deslices la venda. Soy el viento de una mañana de sol en las pestañas: soy frío y cálido. Soy la pared de mármol que permanece impasible cuando el huracán llega a la costa, hasta que se cuela por la ventana para arrastrarte volando lejos, bien lejos, hasta una casa de madera en lo alto de una roca en medio del mar.
Soy el amor. 
Vengo a pedirte que no me dejes,
no me dejes                                                                                                               ne me quitte pas
no me dejes                                                                                                               ne me quitte pas 
no me dejes                                                                                                               ne me quitte pas 

no voy a llorar más                                                                                              je ne vais plus pleurer 
no voy a hablar más                                                                                              je ne vais plus parler 
me esconderé allí                                                                                                        je me cacherai là 
a mirarte                                                                                                                           a te regarder 
bailar y sonreír                                                                                                            danser et sourire 
y a escucharte       
                                                                                                          et à t'écouter 

cantar y luego reír                                                                                                    chanter et puis rire

C.

28 de febrero de 2016

Her

Las personas, muchas veces, alcanzan la ciudad de Eudaimón sin esperárselo. Andan caminando por un sendero sin curvas perfilado en la fachada de la montaña, perdidos casi siempre en sus pensamientos, cuando- repentinamente, fantásticamente- aparece ante sus ojos una estructura de pálido mármol blanco sostenida entre nubes en el pico más alto de la montaña.
Los viajeros contemplan, boquiabiertos, el resplandor luminoso que emana de las piedras que blindan impertérritas las fronteras de la ciudad. Se preguntan si tras ese aire de misterio intangible se podrá pasear, efectivamente, por calles reales. Se preguntan si la vaporosa forma de las nubes que envuelven la fortaleza no es un espejismo, un sueño; si realmente ha aprendido la ciudad a volar. Se acercan, atraídos por un imán irresistible que les hace sucumbir a la tentación del lugar, a sus puertas. Allí encuentran, perdidos en un aire ensimismado, a una horda de cuentacuentos sacados directamente de las mejores historias. Con ojos de búho contemplan a los recién llegados y en voz de fina miel relatan las más imposibles anécdotas; y entre extrañas sonrisas plantean los retorcidos acertijos que hace falta sortear para ser invitado a entrar en la ciudad.
¿Quién entra en Eudaimón? Algunos lo consiguen. Cruzan la puerta de madera y alcanzan el interior de una plaza que se bifurca en miles de caminos insoldables cuyo fin es imposible divisar. Cada uno escoge su dirección y encuentra, en cada calle, una imposible red laberíntica que atrapa a los paseantes en un mundo de sueños a ras del suelo y los invita siempre a perderse más y más profundamente. Las calles, bañadas por una luz de resplandeciente invierno, ofrecen contrastes, miradas, vapores intoxicantes y aventura.
Sólo los más afortunados consiguen sortear, a pie, y sin nada más que el corazón entre los dedos, las calles más recónditas que llevan al verdadero interior de la ciudad.
Bien: a partir de cierto punto los adoquines de las calles desaparecen y comienza a cubrirse el suelo de una hierba tullida repleta de flores de profundo morado. Las callejuelas, poco a poco, se convierten en bosque, y el viajero ve su pecho atenazado repentinamente por aquello que tanto cuesta encontrar en una ciudad: el silencio.
Sí, un silencio plateado que tiñe los colores y congela el agua por donde pasa. El mismo silencio que se atisba en los huecos que se forman entre las palabras de un texto. El silencio que habita entre versos y entre desconocidos y entre amantes. Y quien se atreve a seguir caminando, apartando con suavidad la vegetación cada vez más frondosa, es posible, sólo posible, que al dejarse caer por una resbaladiza cuesta en el camino y alcanzar un hueco entre árboles… Es posible que la vea. Aunque sea un instante: un mechón de pelo rubio, o mejor: sus ojos. A ella. Que la vea a ella. Y que desde ese momento sea incapaz, nunca más, de encontrar el camino de vuelta.


V.


18 de febrero de 2016

Forma y vacío

Hola, me llamo , y ayer sucedió un hecho en mi vida que la condicionará para siempre. Soy consciente de ello y, aún agotado, me sobra aire para convencerme de que soy invulnerable, y eso es lo único que me alivia. 
 Soy hijo de nadie. Como tú, y como muchos más, que no me conoceréis. O sí. Y así o sin hacerlo seguirá existiendo un hilo irrompible que une nuestros sueños, siempre inalcanzables. Preso de alguien, de algo, invisible y desconocido ante nuestros ojos. Hijos de nadie, dueños de nada, porque nunca fuimos nadie.
 Alargamos día sí y día también el brazo ansiando alcanzar la libertad que nos desencadene definitivamente de una angustia constante, de un sentimiento de culpa que nos ahoga en el más profundo de los pozos y de un caos interno que nos sumerge en la más vasta oscuridad. Sin ser conscientes de que jamás podremos levantar el grito al cielo al unísono para desahogar y liberar este resentimiento con el que nos llevamos despertando todos los días desde hace ya un tiempo. Abatidos ante una existencia que nos oprime, amedrentados por un futuro inexistente. Destrozados tras tantas guerras internas, cual campo de batalla inundado por el fuego y la sangre de aquellos nadie que en su día soñaron serlo todo.
 Anhelamos sueños hoy, que no serán más que granos de arena en el mañana. Ser siendo todo. Anhelamos una vida en calma, sin miedo y sin dolor. Nos rodean las mismas preocupaciones, pensamos igual sin saber quienes somos. Sabiendo que no somos nadie. Sabiendo que algún día cogeremos un tranvía llamado Deseo, y romperemos con todo para poder desvestirnos de nuestro ser.
F.

29 de enero de 2016

Historias de una edad

Cuarenta-cincuenta
Volvía a casa a las dos de la mañana. Había cogido por los pelos el último tren que pasaba. Me senté en el banco, apoyando la cabeza en la ventana y entrecerrando los ojos. Las puertas del vagón se abrieron. Entraron. Ambos en torno a los cuarenta y muchos, cincuenta y pocos. Ambos morenos. Él alto y muy delgado. Chaqueta azul marino. Ella baja y rechoncha. Abrigo rojo como un pintalabios de Channel. Ella se dejó caer en el asiento de enfrente al mío. Cerró los ojos y copió mi postura. Él se sentó a su lado. Le acarició la cara. Ella, llevada por la ebriedad, le dio un manotazo. Él, llevado por la sobriedad, se acercó a ella, le quitó las gafas muy despacito, se las guardó en el bolsillo, se desabrochó la chaqueta y la arropó con ella. Durante todo el trayecto le acarició el pelo. 

Veinte
Nueve de la noche. Yo había quedado con ella. Metro sesenta y siete. Castaña. Atractiva. Muy bien vestida. Aquel día abrigo de paño largo. Pasaron las horas y llegó él. Metro ochenta. Castaño más claro que el de ella. Pelo corto. Barba. Chándal negro. Ella lo sonrió y lo regañó por vestir así. "¿Qué más te da? Si siempre voy así", contestó. "Eso no es verdad. Con lo guapo que estás con vaqueros y jersey", dijo ella. Se rieron y pidieron mi opinión. "Yo no me meto", dije levantando las manos. Pedimos otra ronda. Me sentía a gusto. Nadie desentonaba en un paisaje en el que todos sabíamos nuestro lugar y nos sentíamos cómodos con él. Contamos anécdotas de nosotras, de los inicios de su relación. Él se levantó y salió a fumar. Nuestra mesa estaba junto a la pared de la calle. Era cristal. Ambos giraron la cabeza para verse. Ambos dieciocho años. Veinte meses juntos. No pararon de mirarse a los ojos ni un instante. 

Treinta-cuarenta
Él cuarenta y un años. Ella treinta y tres. Hace diez se conocieron. En una ciudad pequeña de tranvías y cafés. Hace uno y medio se reencontraron. Es invierno. 25 de diciembre. Están en la arena de la playa. Ella tiene que hacer una sesión de fotos a unas zapatillas para tener trabajo. Se mueve de aquí para allá descalza, sin importarle coger una pulmonía. Él calza un 44. Solo hay de la talla 41. Ella lo mira, se gira, evalúa el terreno de posibilidades. Él la contempla. Saca el móvil. No para de hacerle fotos para guardar el instante. Ella lo sonríe. "¿Me harías un favor?", pregunta. "¿Qué, mi amor?". "¿Te las pondrías un momento para la foto?". Él le devuelve la mirada. La pasea entre la bolsa llena de zapatillas y la tez pálida de ella. "Claro, por qué no". Él se quita sus zapatos y aprieta los pies con todas sus fuerzas. Consigue meterse las zapatillas. Anda sin andar hasta la orilla. Ella lo espera. Le da instrucciones. Él opina. Las comentan. Aportan ideas. Divagan. Se besan.

Sesenta-setenta
Ambos pelo canoso y corto. Él bigote poblado. Un vaquero. Un anorak marrón. Parece cobijarse en la sencillez. Ella tonos neutros: negros. Cadenas y pulseras plateadas. Bolso azul. Ambos en los sesenta avanzados. Caminan por una calle empedrada, casitas bajas, colores cálidos y noche de estrellas. No hay gente en ningún lado. Las luces de las ventanas empiezan a apagarse. Él no habla apenas. Ella cuenta anécdotas y chistes y no para de reír con tono agudo. Caminan sin tocarse, pero a su lado. Llegan a unos escalones que bajan a una plaza. Sin decir una palabra, se acercan. Él le coge la mano. "Ten cuidado", dice muy suave. Ella se agarra. Bajan con paso acompasado. 

Diez
Recreo de un colegio. Día de lluvia. Niños de doce años dentro de los pasillos. Todos juegan a la botella. Ella es morena. Tiene la piel dorada. Sus curvas se empiezan a adivinar bajo el uniforme. Los niños no dejan de mirarla. Él es menudo y muy delgado. El pelo rubio le cubre la cara. Desvía la mirada. Ella se acerca. Él no para de temblar. Sus labios se rozan. Llega una mujer morena y se deshace el juego. 
Cinco años después, ella, castaña, confiesa. "La avisé yo": "¿Por qué lo hiciste?", pregunta su amiga. Ella sonríe, desenfoca la mirada y la pierde entre sus recuerdos. "Porque el siguiente en tener que besarla era el chico que me llevaba gustando seis años". Su amiga le devuelve la sonrisa. 

Cincuenta-sesenta
Vagón de metro. Dos de la tarde. Salida del colegio. Él tiene cincuenta y muchos años. Es calvo. Gafas de pasta. Pantalones con la raya perfectamente planchada. Zapatos limpios. De hebilla. Americana de cuadros inglesa. Bufanda camel. Libro en las manos, suaves, cuidadas. "¿No tienes clase a las tres?", le pregunto. Me mira. Veo un atisbo de sonrisa en la comisura de su labio. "Sí, pero mi mujer se ha encontrado mal esta noche. Voy a casa, le doy un beso y vuelvo a clase".

C.





20 de enero de 2016

Enero

Cruzando un camino que bordea la ciudad pasea una chica de jersey claro y pelo moreno perdida en sus pensamientos; por supuesto lleva los cascos puestos, la música alta, el color del sol como acuarela enredado en el mecer de su cuerpo. Alcanza el borde de tu calle y sin decidirse a entrar la observa de lejos, distinguiendo esa puerta de madera que abre tantos sueños. Entonces gira sobre los talones, baja la mirada, y continúa su camino por otro lado, cruzando un puente colgante en medio de una ciudad de sonrisas hasta llegar a una plaza donde esconde entre los dedos el sol poniente y observa una bandada de pájaros y promesas cruzando el cielo para no volver.
Con el sol derritiéndose entre los dedos baja de las nubes y contempla la quietud de la placita. Se imagina, sí, que las cosas siempre ocurriesen como ella desea en el transcurso de sus ensoñaciones diarias. El banco no estaría frío bajo sus manos, porque de ninguna manera hubiese llegado el invierno a su ciudad. Lo contemplaría desde lejos, al invierno; un señor huraño y agotador que tarda siempre demasiado en abandonar las reuniones sociales. Para acudir a esta fiesta nunca le llegaría invitación alguna, eso seguro; y mucho menos una plegada cuidadosamente en el interior de un sobre fino escrito a tinta negra en una letra- por una vez- legible y clara.  La chica fantasea con una larga melena morena siempre limpia y bien peinada; la ropa en el armario plegada, ordenada; la fruta permanentemente fresca. Y por supuesto, tú, bueno, tú estarías a su lado. Pero eso ya es otra historia.
Pasan los minutos por aquel banco frío de ciudad sonriente y curiosamente  el sol no deja de ponerse ni los coches dejan de transitar las calles ni el invierno deja de aparecer para tomar asiento en el mejor sofá y quedarse hasta aburrir a los huéspedes. Y eso que nadie le había invitado.
Ella finalmente se decide a levantarse, pero al alzar su cuerpo su cabeza no le acompaña del todo, puede ser que no esté exactamente donde están sus pies, el caso es que tropieza distraída con sus propios zapatos- y es que vamos a ver, en qué momento se diseñó al ser humano sin alas, sin paz, sin sol, sin bancos de madera térmica que mantienen el calor, sin ti; cómo va a estar mi cabeza aquí, siempre aquí, donde los papeles se pierden, donde nunca encuentro las medias por la mañana, amanezco cansada, me aburren los miércoles, las decisiones, la pena y ¡de verdad! a quién se le ocurrieron todas estas cosas.
Cruzando un camino que bordea la ciudad pasea una chica de jersey claro y pelo moreno perdida en sus pensamientos; quién sabe cuándo regresará.

V.


1 de enero de 2016

2015

El 2015 de CyV. Empieza V y continúa C, pero los párrafos están mezclados. FELIZ AÑO!

Este año he tenido que dejar de correr- para empezar a caminar. Pensé que perder velocidad sería todo desgracia, pero nunca se me ocurrió que al dejar de forzar al máximo la recta final comenzaría a apreciar los detalles más invisibles del camino.

Con cada paso he encontrado algo nuevo. Vi como lo que se acaba al final no se pierde, si uno decide guardarlo dentro y cuidarlo como nunca se cuida a los recuerdos: dándoles únicamente las gracias. Y así descubrí un rostro de niña sonriente reapareciendo en el espejo, y al recordar todos los caminos que parten de lo más hondo del pasado y del corazón encontré el que tenía que seguir recorriendo para no perderla, ni perderme, más.

Este año he aprendido que segundas historias pueden llegar a ser tan buenas como las primeras. He tirado a la basura el miedo a no volver a sentir. He re-descubierto el amor de una manera nueva, y desde que lo he hecho soy más feliz, y más completa, y más auténtica, y más sincera conmigo misma. He dado la espalda a historias furtivas que no me llenan, y he prometido no volver a lanzarme a la piscina hasta no sentir.

He descubierto el tacto que tienen las riendas de mi vida. Me siento más viva que nunca. No solo estoy, sino soy. Soy más consciente que nunca del sonido de mis pasos sobre el camino que he elegido tomar. Suena a gravilla pisada por botas de montaña, a pájaros silbando desde lo alto de fresnos en un valle lleno de historias por sacar a la luz, que quieren de alguien que las explique y las descubra al mundo.

Este año me he topado muchas veces con la felicidad; caminando a mi lado por la ciudad en la que he nacido y crecido, sentada junto a mí a la hora que se pone el sol, cruzando países enteros desde el otro lado del asiento del tren. No sé de dónde se sacan que la felicidad es siempre alegre… A veces ser feliz no es más que verte marchar para saber que vas a volver.

A la tristeza y la ansiedad me las encuentro siempre en el mismo cruce; en el entresijo de la soledad. Sentada en un banco bajo el sol hace pocas semanas escuché una frase que quizás sirva para quien nunca consigue salir del cruce: creer en lo que no se puede ver. Tener certeza de lo que se espera. Respirar hondo y aceptar que lo realmente bello es el misterio que nadie será nunca capaz de resolver.


Me he sentido por primera vez parte del conjunto que es la Tierra. He visto montañas tras ventanas de vagones de tren. He vivido las injusticias intrínsecas al lugar de nacimiento, el repudio de personas hacia sus diferentes, el asco en los ojos, una mano que agarra con fuerza la chaqueta del otro, un grito a las seis de la mañana. He descubierto la curiosidad en los nervios que recorren mi cuerpo, la belleza de un atardecer en los alto de Europa, el frío en la columna vertebral en un avión de vuelta a casa.

Este año he aprendido a vivir por detalles. Si cierro los ojos veo el movimiento inconfundible de unas manos delgadas moverse al hablar; una tarde de verano cerca del mar; una chica siempre sonriente riendo a mi lado. Veo sol, un edredón blanco, un mechón de pelo fino recogido tras la oreja, un mueble de madera israelí. Una taza de té humeante, un pañuelo negro, unas sandalias desgastadas. Cierro los ojos y esté donde esté veo a quien quiero y me quiere, y sé que ahí siempre estarán.

Al encontrarme a la felicidad me confesó que la clave está en dar las gracias; así que allá van. GRACIAS, para empezar, y como siempre, a mi papis por acompañarme en cada trecho de este camino y por no flaquear ni un segundo junto a mí. A Paula por convertirse en parte de mi familia, y a sus padres, Javier y Maribel, por darme un segundo hogar, y a Andrés por ser único. Gracias a Belén, a mi hermano, a las dos Marías, a mis abuelas, mi familia, a Alejandra, a las Hernández, a Grady, a todos. Gracias a Cristina por la complicidad y por entregarte. Gracias a mi Abu por no abandonarme jamás.

Gracias a mis padres por darme el mejor regalo que alguien puede ofrecer: un hogar. Gracias a mis Jander, como siempre, por ser parte de la locura que es compartir toda una vida. Gracias a Pilu por ser mi alma gemela, mi hermana en esta y en tantas vidas que ambas sabemos que compartimos. Gracias a Caracolas, por luchar, luchar y luchar por las cinco, sin rendirse jamás. Gracias a Carlota: a ti te debo cada abrazo después de cada lágrima. Gracias a Maite, ya sé porqué te quiero: por sentirte a gusto en mi tristeza. Gracias a Carlos, como siempre, el Universo no podría haberme puesto un amigo mejor a mi lado. Gracias a mis interraileras por compartir un viaje que he guardado en el corazón. Gracias a mis amigos de la facultad, a Alejandra, a Jorge, a Nando, por ser piezas que hacen más bonita mi vida. Gracias a ti, Simón, por el hilo de plata: lo llevo en el alma. Gracias Calojupe, por ser mi ángel de la guarda.

C y V.