Ya lo dije una vez, las mejores personas son una mezcla perfecta entre locura y lealtad.
Mis personas favoritas tocan la guitarra y son incapaces de aprenderse las letras de las canciones, aunque aún así cantan. Viven pensando en barcos y un sol poniente, el arranque de la moto por la autopista, la tabla de surf olvidada en una ciudad de mar. Mis personas favoritas son despistadas muchas veces; pierden el móvil, la mochila, llegan tarde y se dejan todas las luces de la casa encendidas. Son alegres, abiertos, radiantes, pero callados. Impacientes, caprichosos, activos 24 horas al día... Excepto cuando toca tirarse 3 seguidas al sol para volver moreno al trabajo.
Conducen demasiado rápido, nunca tienen miedo, siempre buscan la siguiente ciudad lejana a la que mudarse. Y siempre acaban volviendo, aunque se tengan que volver a ir.
Y es que mis personas favoritas son nobles, aventureras, indecisas, cariñosas. Les encantan los perros, los caballos, el mar. Les encantan los amigos, la ciudad de siempre, la sonrisa de una madre. Mis personas favoritas siempre empujan a mejorar, al esfuerzo, el continuar, y sobre todo, el sonreír. Porque, en el fondo, mis personas favoritas, más allá de todo lo demás, son también las más felices. Las que siempre saben apreciar el momento, quedarse con lo bueno y vivir de la manera más auténtica. Las que inspiran sin palabras, sin discursos, sólo con actos.
A quién vamos a engañar: la verdad es que personas favoritas sólo se puede tener una.
A quién vamos a engañar: la verdad es que personas favoritas sólo se puede tener una.
V.
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