26 de diciembre de 2015

Hogar.

Hogar es la familia en la que naces, pero decides que sea tuya. 
Hogar es la impaciencia de mi padre cada vez que salimos de viaje; contrapunto a la parsimonia de mi madre, con mil bolsas llenas de últimos detalles, que mi padre nunca sabe cómo van a entrar, pero llegan sanos y salvos. 
Hogar es un reencuentro con todos los que hace meses que no veo. El cosquilleo en el pecho porque sé que hay alguien esperándome en la estación; disfrazado, seguramente, entre comentarios de desconocidos que nos toman por locos, pero de eso se trata. Es la puesta a punto de historias dentro del coche, la planificación de los días que nunca se cumplirá. 
Hogar es un barco con rumbo a Cádiz a las 10 de la mañana. Es el viento helado en la cara al salir a cubierta, las risas de dos extranjeros al escuchar que cantamos, las miradas de una nueva incorporación en la familia por vernos en nuestra salsa. Es un desayuno al sol, es un paseo entre calles que conjugan historia y consumismo. Es un mercado lleno de olores de flores, de puestos antiguos con bolsitas de frutos secos, gitanos bailando sevillanas entre margaritas blancas y flores de Pascua, que ahora son rosas. 
Hogar es tumbarnos en el muro del acantilado, en silencio, con el sonido de las olas rompiendo de fondo. Son los entresijos de la ciudad que cuenta mi padre, los ojos entusiasmados de mis primos, la eterna pregunta en el sur de si la manzanilla que uno pide es vino o infusión.
Hogar es la guerra por las tres duchas que hay en casa, el deseo de que aparezca un giratiempo para poder ralentizar los minutos y evadir los gritos que meten prisa. Es el beso de mi madre y mi tía en Nochebuena al Niño Jesús de un nacimiento que lleva toda la vida con ellas, cumpliéndoles sus deseos. Es el ruido del choque de bandejas, la cocina colapsada, la comida y la bebida pasando de mano en mano. Es escuchar por milésima vez la misma anécdota de cada reunión familiar contada por mi padre y mi tío, y seguir riendo en la misma parte de la anécdota. 
Hogar es cenar escuchando de fondo Siempre Así porque la mitad de los que estamos ha pasado los años más felices de su vida en el sur, y la otra mitad veníamos en cada puente que encontrábamos, con el mismo cosquilleo en el pecho al llegar a la estación. 
Hogar son los villancicos de siempre, las panderetas y palmas que acompañan. Es el ritual de mi tío cantando su villancico, o mi madre el suyo, que le emociona de la misma forma año tras año. Es la promesa cada cena de que después saldremos los más jóvenes, y el nunca cumplirlo. 
Hogar son los susurros de mi madre cada vez que nos viene a despertar a mi primo y a mí, muy despacito, desde el marco de la puerta. Es calcular las horas exactas de sueño para no quedarte sin tostadas, o sin tomate y aceite, o sin las tres gotas de café que sobran. 
Hogar es el amigo invisible, que no Papá Noel. Un amigo que es más visible que nunca. Es sentirte el rey de los detalles cuando aciertas de pleno en los gustos de uno de la familia. Es el sonido del papel rasgándose, el temblor de las manos, los ojitos de ilusión, las orejas rojas por ver que han acertado contigo. 
Hogar es el olor agridulce que no se va en todo el día a la mañana siguiente de que haya acabado. Son los abrazos de despedida, llenos de ternura, de la misma forma que hace muchos años, cuando éramos más pequeños y nos protegíamos frente a todo. Es la pena porque ya ha terminado, hay gente que se va a tierras lejanas y otros volvemos a casa; pero, qué casa, si este es nuestro hogar.

C.


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