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28 de febrero de 2017

Mirada

Él llevaba tiempo esperando, soñando, anhelando un momento que jamás llegaría. Llevaba horas de deseo; una vida enloquecida por la probabilidad.
Se levantaba cada día para ir a trabajar, a esclavizarse con armas, con balas, dinero y poder. Llegaba a casa cuando ella ya estaba dormida, cuando había cerrado unos ojos que, sabía, pronto no volvería a abrir jamás.
Él era los ojos esperanzados de su madre, las conversaciones de orgullo, el filo de una moneda lanzada al aire. Él era todo y se sentía nada.
Él era fuerte, valiente, el hombre. Él no decepcionaría, conseguiría irse lejos; muy lejos; allí donde las colinas son verdes y están sembradas de lagos, de casas, de trenes repletos de almas perdidas en la ignorancia. Él enorgullecería, florecería el nombre de la familia. Él sería diferente al resto de chicos, no se perdería, no lo deportaría. Él podía. Él sería legal.
Ellas eran dos. Dos de tantos y tantos iguales, de esos irreconocibles, con expresión indescifrable; solo diferentes por el pelo y el tono de piel. Ellas entraron armando pelea, desertando, arrasando con un mundo que él casi había empezado a creer. Ellas gritaron, riendo y enfadándose a la vez. Ellas lo desconcertaron y lo enigmaron. Ellas eran peligro y atracción. Ellas lucharon, ganaron su sitio en aquel vagón perdido en una estación que no sabía leer. Eran tan diferentes a su tierra. Todo allí lo era.
Él intentó dormir. Tranquilizar un cuerpo tembloroso, con miedo corriendo por sangre. Él se giró; trató de no moverse, no molestar a aquellas occidentales. Ellos hablaban, empezaban a aceptar que estaban perdidos, mentidos, abandonados a una suerte a la que no habían decidido apostar. Se movían rápido, abriendo mucho los ojos, intentando captar todos los detalles.
Las puertas del compartimento se abrían y cerraban. Entró el chico rubio, el teñido con mal olor. Solo sabía que venía de Siria. Había sido el último en llegar. El más joven. El más chulo. El más inexperto, torpe.
Ellas se sobresaltaron. Lo miraron. Se miraron entre sí. Habían dejado a un lado el reflejo del desafío y del temor en sus ojos; se habían relajado. Apenas hablaban, se comunicaban con miradas. Ellas habían decidido; un pacto tácito, inexpresivo, basado en la intuición. Retiraron las piernas: lo dejaron pasar.
El rubio se agachó, agazapándose con el porte de una presa que cree saberse predador. Se metió bajo el asiento. Se hizo el silencio.
De nuevo la mirada, las palabras en las pupilas. Intercambio de sentimientos y pensamientos. Él las contemplaba como quien ve el mar por primera vez. Quieto, cauto, reservado. Ellas se rieron. Un sonido profundo, salido del temor irracional, de la incomprensión. Él siguió su risa, liberando la tensión tras días de viajes, huidas, malos tratos, gritos extranjeros, miradas de reproche. Humillación. Los otros tres lo siguieron con carcajadas de las que duelen en la tripa y pellizcan el alma.
Ellos les preguntaron algo. Ellas no entendieron. Él tradujo. Ellas contestaron que no pasaba nada; prometieron ayudar.
Ella abrió la puerta. Él se irguió. Ellas, ellos, se miraron. Ella las sonrió. Ella los rechazó. Ella pidió documentos. Ellas los mostraron. Ellos agacharon la cabeza. Ella los levantó del asiento. Ellos la siguieron. Ellas los miraron. Ellos los contemplaron. Ella los guio fuera de un tren con dirección desconocida, en un lugar incomprensible, en un idioma más lejano que la distancia y el pasado que había dejado atrás.
Ella preguntó por su ilegalidad. Él se encogió de hombros. Ella volvió a preguntar. Él se volvió a encoger. Ella se encaró. Él se apartó.
Ella los subió a una furgoneta. Ellos se sentaron muy juntos, encerrando entre sí el pavor de cuatro cuerpos. Ella les echó un vistazo. Los preguntó por qué nunca podían esperar, por qué se atrevían a algo que, sabían, saldría mal. Ellos no quisieron entender.
Él contempló su reflejo en la ventana. Él vio los ojos de esperanza de su madre en sus ojos. Los cerró, sabiendo que se habían ido para siempre.
El motor arrancó. Las ventanas se llenaron de polvo y suciedad.
C.

       (Fuente: http://www.publico.es/fotogalerias/caos-apodera-estacion-tren-budapest.html)

3 de agosto de 2016

Historias de una edad (II)

Cuarenta
Lo encuentro solo, enfrascado en un ordenador que atrapa las miradas de extraños. Todo en él está magnificado. El portátil. El móvil. El reloj. La barba perfectamente recortada. Hasta los kilos de más de su estómago. Se abrocha los botones de los puños de la camisa. Se sube con el nudillo las gafas de pasta negra en la nariz. Un sonido descoloca su pose forzada. Conversación ajena, nerviosa. Se le enrojece el cuello.
Ella entra por la puerta unos minutos más tarde. Pelo rizado moreno entre el que la nieve se empieza a derretir, tornándolo en un gris que parece bailar con el sol que entra desde la cristalera del fondo. La ausencia de maquillaje enmarca sus pestañas largas que rozan sus párpados cuando se achina al sonreír. Todo en ella destila franqueza. Bolsa de tela al hombro. Vaqueros acampanados. Cazadora oscura. Collares de cuentas de colores. Se acerca. 
-Te he reconocido por el ordenador -dice, achinándose mientras deja la bolsa frente a él y extiende los brazos. Él se alisa la camisa, se seca las palmas de la manos en los chinos beige y la abraza. Sus cuerpos se reconocen sin conocerse. Se encuentran sin buscarse. Se acomodan como si llevaran toda una vida repitiendo ese gesto.
-Encantado de conocerte por fin -susurra él. Su voz tiembla. Su cuello vuelve a enrojecer. Se sienta deprisa. La tela del sillón cruje a su peso.
-¡Qué gustazo encontrarte! -contesta ella-. ¿Quieres café? ¿Cómo puedes estar en una cafetería sin café? ¿Estás loco? ¿No tomas nada? No, no, no saques la cartera. Yo invito, solo faltaba por la espera. Menudo atasco. No había donde aparcar. En qué sitios me citas. Bueno, ahora hablamos. Ahora te veo. Espérame un ratito más. 
Se aleja a la barra.
-Feliz de haberte esperado.

Diecinueve
Han pasado semanas juntas. Mirándose entre la gente, buscándose en cada parada, encontrándose entre ojos ajenos. Hoy están reunidas junto a sus amigas, pero las demás ya se van. Salen afuera. Hablan entre temblores de manos. Y de corazón. Se despiden con un abrazo. Buenas noches. Cada una va a su habitación.
Ella piensa si ha hecho bien en irse. Cobarde, cobarde, cobarde. Se está poniendo el pijama. Llaman a la puerta. Es ella. Se miran en silencio con la complicidad en el brillo de los ojos. La invita a ir a su habitación. Hay una película. Se quedan dormidas. Abren los párpados despacito. Sonríen y ríen entrecortadamente. Los oídos les pitan. Sienten color en los pómulos. Se acercan muy poco a poco. Se besan en escalofríos de ojos, de labios, de manos, de latir.

Treinta
Avenida de América. Ocho menos cuarto de la mañana. Confluencia entre la línea seis y la cuatro. Un mexicano canta rancheras a viva voz. 
Él. Metro ochenta. Masculino. Traje de chaqueta. Corbata azul. Abrigo de paño. Barba recortada, ojos almendrados y color miel. Auriculares en los oídos. Mirada en la pantalla del teléfono. Levanta las pupilas. Camina absorto. No baja las pupilas. Se choca con un hombre mayor, de piel cetrina, apagado, sin sonidos, que lo mira desconfiado y lo insulta. No importa. Se vuelve a chocar; esta vez contra la pared. Sus pupilas no se mueven, siguen clavadas en la escalera que sube. Que sube. Que sube. Se aleja.
Alguien. En el aire un olor dulce, suave, cálido. 
Él. Aparta las pupilas. Sacude su cabeza. Se recoloca el abrigo. Sonríe. Baja las escaleras. Se aleja.

Sesenta
Están sentados. Celebrando. Se nota en la mirada brillante de ella, en la manera de pedir otra copa de vino de él, en los hombros relajados y los gestos de la más pequeña. Él da un sorbo a la copa. Saborea el rosado en su boca. Sonríe. Ellas esperan, pacientes, en silencio.
-No me habéis dicho nada -dice él, ladeando una media sonrisa.
La mujer abre los ojos, sorprendida. La chica los entorna, expectante. Recorre con la mirada cada parte de él. Se posa en las solapas de la americana, en los ojales de los puños de la camisa. En las gafas que le enmarcan la nariz, en el pelo entrecano, en la barba recortada. Abre los ojos y sonríe, feliz con su premio.
-El reloj -emite veredicto.
La mujer le toma la mano. Él levanta el brazo y se remanga el puño izquierdo.
-Bien. Es el que me regaló mamá en la pedida.
-Cómo pasa el tiempo sin darnos cuenta -comenta la mujer con los ojos brillantes de ilusión.
-La verdad es que sí. Lo llevo siempre en las ocasiones especiales y en nuestros cumpleaños -dice él.
Llega la camarera. Él sopla las velas. Ellas cantan bajito cumpleaños feliz. En la mesa de al lado se ríen y aplauden, entusiasmados.

C. 

25 de mayo de 2016

Abrió sus alas

Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Volaba alto, con la mirada puesta en el cielo hasta sentir. Nunca estaba aquí ni allá. Vivía en un limbo entre mundos; entre esta tierra y aquella, a un mar de distancia, que lo vio nacer. 
Él escuchaba, paciente, a que el cuento de la noche acabara. Imaginaba con detalles cada una de mis palabras. Sentía la textura de mi mar entre las yemas de sus dedos, y el roce de mi viento, allí arriba en la montaña, entre su pelo. Escuchaba con los ojos, y veía con los oídos.
Él amaba con la piel, aunque nunca lo reconoció. No entendía de palabras, ni de frases subrayadas en libros, ni de contratos, ni de compromisos. Él solo entendía de la lealtad que surge de un beso.
Él no temía a temer, y eso que se tapaba la cara cada vez que algo le provocaba angustia. Encontraba su hogar en el hormigueo que surge en la piel antes de avanzar. Lo hacía propio y lo vivía en el único lugar donde se puede sentir: la música.
Él buscaba algo más allá del instante. Encontraba emoción en las únicas decisiones que tienen vida: las impensadas. Él no buscaba amor. A pesar de eso, creo que lo encontró, y lo dejó ir, libre, por volar; y eso hace aún más noble su causa y su alas.
Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Y voló. Lejos, más allá de la tierra que lo vio nacer. Sigue volando, cada día más alto. Ya casi no se lo ve desde mi montaña y mi mar. Pero a veces, solo a veces, vuela un poco más bajo y se vislumbra su silueta. Luego, rápido, en apenas un suspiro, el viento se lo vuelve a llevar. Y yo, desde mi tierra, me muero de orgullo por haber conocido alguna vez sus alas.
C.




12 de abril de 2016

15 cosas que no sabías de C y V

Los secretos mejor guardados del tandem bloggero...




1: En el 18 cumpleaños de V, C se quedó dormida (siempre duerme mucho) y se despertó sola a las dos de la mañana. Pegó un salto de la cama y en medio de la oscuridad empezó a pintarse y a arreglarse. Su madre se despertó en pijama. "Me he quedado dormida". "Corre, corre, vete". Cogió un taxi. Apareció en la discoteca a las dos y media. Había aforo. Se coló por los bajos de la discoteca. Cuando llegó, V se encontraba tan mal que a los diez minutos acabaron las dos metidas en un taxi de vuelta a casa... de C, claro. Lo último que recuerda V de esa noche es 'cuidado con el aparador que hay en el vestíbulo....' CLOOONK. Buenas noches y feliz cumpleaños, querida.

2: En la primera noche de fin de año que pasaron juntas, C amenazó con partirle la cara a una chica en una fiesta por haberle robado su abrigo de pelo a V. "Que dónde COÑO está el abrigo de mi amiga, colega. Que la tenemos, chaval, la tenemos." 2 semanas antes había montado un pollo similar en otra fiesta, porque a V le habían robado su abrigo tres cuartos negro.
A día de hoy, siguen sin haber recuperado ninguno de los dos abrigos. Pero eso, al final, es lo de menos.

3: Con 12 años C se grababa a sí misma con su cámara de vídeo, presentando telediarios con cotilleos y noticias sobre su colegio. Estaban bajo bloqueo nacional para que NADIE los viera. V los pilló el mes pasado.

3.1 :No fue lo único que pilló. También encontró un vídeo grabado hace unos meses de C cantando y actuando escenas de telenovelas varias  con vistas a mandarlo a una productora de televisión argentina y convertirse en superstar adolescente. Go, C, go.

3.2: Lo envió.

4: V controla su imagen en redes sociales. Obliga a C a cambiar los títulos de sus publicaciones en Facebook y sucedáneos para mantener su imagen, desviándose del camino friki impuesto por C. ‘No puedes hablar tanto de juego de tronos en público, C!’

5: Ambas tenemos obsesión por Percy Jackson, héroe de fantasía adolescente hijo de Poseidón Dios de los mares, aunque C es la única que lo manifiesta. V ha accedido a disfrazarse con C de sus personajes favoritos del libro e ir a la próxima Japan Week, pero sin que nadie se entere... Shh, callad, es un secreto.



6: C nació con un agüjerito en el cuello. No pasaba nada hasta que a los 8 años empezó a expulsar mocos, de los que C presumía. Le tuvieron que cerrar el cuello. Para la operación la anestesiaron con un líquido. Tuvo el pis azul durante un mes. Ah, la cicatriz se llama Pepita.

7: V tiene fijación por los hombres mayores. Durante bachillerato estuvo enamorada de nuestro profesor de Historia: 59 años. Ha escalado un paso más: se ha prendado de José María, compañero suyo de francés: 65 años.

7: C se compró el otro día un girasol. Lo dejó durmiendo en el alféizar de su ventana QUE TIENE REJAS. Por la mañana no estaba. Se había suicidado/caído desde un noveno. Cuando sus padres lo recogieron estaba decapitado: el tiesto por un lado y la flor por otro.

8: Si creíais que lo habías visto todo en pérdida de dignidad en este blog, tendríais que meteros en nuestros borradores: ambas escribimos cartas de amor a nuestros amores perdidos. Vamos por la página 24.

9: Si nos preguntarais cual es nuestro mayor deseo, C no os contestaría: si dice en alto el deseo no se cumple. V os diría que montar a lomos de un dragón.

10: C y su prima mayor se parecen tanto que se presentan como hermanas. ¿El colmo? Cuando C tenía 6 años y su prima 21, el dependiente de una tienda se pensó que su prima había sido madre adolescente y que C era su hija: le arreglaron el móvil gratis por pena.

11: Estando de Interrail conocimos a muchísimas personas. Entre ellas un chico de 30 años con aspecto asiático. Comentamos en español sus pintas de palomino en su cara. Era mexicano. Se supo más tarde.

12: Con 13 años C pisó un erizo de mar. Se le clavaron 33 espinas en los dedos del pie izquierdo. Tuvo que estar 3 días yendo a enfermería a que una alemana le sacase las púas una a una.

13: El momento más épico de toda la historia de C y V fue cuando un inmigrante ilegal se escondió debajo de nuestro asiento en un tren nocturno rumbo a Munich, y minutos más tarde entró la policía a registrar el tren. El inmigrante llegó sano y salvo a Alemania. A nosotras casi nos da una taquicardia antes de llegar.

14. Para el 19 cumpleaños de C, V organizó una yincana por todo Madrid que terminaba en un secuestro ficticio en el que C tenía que contestar a 10 preguntas sobre su telenovela argentina favorita para que liberasen a V. Por suerte, acertó todas las preguntas.


15. Esta entrada va con varias semanas de retraso, y como siempre C dándole el coñazo a V para que se organice y publique de una puñetera vez. No podría ser de otra manera. A pesar de todo, nos queremos mucho.


CyV.



20 de marzo de 2016

Ne me quitte pas

Vengo a deslizarme por tu cuerpo como lava, despacio, en calma, para erizarte la piel. A revolverte el pelo y a susurrar palabras en otros idiomas por cada milímetro de tu nuca. Vengo a rozarte la piel como un suspiro, rápido, letal, inabarcable. Vengo a taparte los ojos con mis manos y a rozar tus párpados para que al abrirlos encuentres otra realidad. Vengo a echarte de menos, a llenar de oscuridad translúcida el vacío de tu interior. Vengo a transformarme en píldoras acuosas que se deslizan por las cordilleras de tu piel; lágrimas del rocío de una mañana que no termina de asomar.
Vengo a hacerte sentir el terremoto que sacude su cuerpo cuando ríe. Vengo a mostrarte en otros gestos los que hacía cuando se moría de nervios porque ya no está aquí. Vengo a obligarte a veros en alucinaciones que encuentres cuando no estés soñando en cada esquina por la que paseas, cuando sientes su brazo que roza tu cuerpo para avisarte de que está en algún lugar más allá de tu mente. Vengo a cantarte la tristeza en la mirada.
Vengo a descubrirte otras pupilas, que te miren anhelantes desde el otro lado de una taza de café, que mancha sus labios para hacer que los tuyos se quieran perder en ellos. Vengo a presentarte otra sonrisa que asome nerviosa cuando tu propia mirada sonría. Vengo a mostrarte el universo de una nueva piel, un nuevo olor y un nuevo roce. Vengo a transformar lentamente tus conversaciones hasta hacerte creer que olvidas, para volver con la fuerza de un río que destroza la presa que coarta su libertad.
Soy quien espera paciente bajo tu cama a que se vayan las pesadillas para salir a decirte sin decir diciendo que deslices la venda. Soy el viento de una mañana de sol en las pestañas: soy frío y cálido. Soy la pared de mármol que permanece impasible cuando el huracán llega a la costa, hasta que se cuela por la ventana para arrastrarte volando lejos, bien lejos, hasta una casa de madera en lo alto de una roca en medio del mar.
Soy el amor. 
Vengo a pedirte que no me dejes,
no me dejes                                                                                                               ne me quitte pas
no me dejes                                                                                                               ne me quitte pas 
no me dejes                                                                                                               ne me quitte pas 

no voy a llorar más                                                                                              je ne vais plus pleurer 
no voy a hablar más                                                                                              je ne vais plus parler 
me esconderé allí                                                                                                        je me cacherai là 
a mirarte                                                                                                                           a te regarder 
bailar y sonreír                                                                                                            danser et sourire 
y a escucharte       
                                                                                                          et à t'écouter 

cantar y luego reír                                                                                                    chanter et puis rire

C.

29 de enero de 2016

Historias de una edad

Cuarenta-cincuenta
Volvía a casa a las dos de la mañana. Había cogido por los pelos el último tren que pasaba. Me senté en el banco, apoyando la cabeza en la ventana y entrecerrando los ojos. Las puertas del vagón se abrieron. Entraron. Ambos en torno a los cuarenta y muchos, cincuenta y pocos. Ambos morenos. Él alto y muy delgado. Chaqueta azul marino. Ella baja y rechoncha. Abrigo rojo como un pintalabios de Channel. Ella se dejó caer en el asiento de enfrente al mío. Cerró los ojos y copió mi postura. Él se sentó a su lado. Le acarició la cara. Ella, llevada por la ebriedad, le dio un manotazo. Él, llevado por la sobriedad, se acercó a ella, le quitó las gafas muy despacito, se las guardó en el bolsillo, se desabrochó la chaqueta y la arropó con ella. Durante todo el trayecto le acarició el pelo. 

Veinte
Nueve de la noche. Yo había quedado con ella. Metro sesenta y siete. Castaña. Atractiva. Muy bien vestida. Aquel día abrigo de paño largo. Pasaron las horas y llegó él. Metro ochenta. Castaño más claro que el de ella. Pelo corto. Barba. Chándal negro. Ella lo sonrió y lo regañó por vestir así. "¿Qué más te da? Si siempre voy así", contestó. "Eso no es verdad. Con lo guapo que estás con vaqueros y jersey", dijo ella. Se rieron y pidieron mi opinión. "Yo no me meto", dije levantando las manos. Pedimos otra ronda. Me sentía a gusto. Nadie desentonaba en un paisaje en el que todos sabíamos nuestro lugar y nos sentíamos cómodos con él. Contamos anécdotas de nosotras, de los inicios de su relación. Él se levantó y salió a fumar. Nuestra mesa estaba junto a la pared de la calle. Era cristal. Ambos giraron la cabeza para verse. Ambos dieciocho años. Veinte meses juntos. No pararon de mirarse a los ojos ni un instante. 

Treinta-cuarenta
Él cuarenta y un años. Ella treinta y tres. Hace diez se conocieron. En una ciudad pequeña de tranvías y cafés. Hace uno y medio se reencontraron. Es invierno. 25 de diciembre. Están en la arena de la playa. Ella tiene que hacer una sesión de fotos a unas zapatillas para tener trabajo. Se mueve de aquí para allá descalza, sin importarle coger una pulmonía. Él calza un 44. Solo hay de la talla 41. Ella lo mira, se gira, evalúa el terreno de posibilidades. Él la contempla. Saca el móvil. No para de hacerle fotos para guardar el instante. Ella lo sonríe. "¿Me harías un favor?", pregunta. "¿Qué, mi amor?". "¿Te las pondrías un momento para la foto?". Él le devuelve la mirada. La pasea entre la bolsa llena de zapatillas y la tez pálida de ella. "Claro, por qué no". Él se quita sus zapatos y aprieta los pies con todas sus fuerzas. Consigue meterse las zapatillas. Anda sin andar hasta la orilla. Ella lo espera. Le da instrucciones. Él opina. Las comentan. Aportan ideas. Divagan. Se besan.

Sesenta-setenta
Ambos pelo canoso y corto. Él bigote poblado. Un vaquero. Un anorak marrón. Parece cobijarse en la sencillez. Ella tonos neutros: negros. Cadenas y pulseras plateadas. Bolso azul. Ambos en los sesenta avanzados. Caminan por una calle empedrada, casitas bajas, colores cálidos y noche de estrellas. No hay gente en ningún lado. Las luces de las ventanas empiezan a apagarse. Él no habla apenas. Ella cuenta anécdotas y chistes y no para de reír con tono agudo. Caminan sin tocarse, pero a su lado. Llegan a unos escalones que bajan a una plaza. Sin decir una palabra, se acercan. Él le coge la mano. "Ten cuidado", dice muy suave. Ella se agarra. Bajan con paso acompasado. 

Diez
Recreo de un colegio. Día de lluvia. Niños de doce años dentro de los pasillos. Todos juegan a la botella. Ella es morena. Tiene la piel dorada. Sus curvas se empiezan a adivinar bajo el uniforme. Los niños no dejan de mirarla. Él es menudo y muy delgado. El pelo rubio le cubre la cara. Desvía la mirada. Ella se acerca. Él no para de temblar. Sus labios se rozan. Llega una mujer morena y se deshace el juego. 
Cinco años después, ella, castaña, confiesa. "La avisé yo": "¿Por qué lo hiciste?", pregunta su amiga. Ella sonríe, desenfoca la mirada y la pierde entre sus recuerdos. "Porque el siguiente en tener que besarla era el chico que me llevaba gustando seis años". Su amiga le devuelve la sonrisa. 

Cincuenta-sesenta
Vagón de metro. Dos de la tarde. Salida del colegio. Él tiene cincuenta y muchos años. Es calvo. Gafas de pasta. Pantalones con la raya perfectamente planchada. Zapatos limpios. De hebilla. Americana de cuadros inglesa. Bufanda camel. Libro en las manos, suaves, cuidadas. "¿No tienes clase a las tres?", le pregunto. Me mira. Veo un atisbo de sonrisa en la comisura de su labio. "Sí, pero mi mujer se ha encontrado mal esta noche. Voy a casa, le doy un beso y vuelvo a clase".

C.





1 de enero de 2016

2015

El 2015 de CyV. Empieza V y continúa C, pero los párrafos están mezclados. FELIZ AÑO!

Este año he tenido que dejar de correr- para empezar a caminar. Pensé que perder velocidad sería todo desgracia, pero nunca se me ocurrió que al dejar de forzar al máximo la recta final comenzaría a apreciar los detalles más invisibles del camino.

Con cada paso he encontrado algo nuevo. Vi como lo que se acaba al final no se pierde, si uno decide guardarlo dentro y cuidarlo como nunca se cuida a los recuerdos: dándoles únicamente las gracias. Y así descubrí un rostro de niña sonriente reapareciendo en el espejo, y al recordar todos los caminos que parten de lo más hondo del pasado y del corazón encontré el que tenía que seguir recorriendo para no perderla, ni perderme, más.

Este año he aprendido que segundas historias pueden llegar a ser tan buenas como las primeras. He tirado a la basura el miedo a no volver a sentir. He re-descubierto el amor de una manera nueva, y desde que lo he hecho soy más feliz, y más completa, y más auténtica, y más sincera conmigo misma. He dado la espalda a historias furtivas que no me llenan, y he prometido no volver a lanzarme a la piscina hasta no sentir.

He descubierto el tacto que tienen las riendas de mi vida. Me siento más viva que nunca. No solo estoy, sino soy. Soy más consciente que nunca del sonido de mis pasos sobre el camino que he elegido tomar. Suena a gravilla pisada por botas de montaña, a pájaros silbando desde lo alto de fresnos en un valle lleno de historias por sacar a la luz, que quieren de alguien que las explique y las descubra al mundo.

Este año me he topado muchas veces con la felicidad; caminando a mi lado por la ciudad en la que he nacido y crecido, sentada junto a mí a la hora que se pone el sol, cruzando países enteros desde el otro lado del asiento del tren. No sé de dónde se sacan que la felicidad es siempre alegre… A veces ser feliz no es más que verte marchar para saber que vas a volver.

A la tristeza y la ansiedad me las encuentro siempre en el mismo cruce; en el entresijo de la soledad. Sentada en un banco bajo el sol hace pocas semanas escuché una frase que quizás sirva para quien nunca consigue salir del cruce: creer en lo que no se puede ver. Tener certeza de lo que se espera. Respirar hondo y aceptar que lo realmente bello es el misterio que nadie será nunca capaz de resolver.


Me he sentido por primera vez parte del conjunto que es la Tierra. He visto montañas tras ventanas de vagones de tren. He vivido las injusticias intrínsecas al lugar de nacimiento, el repudio de personas hacia sus diferentes, el asco en los ojos, una mano que agarra con fuerza la chaqueta del otro, un grito a las seis de la mañana. He descubierto la curiosidad en los nervios que recorren mi cuerpo, la belleza de un atardecer en los alto de Europa, el frío en la columna vertebral en un avión de vuelta a casa.

Este año he aprendido a vivir por detalles. Si cierro los ojos veo el movimiento inconfundible de unas manos delgadas moverse al hablar; una tarde de verano cerca del mar; una chica siempre sonriente riendo a mi lado. Veo sol, un edredón blanco, un mechón de pelo fino recogido tras la oreja, un mueble de madera israelí. Una taza de té humeante, un pañuelo negro, unas sandalias desgastadas. Cierro los ojos y esté donde esté veo a quien quiero y me quiere, y sé que ahí siempre estarán.

Al encontrarme a la felicidad me confesó que la clave está en dar las gracias; así que allá van. GRACIAS, para empezar, y como siempre, a mi papis por acompañarme en cada trecho de este camino y por no flaquear ni un segundo junto a mí. A Paula por convertirse en parte de mi familia, y a sus padres, Javier y Maribel, por darme un segundo hogar, y a Andrés por ser único. Gracias a Belén, a mi hermano, a las dos Marías, a mis abuelas, mi familia, a Alejandra, a las Hernández, a Grady, a todos. Gracias a Cristina por la complicidad y por entregarte. Gracias a mi Abu por no abandonarme jamás.

Gracias a mis padres por darme el mejor regalo que alguien puede ofrecer: un hogar. Gracias a mis Jander, como siempre, por ser parte de la locura que es compartir toda una vida. Gracias a Pilu por ser mi alma gemela, mi hermana en esta y en tantas vidas que ambas sabemos que compartimos. Gracias a Caracolas, por luchar, luchar y luchar por las cinco, sin rendirse jamás. Gracias a Carlota: a ti te debo cada abrazo después de cada lágrima. Gracias a Maite, ya sé porqué te quiero: por sentirte a gusto en mi tristeza. Gracias a Carlos, como siempre, el Universo no podría haberme puesto un amigo mejor a mi lado. Gracias a mis interraileras por compartir un viaje que he guardado en el corazón. Gracias a mis amigos de la facultad, a Alejandra, a Jorge, a Nando, por ser piezas que hacen más bonita mi vida. Gracias a ti, Simón, por el hilo de plata: lo llevo en el alma. Gracias Calojupe, por ser mi ángel de la guarda.

C y V.




26 de diciembre de 2015

Hogar.

Hogar es la familia en la que naces, pero decides que sea tuya. 
Hogar es la impaciencia de mi padre cada vez que salimos de viaje; contrapunto a la parsimonia de mi madre, con mil bolsas llenas de últimos detalles, que mi padre nunca sabe cómo van a entrar, pero llegan sanos y salvos. 
Hogar es un reencuentro con todos los que hace meses que no veo. El cosquilleo en el pecho porque sé que hay alguien esperándome en la estación; disfrazado, seguramente, entre comentarios de desconocidos que nos toman por locos, pero de eso se trata. Es la puesta a punto de historias dentro del coche, la planificación de los días que nunca se cumplirá. 
Hogar es un barco con rumbo a Cádiz a las 10 de la mañana. Es el viento helado en la cara al salir a cubierta, las risas de dos extranjeros al escuchar que cantamos, las miradas de una nueva incorporación en la familia por vernos en nuestra salsa. Es un desayuno al sol, es un paseo entre calles que conjugan historia y consumismo. Es un mercado lleno de olores de flores, de puestos antiguos con bolsitas de frutos secos, gitanos bailando sevillanas entre margaritas blancas y flores de Pascua, que ahora son rosas. 
Hogar es tumbarnos en el muro del acantilado, en silencio, con el sonido de las olas rompiendo de fondo. Son los entresijos de la ciudad que cuenta mi padre, los ojos entusiasmados de mis primos, la eterna pregunta en el sur de si la manzanilla que uno pide es vino o infusión.
Hogar es la guerra por las tres duchas que hay en casa, el deseo de que aparezca un giratiempo para poder ralentizar los minutos y evadir los gritos que meten prisa. Es el beso de mi madre y mi tía en Nochebuena al Niño Jesús de un nacimiento que lleva toda la vida con ellas, cumpliéndoles sus deseos. Es el ruido del choque de bandejas, la cocina colapsada, la comida y la bebida pasando de mano en mano. Es escuchar por milésima vez la misma anécdota de cada reunión familiar contada por mi padre y mi tío, y seguir riendo en la misma parte de la anécdota. 
Hogar es cenar escuchando de fondo Siempre Así porque la mitad de los que estamos ha pasado los años más felices de su vida en el sur, y la otra mitad veníamos en cada puente que encontrábamos, con el mismo cosquilleo en el pecho al llegar a la estación. 
Hogar son los villancicos de siempre, las panderetas y palmas que acompañan. Es el ritual de mi tío cantando su villancico, o mi madre el suyo, que le emociona de la misma forma año tras año. Es la promesa cada cena de que después saldremos los más jóvenes, y el nunca cumplirlo. 
Hogar son los susurros de mi madre cada vez que nos viene a despertar a mi primo y a mí, muy despacito, desde el marco de la puerta. Es calcular las horas exactas de sueño para no quedarte sin tostadas, o sin tomate y aceite, o sin las tres gotas de café que sobran. 
Hogar es el amigo invisible, que no Papá Noel. Un amigo que es más visible que nunca. Es sentirte el rey de los detalles cuando aciertas de pleno en los gustos de uno de la familia. Es el sonido del papel rasgándose, el temblor de las manos, los ojitos de ilusión, las orejas rojas por ver que han acertado contigo. 
Hogar es el olor agridulce que no se va en todo el día a la mañana siguiente de que haya acabado. Son los abrazos de despedida, llenos de ternura, de la misma forma que hace muchos años, cuando éramos más pequeños y nos protegíamos frente a todo. Es la pena porque ya ha terminado, hay gente que se va a tierras lejanas y otros volvemos a casa; pero, qué casa, si este es nuestro hogar.

C.


24 de noviembre de 2015

Por mí y por todos mis compañeros

  Yo esto lo hago por mis amigos y todos esos pactos tácitos que no hizo falta firmar, incluso antes de conocernos. Por los que estuvieron, están y estarán. 
Lo hago por los de la infancia, con los que compartí ceras manchadas de Actimel, pilla-pillas por el patio del colegio, misiones secretas para robar pan en el comedor cada día, y chocolatinas los viernes. Con los que hacía tratos, cuanto menos injustos, en los que comía sus lentejas a cambio de que terminaran el yogur que me daba arcadas. Con los que viví (y sobreviví) a las funciones de Navidad, disfrazados de ovejas, abetos, gitanos, pastores, estrellas y todo tipo de personajes del repertorio familiar. Con los que salí impune del momento de gloria (o desgracia, casi siempre) que era cantar un sólo en medio de clase, para probar la voz para el villancico de ese año. Con los que decidí poner nuevos motes a los profesores, y acepté, pasado un día, usar los que llevaban años instaurados; como manda la costumbre y no-rebeldía del colegio.
  Con los que me daba collejas, jugaba a polis y cacos, y corría hasta la extenuación para conseguir saber "quién estaba por quién", con una respuesta que, por supuesto, no era la esperada. Con los que torcerse un pie era el mejor trofeo porque ibas al hospital en el recreo y cuando volvías eras famoso durante el minuto que quedase de día. Por los que no tengo idea de su color preferido, pero sí de quién estuvieron enamorados durante toda la Primaria, por una notita que se encontraba en el estuche, se comentaba en susurros junto a la papelera de clase, y se zanjaba el tema; porque a los amigos que invitabas a dos cumpleaños seguidos no se los delataba (en público), ley esencial nº 1. Con ellos crecí. Con ellos crezco. Sé que con ellos creceré. 
  Nos vemos una vez al año, si hay suerte, dos, porque te encuentras en la papelería de siempre donde de pequeños comprábamos la goma-sacapuntas de Mapped, que era la única buena y válida. Nos vemos una vez al año y es bonito así. Cargamos la mochila con miles de historias que nos han pasado, que en un primer momento no pensamos ni en contárselas, y nada más vernos salen de la nada, como si la cremallera estallase ante su mera presencia. Y hablamos y opinamos, de esa manera en que se habla y se opina cuando hay tanta confianza, que regañas y te emocionas como si fueras su hermano porque en realidad son eso, familia. Y luego bailamos y reímos mucho, y escuchamos canciones que quizá normalmente daría vergüenza poner ante otro público, pero ahora no hay vergüenza ni público, solo nosotros. Y luego nos vamos, normalmente enfadados, porque en todas las familias hay discusiones y maldiciones. Y al día siguiente nos escribimos, emocionados e ilusionados, olvidando el mal de ojo echado la noche anterior, y hacemos promesas de vernos una vez al mes por lo menos. Y luego lo incumplimos, siguiendo el juramento que hacíamos de pequeños de darnos la mitad del bocadillo en el recreo, que luego comíamos a toda prisa en el baño antes de bajar porque un tesoro jamás se comparte. 
  Y pasa un nuevo año, y cargamos la mochila de otras historias, y el ciclo se repite. Poco a poco construimos entre todos un hogar, sin saberlo, en el que una ausencia se nota mucho porque falta la torpeza de uno, el chiste del otro, y la impuntualidad de uno, y la glotonería del otro. Esas características que solo sabemos nosotros, que otros creen saber, que las han vivido tan pocas veces que solo llegan a quejarse y no las aprecian. 
C. 

10 de noviembre de 2015

Burn to born

Soy el nudo en la garganta al recibir una noticia triste, la presión en el pecho cuando crees no salir del ahogo al que está sometido tu cuerpo. Soy el pinchazo detrás de los ojos al despertar después de haber caído dormido llorando; el latido en las sienes al llorar. Soy la ráfaga eléctrica en el esternón previa a una intuición; el vuelco que da el estómago cuando se cumple.
Soy el frío y sudor de manos, el temblor de piernas, el zumbido en los oídos que anuncia la ira. Soy el escalofrío en la nuca que precede al miedo. Soy el abandono del cuerpo después de un vómito; el peso previo a un desmayo.
Soy el cosquilleo detrás de los lóbulos de las orejas anterior a un beso; el hormigueo en el pecho previo a un contacto corporal. Soy la presión en las venas de la muñeca al ponerte nervioso; el enrojecimiento del cuello que delata tu vergüenza. Soy la garganta seca cada vez que mientes, la lengua pastosa cuando la mentira sale a la luz.
Soy la gota de sudor fresco que recorre tu cuero cabelludo cuando esperas una respuesta. Soy tu respiración entrecortada, a través de la boca, cuando el mundo ya no es mundo y se asoma la ansiedad. Soy el desconocido que te cruzas en la esquina, que devuelve una mirada que no es suya, sino tuya. Soy la aguja en los pulmones que se clava dura cada vez que la culpa acecha a tu puerta.
Soy todas las señales que muestras inconsciente. Soy tú. Soy quien participa de tus reacciones. Soy ellas. Soy quien te conoce porque te comprende, y al comprenderte formo parte de ti. Soy tu nimio control sobre ti mismo. Soy el aire que respiras; el aire que te marea cada vez que me intentas atrapar. 
Soy la asunción de tu cuerpo como materia que refleja tu esencia. Soy la conexión entre mundos, que quemas, y no prende. 
C.



 (photo: @maitedeorbe)

25 de octubre de 2015

Me mueve el aire

Cuando era pequeña mi súper poder preferido era ser invisible. Me parecía la pera evitar que la gente me viera, meterme entre las calles y poder explorar el mundo a mis anchas, cotilleando todas las conversaciones que me apeteciesen y contemplando a todos y cada uno de los amores platónicos que tenía (y sigo teniendo). Eso de la teletransportación lo veía como una tontería. ¿Para qué querría yo teletransportarme si podía coger un avión e irme a donde quisiera?
Luego pasó el tiempo y, así como dejé de querer ser astronauta y defensa de fútbol, dejé de ansiar la invisibilidad. Me di cuenta de que las cosas siempre se sienten mejor cuando se hace con todo el cuerpo. Presente. Eso de la cobardía y el esconderme ya no era para mí.
Pasé muchos años sin súper poder favorito. Desde que renuncié a la invisibilidad no se me ocurría nunca una respuesta cada vez que me preguntaban.
Ahora me he hecho más mayor y, únicamente a excepción de los viajes en tren con amigos durante horas y horas, escogería viajar cada vez que quisiera con solo pensarlo.
Elegiría uno de esos días en los que la casa está sola. A eso de la cuatro de la tarde. Con el rayo de luz que entra directamente en mi habitación cuando estoy sentada en mi cama y apoyada en la ventana. Con el aire en la nuca y mirando a ninguna parte y a todas al mismo tiempo. Cerraría los ojos muy despacio, inspiraría y PAF, me desvanecería en el aire.
Primero aparecería en Argentina. Desde que decidí convertirme en su fanática número uno siempre siempre he querido ir. La recorrería de norte a sur. Pasando desde Buenos Aires hasta cada rincón de Bariloche. Exploraría todo el Mar del Plata. Y me perdería entre praderas y praderas de La Pampa.
Volvería a cerrar los ojos y me iría a la costa de México. Pero no a la grande. No a Playa del Carmen ni a Tulum. Me escondería en una aldea dentro de bosques, entre gentes amables, naturaleza que sigue su propio curso y mucha paz. Y me llevaría a amigos conmigo. O los haría en el camino. Da igual.
Y seguiría cerrando ojos. Y desvaneciéndome con suspiros. Y aparecería en el interior de cada libro que alguna vez quise explorar. En los paisajes del mundo de Idhún, en las escaleras interminables de Howarts; subiría al Olimpo, pero al de Percy, al que está en la cumbre del Empire State. Me colaría entre los decorados de Casi Ángeles, entre cada aula del Mandalay. Y en esa habitación de madera, de colchas claras, luces chiquitas y velas blancas que cuelgan del techo, y un rincón para hacer perfumes. Con ese reloj que esconde la llave a la Isla de los Niños Felices. Eudamón.
Y después, solo después de haber inspirado y guardado muy despacito cada sensación, volvería a casa. Cerraría de nuevo los ojos, mientras el rayo de sol me rozara la cara y el viento me acariciara la nunca, para sentir que, como diría Silvia, a mí me mueve el aire y que es en él donde quiero estar.
C.
           

             

11 de octubre de 2015

Yo quiero, sí, quiero

Yo quiero un amor para toda la vida; de los de cuentos de hadas, no princesas. De los que emana energía por todos los caminos que se puedan elegir. Y luz. Y vida. De los de miradas que contienen palabras, de frases no dichas, de los que solo hace falta sentir para saber. De los de cabeza inclinada, sonrisa y suspiro que se escapan. De los fieles. Compañeros de vida. De los de orgullo por la existencia compartida, por olores y canciones y películas y frases y sabores y sonidos que solo hablen de dos. De los de dar la mano y sentirte dentro de su corazón, aferrarse a él despacito, con cuidado, que no se rompa, que se quede junto a mí. De los de lazo de plata, algo invisible, que lleva al alma del otro. De los que unen, no atan, deciden quedarse. De los que rompen con miedos, con planes alternativos, con agobios y cadenas. De los de un hijo por año, veinte perros, cien viajes, y un jeep para explorar el mundo en carretera y mochila. De los de serie los lunes, picnic los martes, libros los miércoles, siesta los jueves, baile los viernes, cena los sábados, cine los domingos. Y amor todos los días. De los de rutinas no rutinadas, de tradiciones entendidas, compromisos tácitos, ser y estar. 
Yo quiero un amor para toda la vida; de los de cuentos de hadas, no princesas...
C.




13 de septiembre de 2015

Es porque te echaré de menos

No es por tu energía ni tus ganas de comerte el mundo,
ni tus enfados a destiempo si pierdes un partido que ni si quiera te importa,
ni tu forma de taparte la nariz con la chaqueta cuando hay algo que te da muchos, muchos, nervios;
ni es por el modo en que se te va la consciencia cuando hay una guitarra cerca,
ni por el sonido profundo que hace moverse el piso cuando te da por reír,
ni por la manía de poner de fondo canciones para que aprenda, que ya me toca;
ni es por ese vicio que tienes de meter regalos a escondidas en mis bolsos,
ni porque siempre lleves la cerveza en la mano esperándome para charlar,
ni porque tengas el ansia de plagar tu cuarto de post-its por darte fuerzas para invitarme a cenar cuando el terremoto haya pasado;
ni es por tus "puedo prometer y prometo"s que nunca cumplirás,
ni por la capacidad que tienes de afrontar mis tormentas con sarcasmo e ironía, sabiendo de sobra que son el mejor remedio,
ni por tu forma de comprometerte sin palabras, con hechos;
ni es por la manera que tienes de callar y que invada el silencio durante horas,
ni por cómo cantas, muy bajito para que nadie (o todos) te escuchen,
ni por el modo en el que miras, entrando en el alma, quedándote junto a ella;
ni es por cómo rozas las palmas de mis manos para calmar mis ganas de llorar,
ni por cómo contraes la cara cuando hay algo que no quieres decir,
ni porque lo acabes diciendo.
es por la complicidad,
y el sentimiento de saber de antemano que te deberé una de por vida,
y por las ganas que tengo de abrazarte el alma,
y darte las gracias por enseñarme que a amores cortos, películas épicas,
y decirte que te quiero, mucho, por haber aportado una gota, o un mar entero, al océano de emociones que soy.
es
porque
te echaré
de menos.
C.

6 de septiembre de 2015

End of summer.

Dos visiones de un verano. Empieza Cristina y acaba Vic.



Esto es como cuando de pequeños nos pasábamos los meses de verano encerrando recuerdos en 

nuestra mente para poderlos contar a los amigos a la vuelta al cole, después de comprobar por tercer año consecutivo que lo de crecer no molaba nada porque los uniformes nuevos, que aún no han sido usados, pican un montón, y los libros son cada vez más, y más pesados. Esto es igual, pero sin las palas de la playa, la trenza de hilos que te hacías en el lugar más vistoso de la cabeza, o la competición de un moreno cangrejil que nunca, nunca, superaría a tu amigo que era negro por naturaleza.

Esto es igual, pero con la ilusión de historias que dejas aún sin empezar, o inacabadas, antes de irte de vacaciones, a ver si con suerte consigues conservar la chispa hasta dentro de dos meses; o un primer gran viaje con amigos, de esos que no hacen del verano el mejor de tu vida, pero sí el más especial. O el helado que crees el más impresionante que has probado, no por su sabor (que también), sino por llevar nueve horas caminando por una ciudad con más sol que un desierto a las dos de la tarde. O un tren repleto de inmigrantes por los que te planteas las diferencias que vienen implícitas en eso de nacer en lugares diferentes, esas que se muestran cuando en un vagón lleno las únicas que reciben una sonrisa de la autoridad somos dos europeas.
Esto es igual, pero con la mente cargada del recuerdo de una puesta de sol en un lugar en lo alto del mundo, o las conversaciones en idiomas inventados con extranjeros, porque no te queda otra. O las carcajadas por agotamiento tras pasar dos semanas basando la comida en pan con queso y agua en fuentes que encuentras. O el primer chapuzón del verano, ese único en los días que te queden ahí en el que no te planteas lo fría que pueda estar el agua, simplemente necesitas ese frio. O las acampadas al raso, con veinte capas de ropa encima, un cielo lleno de tantas estrellas que crees que tendrás todos los deseos concedidos de por vida, y quince tonos distintos de risa que se convierten en tu canción favorita. O las mañanas en las que el malestar que llevas en vena se pasa sólo con la presencia de amigos, y no con eso del ibuprofeno y el café.
Esto es igual, pero con un reencuentro en septiembre en el que se sustituyen las galletas Dinosaurios del recreo, por un gin tonic y un paseo por Madrid nocturnos, para acompañar lo de abrir la caja de recuerdos, un poco, sólo un poco, no sea que se escapen.

C.

Apoyado en mi mesa descansa un tarro de cristal a punto de estallar. Al hacer girar su tapa oigo risa lejana y me alcanza el olor de una corriente de ría lluviosa; durante unos segundos, al abrirlo, cierro los ojos y se derrite mi cuarto a mis espaldas. En el bote no cabe mi cuarto, pero sí caben 8 países surcados por las vías de un tren fijado, tanto en el bote como en mi mente, en un permanente viaje al atardecer. 
Compré el bote de cristal hace 3 meses. Lo encontré en una tienda pequeña repleta de estanterías y me aseguré de que fuese del tamaño correcto para lo que yo quería: cabe todo lo que te hace feliz. 
Desde el bote me sonríen cuatro amigas sentadas en una estación rodeadas de mochilas y maletas. De pasar tanto tiempo junto a ellas casi se me olvidó meterlas dentro de mi tarro, pero en un último momento de despedida en un aeropuerto nocturno conseguí acordarme y añadir los 4 objetos de mayor peso a mi recolección. Mis amigas pesan más que 6 capitales europeas y una ciudad pequeña coronada por una iglesia silenciosa.
Les toca ponerse las gafas de bucear y contener la respiración. Tuve que llenarles el bote de agua de mar del norte, y de ese mar un pequeño velero blanco, y de ese velero un chico de melena negra que navega siempre más allá del horizonte. Desde el bote escucho el eco de mis pies reconociendo una casa de piedra y madera que solamente había conocido a través de la voz que me contaba sus historias. El bote cada vez pesa más y más.
Me acerco la tapa a la nariz; huele a ciudad, a finca, a isla, a sol. Con un suspiro me doy cuenta de que el recipiente está tan lleno que tendré que comprar uno nuevo, ya que éste no da más de sí.
Enrosco la tapa e inmediatamente echo de menos el silbido del tren y el sabor de la incertidumbre. Pero entonces, al colocarlo junto a los otros 17 botes que descansan en mi estantería, acabo sonriendo, pensando en los muchos que me quedan por rellenar. Y pienso que no tardaré, en medio de una tarde lluviosa de domingo cerrado, en rescatarlo del estante y recordar el olor de la felicidad. Que cuando lo necesite siempre estará ahí, esperándome.

V.




16 de agosto de 2015

INTERRAIL

INTERRAIL


AMSTERDAM


BERLÍN


PRAGA


BUDAPEST


VIENA


BOLOGNA

 
ROMA


 
¡HASTA LA PRÓXIMA!

C, V, M, P, B

20 de junio de 2015

"Soy todas las cosas que no cuento y con las que contaba"

Soy las palabras ahogadas en la garganta con miedo a salir al exterior. Soy el nudo en el pecho, el mar de lágrimas contenidas y las que corren por la mejilla abriendo paisajes en la piel una vez al año. Soy el todo y el nada, el temor a la equivocación, los errores y fallos.
Soy el latir del corazón antes de un primer beso. Soy el escalofrío que recorre la columna vertebral cuando, dicen, otro piensa en ti. Soy la bajada de párpados, la búsqueda de miradas a destiempo que nunca llegan, hasta que los ojos se cruzan. Soy las chispas de electricidad cuando otra piel roza la propia, el cosquilleo en las manos, el sentir una conexión.
Soy quien entiende cuando hablas, quien escucha en silencio entretejiendo hilos mentales para saber qué decir. Soy la angustia que paraliza, quien no se tira del trampolín, quien se ahoga aunque lleve salvavidas. Soy tristeza en la mirada, incógnita, misterio, un no saber cómo explicar. Soy dos caras de una misma moneda, arrepentimiento en vena, pero también un "de nada sirve el y si...". Soy cobardía momentánea enmascarada en firmeza, soy el no encontrar un sitio en el mundo y el emocionarse cuando explican que todos tenemos un lugar reservado. Soy el trueno que precede a la tormenta y el rayo que llega después de ella. Soy principios y finales.
Soy el paralizarse cuando quien te importa llega y congela el resto del mundo. Soy la furia escondida que cuando aparece provoca terremotos. Soy el darse por aludido en cientos de cosas que nunca vienen a cuento, el armarse una película y enseñarla en el cine de la sociedad. Soy el hablar antes de pensar, el camino de sueños. Soy el tener la seguridad de cómo quiero mostrarme y el pensar que así no va a funcionar. Soy el temor a romperme, a que toquen la armadura de hielo, sentimientos y tristeza.
"Soy todas las cosas que no cuento y con las que contaba".
C.

 (photo: V)

2 de mayo de 2015

te doy

te doy mis manos para juntar escombros con ellas, reedificar sentimientos entre murallas de capas y selvas; para construir aldeas de luz en una oscuridad a la que estamos atados por cadenas, que encierran, pero no nos callan;
te doy mis ojos para que veas colinas de hielo, montañas de rocas, picos con fuego; lo que sea, el caso es que lo bebas, o lo sientas o lo creas; para que te llegue un escalofrío entre miradas, entre bajadas de cabeza y sonrisas que se escapan; entre un sentimiento latente, expectante a estallar;
te doy mis labios para que beses la colilla de un tango acabado, para que conozcas el sabor del adiós; para que saborees el poso agrio que queda detrás de la lengua después de un último beso y el sinsabor de ese paso que no diste, la duda de un "pudo ser";
te doy mi olfato para que te empapes del olor del miedo, ese que solo distinguen los perros, pero, dime, qué perros, si nos convirtieron en ellos 
te doy mi oído para que escuches los gritos de un pueblo que sufre esperando ayuda en una guerra de palabras en la que las armas dan la espalda para convertirse en vallas que encierran y agobian; cárceles ilusorias que sueñan con nuestra propia represión.
te doy mi cuerpo para que nazcas, para que crezcas, para sientas con todas las partes de él; para que entiendas que vivir es morir en el intento de alcanzar ese grito que se tiene en el pecho, que se escapa por momentos, cuando retiras la venda de los ojos y te lanzas a buscar y a encontrar fuera de las cuatro paredes que siempre agobiaron.

C


(photo: davidisai)










12 de abril de 2015

De la magia y la razón

La diferencia entre Lola y el resto de niños es que mientras ellos señalaban el engaño, ella se unía a él y le enseñaba a bailar. Tomaba las motas de polvo, las juntaba entre las faldas de su vestido y con mucho cuidado las soltaba a la luz de la ventana de la habitación. Las motas se movían en el aire y brillaban tanto que Lola se tenía que llevar una mano a los ojos para no deslumbrarse. 
Los otros niños le daban la espalda y cuchicheaban entre sí. Y uno bajaba corriendo a llamar a la señorita Sadness. 
Ella llegaba y reinaba el silencio. Luego regañaba a Lola por estar siempre en las musarañas, abría la ventana tosiendo y las motas volaban lejos de allí. Entonces preguntaba a la niña por qué hacía esas cosas. Lola miraba extrañada y respondía "¿Es que no se da cuenta, señorita? Son luciérnagas. Ellas también tienen derecho a saber bailar."


C.



16 de marzo de 2015

Querida tú

Querida tú, 
Vales más que dejar que la superficialidad de algunos te arrastre de la oreja como si fueras una flor del campo a su disposición. Más que ese espejo que te devuelve la mirada y te dice que no salgas a la calle, que te van a mirar mal. Que ese trozo de bocadillo que te insinúa con sus migas lo que te han enseñado a odiar. Vales más que esa risa a tus espaldas, es grano en la cara, esa revista de moda que te dice que en cinco días vas a adelgazar. Vales más que ese llanto sin helado porque sabes que eso solo cuenta en las películas, que en la realidad un vaso de agua y a correr: no vaya a ser que tengas que estar tres semanas para quitártelo y no, no tienes tiempo. Vales más que ese imbécil que te miró de pequeña y te dijo que tenías la cara como una paella, o el otro que te gritó delante de todo el colegio que te estaba empezando a salir bigote cuando él tenía una pelusilla que ni Torrente a sus años. Vales más que esa bajada de ojos a tu pecho descarada y ese cambio de mirada cuando ve que te has dado cuenta. Más que ese que te toca el culo en una discoteca como si fueses un mono de feria al que hay que exponer para que todo el pueblo lo vea. Vales más que ese que te llama puta como si hubiese descubierto el mejor insulto del mundo para transmitir la envidia que le da tu buena suerte en la cama. O ese que te llama monja porque tienes tus principios y no vas a permitir un arrepentimiento de por vida por su culpa. Vales más que ese que te da batallas constantes por una personalidad que choca con la suya, como si uno no se enamorase de una persona en su totalidad y no solo de una parte. Ese que hace guerra de guerrillas sin organización ni argumentos. que pierde las discusiones por no tener excusas que decir. Ya lo decía algún anónimo de esos que tanto se llevan: si no te paz, al menos que te haga bien la guerra, pero no una chapuza. Vales más que ese anuncio de colonia en el que siempre la tía sale desnuda y es alcanzada al final por un hombre macizo que jamás pasa de quitarse la camiseta. Más que los ránquines que hacían los niños cuando eran críos puntuándonos y las lágrimas y mocos ahogados en el jersey del colegio por no estar en los primeros puestos. Vales más que la sonrisa sarcástica en la cara de algún iluminado cuando respondes algo inteligente a la pregunta con la que pretendía ganarte en menos de un minuto. Vales más que el demonio que tienes dentro, que se grita con tu ángel cuando te seduce la idea de mostrarte diferente para gustar al resto. Vales más que tus piernas, que tu culo, que tus tetas. Que tus ojos, tus pelos, tus pecas. Vales más que tus vestidos, tus faldas, tus medias. Que tus complejos, sus medias tintas, tus inseguridades, tu belleza.
C.



"Beauty begins the moment you decide to be yourself", Coco Chanel