Yo esto lo hago por mis amigos y todos esos pactos tácitos que no hizo falta firmar, incluso antes de conocernos. Por los que estuvieron, están y estarán.
Lo hago por los de la infancia, con los que compartí ceras manchadas de Actimel, pilla-pillas por el patio del colegio, misiones secretas para robar pan en el comedor cada día, y chocolatinas los viernes. Con los que hacía tratos, cuanto menos injustos, en los que comía sus lentejas a cambio de que terminaran el yogur que me daba arcadas. Con los que viví (y sobreviví) a las funciones de Navidad, disfrazados de ovejas, abetos, gitanos, pastores, estrellas y todo tipo de personajes del repertorio familiar. Con los que salí impune del momento de gloria (o desgracia, casi siempre) que era cantar un sólo en medio de clase, para probar la voz para el villancico de ese año. Con los que decidí poner nuevos motes a los profesores, y acepté, pasado un día, usar los que llevaban años instaurados; como manda la costumbre y no-rebeldía del colegio.
Con los que me daba collejas, jugaba a polis y cacos, y corría hasta la extenuación para conseguir saber "quién estaba por quién", con una respuesta que, por supuesto, no era la esperada. Con los que torcerse un pie era el mejor trofeo porque ibas al hospital en el recreo y cuando volvías eras famoso durante el minuto que quedase de día. Por los que no tengo idea de su color preferido, pero sí de quién estuvieron enamorados durante toda la Primaria, por una notita que se encontraba en el estuche, se comentaba en susurros junto a la papelera de clase, y se zanjaba el tema; porque a los amigos que invitabas a dos cumpleaños seguidos no se los delataba (en público), ley esencial nº 1. Con ellos crecí. Con ellos crezco. Sé que con ellos creceré.
Nos vemos una vez al año, si hay suerte, dos, porque te encuentras en la papelería de siempre donde de pequeños comprábamos la goma-sacapuntas de Mapped, que era la única buena y válida. Nos vemos una vez al año y es bonito así. Cargamos la mochila con miles de historias que nos han pasado, que en un primer momento no pensamos ni en contárselas, y nada más vernos salen de la nada, como si la cremallera estallase ante su mera presencia. Y hablamos y opinamos, de esa manera en que se habla y se opina cuando hay tanta confianza, que regañas y te emocionas como si fueras su hermano porque en realidad son eso, familia. Y luego bailamos y reímos mucho, y escuchamos canciones que quizá normalmente daría vergüenza poner ante otro público, pero ahora no hay vergüenza ni público, solo nosotros. Y luego nos vamos, normalmente enfadados, porque en todas las familias hay discusiones y maldiciones. Y al día siguiente nos escribimos, emocionados e ilusionados, olvidando el mal de ojo echado la noche anterior, y hacemos promesas de vernos una vez al mes por lo menos. Y luego lo incumplimos, siguiendo el juramento que hacíamos de pequeños de darnos la mitad del bocadillo en el recreo, que luego comíamos a toda prisa en el baño antes de bajar porque un tesoro jamás se comparte.
Y pasa un nuevo año, y cargamos la mochila de otras historias, y el ciclo se repite. Poco a poco construimos entre todos un hogar, sin saberlo, en el que una ausencia se nota mucho porque falta la torpeza de uno, el chiste del otro, y la impuntualidad de uno, y la glotonería del otro. Esas características que solo sabemos nosotros, que otros creen saber, que las han vivido tan pocas veces que solo llegan a quejarse y no las aprecian.
C.

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