Cuarenta-cincuenta
Volvía a casa a las dos de la mañana. Había cogido por los pelos el último tren que pasaba. Me senté en el banco, apoyando la cabeza en la ventana y entrecerrando los ojos. Las puertas del vagón se abrieron. Entraron. Ambos en torno a los cuarenta y muchos, cincuenta y pocos. Ambos morenos. Él alto y muy delgado. Chaqueta azul marino. Ella baja y rechoncha. Abrigo rojo como un pintalabios de Channel. Ella se dejó caer en el asiento de enfrente al mío. Cerró los ojos y copió mi postura. Él se sentó a su lado. Le acarició la cara. Ella, llevada por la ebriedad, le dio un manotazo. Él, llevado por la sobriedad, se acercó a ella, le quitó las gafas muy despacito, se las guardó en el bolsillo, se desabrochó la chaqueta y la arropó con ella. Durante todo el trayecto le acarició el pelo.
Veinte
Nueve de la noche. Yo había quedado con ella. Metro sesenta y siete. Castaña. Atractiva. Muy bien vestida. Aquel día abrigo de paño largo. Pasaron las horas y llegó él. Metro ochenta. Castaño más claro que el de ella. Pelo corto. Barba. Chándal negro. Ella lo sonrió y lo regañó por vestir así. "¿Qué más te da? Si siempre voy así", contestó. "Eso no es verdad. Con lo guapo que estás con vaqueros y jersey", dijo ella. Se rieron y pidieron mi opinión. "Yo no me meto", dije levantando las manos. Pedimos otra ronda. Me sentía a gusto. Nadie desentonaba en un paisaje en el que todos sabíamos nuestro lugar y nos sentíamos cómodos con él. Contamos anécdotas de nosotras, de los inicios de su relación. Él se levantó y salió a fumar. Nuestra mesa estaba junto a la pared de la calle. Era cristal. Ambos giraron la cabeza para verse. Ambos dieciocho años. Veinte meses juntos. No pararon de mirarse a los ojos ni un instante.
Treinta-cuarenta
Él cuarenta y un años. Ella treinta y tres. Hace diez se conocieron. En una ciudad pequeña de tranvías y cafés. Hace uno y medio se reencontraron. Es invierno. 25 de diciembre. Están en la arena de la playa. Ella tiene que hacer una sesión de fotos a unas zapatillas para tener trabajo. Se mueve de aquí para allá descalza, sin importarle coger una pulmonía. Él calza un 44. Solo hay de la talla 41. Ella lo mira, se gira, evalúa el terreno de posibilidades. Él la contempla. Saca el móvil. No para de hacerle fotos para guardar el instante. Ella lo sonríe. "¿Me harías un favor?", pregunta. "¿Qué, mi amor?". "¿Te las pondrías un momento para la foto?". Él le devuelve la mirada. La pasea entre la bolsa llena de zapatillas y la tez pálida de ella. "Claro, por qué no". Él se quita sus zapatos y aprieta los pies con todas sus fuerzas. Consigue meterse las zapatillas. Anda sin andar hasta la orilla. Ella lo espera. Le da instrucciones. Él opina. Las comentan. Aportan ideas. Divagan. Se besan.
Sesenta-setenta
Ambos pelo canoso y corto. Él bigote poblado. Un vaquero. Un anorak marrón. Parece cobijarse en la sencillez. Ella tonos neutros: negros. Cadenas y pulseras plateadas. Bolso azul. Ambos en los sesenta avanzados. Caminan por una calle empedrada, casitas bajas, colores cálidos y noche de estrellas. No hay gente en ningún lado. Las luces de las ventanas empiezan a apagarse. Él no habla apenas. Ella cuenta anécdotas y chistes y no para de reír con tono agudo. Caminan sin tocarse, pero a su lado. Llegan a unos escalones que bajan a una plaza. Sin decir una palabra, se acercan. Él le coge la mano. "Ten cuidado", dice muy suave. Ella se agarra. Bajan con paso acompasado.
Diez
Recreo de un colegio. Día de lluvia. Niños de doce años dentro de los pasillos. Todos juegan a la botella. Ella es morena. Tiene la piel dorada. Sus curvas se empiezan a adivinar bajo el uniforme. Los niños no dejan de mirarla. Él es menudo y muy delgado. El pelo rubio le cubre la cara. Desvía la mirada. Ella se acerca. Él no para de temblar. Sus labios se rozan. Llega una mujer morena y se deshace el juego.
Cinco años después, ella, castaña, confiesa. "La avisé yo": "¿Por qué lo hiciste?", pregunta su amiga. Ella sonríe, desenfoca la mirada y la pierde entre sus recuerdos. "Porque el siguiente en tener que besarla era el chico que me llevaba gustando seis años". Su amiga le devuelve la sonrisa.
Cincuenta-sesenta
Vagón de metro. Dos de la tarde. Salida del colegio. Él tiene cincuenta y muchos años. Es calvo. Gafas de pasta. Pantalones con la raya perfectamente planchada. Zapatos limpios. De hebilla. Americana de cuadros inglesa. Bufanda camel. Libro en las manos, suaves, cuidadas. "¿No tienes clase a las tres?", le pregunto. Me mira. Veo un atisbo de sonrisa en la comisura de su labio. "Sí, pero mi mujer se ha encontrado mal esta noche. Voy a casa, le doy un beso y vuelvo a clase".
C.
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