28 de febrero de 2017

Mirada

Él llevaba tiempo esperando, soñando, anhelando un momento que jamás llegaría. Llevaba horas de deseo; una vida enloquecida por la probabilidad.
Se levantaba cada día para ir a trabajar, a esclavizarse con armas, con balas, dinero y poder. Llegaba a casa cuando ella ya estaba dormida, cuando había cerrado unos ojos que, sabía, pronto no volvería a abrir jamás.
Él era los ojos esperanzados de su madre, las conversaciones de orgullo, el filo de una moneda lanzada al aire. Él era todo y se sentía nada.
Él era fuerte, valiente, el hombre. Él no decepcionaría, conseguiría irse lejos; muy lejos; allí donde las colinas son verdes y están sembradas de lagos, de casas, de trenes repletos de almas perdidas en la ignorancia. Él enorgullecería, florecería el nombre de la familia. Él sería diferente al resto de chicos, no se perdería, no lo deportaría. Él podía. Él sería legal.
Ellas eran dos. Dos de tantos y tantos iguales, de esos irreconocibles, con expresión indescifrable; solo diferentes por el pelo y el tono de piel. Ellas entraron armando pelea, desertando, arrasando con un mundo que él casi había empezado a creer. Ellas gritaron, riendo y enfadándose a la vez. Ellas lo desconcertaron y lo enigmaron. Ellas eran peligro y atracción. Ellas lucharon, ganaron su sitio en aquel vagón perdido en una estación que no sabía leer. Eran tan diferentes a su tierra. Todo allí lo era.
Él intentó dormir. Tranquilizar un cuerpo tembloroso, con miedo corriendo por sangre. Él se giró; trató de no moverse, no molestar a aquellas occidentales. Ellos hablaban, empezaban a aceptar que estaban perdidos, mentidos, abandonados a una suerte a la que no habían decidido apostar. Se movían rápido, abriendo mucho los ojos, intentando captar todos los detalles.
Las puertas del compartimento se abrían y cerraban. Entró el chico rubio, el teñido con mal olor. Solo sabía que venía de Siria. Había sido el último en llegar. El más joven. El más chulo. El más inexperto, torpe.
Ellas se sobresaltaron. Lo miraron. Se miraron entre sí. Habían dejado a un lado el reflejo del desafío y del temor en sus ojos; se habían relajado. Apenas hablaban, se comunicaban con miradas. Ellas habían decidido; un pacto tácito, inexpresivo, basado en la intuición. Retiraron las piernas: lo dejaron pasar.
El rubio se agachó, agazapándose con el porte de una presa que cree saberse predador. Se metió bajo el asiento. Se hizo el silencio.
De nuevo la mirada, las palabras en las pupilas. Intercambio de sentimientos y pensamientos. Él las contemplaba como quien ve el mar por primera vez. Quieto, cauto, reservado. Ellas se rieron. Un sonido profundo, salido del temor irracional, de la incomprensión. Él siguió su risa, liberando la tensión tras días de viajes, huidas, malos tratos, gritos extranjeros, miradas de reproche. Humillación. Los otros tres lo siguieron con carcajadas de las que duelen en la tripa y pellizcan el alma.
Ellos les preguntaron algo. Ellas no entendieron. Él tradujo. Ellas contestaron que no pasaba nada; prometieron ayudar.
Ella abrió la puerta. Él se irguió. Ellas, ellos, se miraron. Ella las sonrió. Ella los rechazó. Ella pidió documentos. Ellas los mostraron. Ellos agacharon la cabeza. Ella los levantó del asiento. Ellos la siguieron. Ellas los miraron. Ellos los contemplaron. Ella los guio fuera de un tren con dirección desconocida, en un lugar incomprensible, en un idioma más lejano que la distancia y el pasado que había dejado atrás.
Ella preguntó por su ilegalidad. Él se encogió de hombros. Ella volvió a preguntar. Él se volvió a encoger. Ella se encaró. Él se apartó.
Ella los subió a una furgoneta. Ellos se sentaron muy juntos, encerrando entre sí el pavor de cuatro cuerpos. Ella les echó un vistazo. Los preguntó por qué nunca podían esperar, por qué se atrevían a algo que, sabían, saldría mal. Ellos no quisieron entender.
Él contempló su reflejo en la ventana. Él vio los ojos de esperanza de su madre en sus ojos. Los cerró, sabiendo que se habían ido para siempre.
El motor arrancó. Las ventanas se llenaron de polvo y suciedad.
C.

       (Fuente: http://www.publico.es/fotogalerias/caos-apodera-estacion-tren-budapest.html)

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