Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Volaba alto, con la mirada puesta en el cielo hasta sentir. Nunca estaba aquí ni allá. Vivía en un limbo entre mundos; entre esta tierra y aquella, a un mar de distancia, que lo vio nacer.
Él escuchaba, paciente, a que el cuento de la noche acabara. Imaginaba con detalles cada una de mis palabras. Sentía la textura de mi mar entre las yemas de sus dedos, y el roce de mi viento, allí arriba en la montaña, entre su pelo. Escuchaba con los ojos, y veía con los oídos.
Él amaba con la piel, aunque nunca lo reconoció. No entendía de palabras, ni de frases subrayadas en libros, ni de contratos, ni de compromisos. Él solo entendía de la lealtad que surge de un beso.
Él no temía a temer, y eso que se tapaba la cara cada vez que algo le provocaba angustia. Encontraba su hogar en el hormigueo que surge en la piel antes de avanzar. Lo hacía propio y lo vivía en el único lugar donde se puede sentir: la música.
Él buscaba algo más allá del instante. Encontraba emoción en las únicas decisiones que tienen vida: las impensadas. Él no buscaba amor. A pesar de eso, creo que lo encontró, y lo dejó ir, libre, por volar; y eso hace aún más noble su causa y su alas.
Él volaba por encima de materias y de cuerpos. Y voló. Lejos, más allá de la tierra que lo vio nacer. Sigue volando, cada día más alto. Ya casi no se lo ve desde mi montaña y mi mar. Pero a veces, solo a veces, vuela un poco más bajo y se vislumbra su silueta. Luego, rápido, en apenas un suspiro, el viento se lo vuelve a llevar. Y yo, desde mi tierra, me muero de orgullo por haber conocido alguna vez sus alas.
C.

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