Cuarenta
Lo encuentro solo, enfrascado en un ordenador que atrapa las miradas de extraños. Todo en él está magnificado. El portátil. El móvil. El reloj. La barba perfectamente recortada. Hasta los kilos de más de su estómago. Se abrocha los botones de los puños de la camisa. Se sube con el nudillo las gafas de pasta negra en la nariz. Un sonido descoloca su pose forzada. Conversación ajena, nerviosa. Se le enrojece el cuello.
Ella entra por la puerta unos minutos más tarde. Pelo rizado moreno entre el que la nieve se empieza a derretir, tornándolo en un gris que parece bailar con el sol que entra desde la cristalera del fondo. La ausencia de maquillaje enmarca sus pestañas largas que rozan sus párpados cuando se achina al sonreír. Todo en ella destila franqueza. Bolsa de tela al hombro. Vaqueros acampanados. Cazadora oscura. Collares de cuentas de colores. Se acerca.
-Te he reconocido por el ordenador -dice, achinándose mientras deja la bolsa frente a él y extiende los brazos. Él se alisa la camisa, se seca las palmas de la manos en los chinos beige y la abraza. Sus cuerpos se reconocen sin conocerse. Se encuentran sin buscarse. Se acomodan como si llevaran toda una vida repitiendo ese gesto.
-Encantado de conocerte por fin -susurra él. Su voz tiembla. Su cuello vuelve a enrojecer. Se sienta deprisa. La tela del sillón cruje a su peso.
-¡Qué gustazo encontrarte! -contesta ella-. ¿Quieres café? ¿Cómo puedes estar en una cafetería sin café? ¿Estás loco? ¿No tomas nada? No, no, no saques la cartera. Yo invito, solo faltaba por la espera. Menudo atasco. No había donde aparcar. En qué sitios me citas. Bueno, ahora hablamos. Ahora te veo. Espérame un ratito más.
Se aleja a la barra.
-Feliz de haberte esperado.
Diecinueve
Han pasado semanas juntas. Mirándose entre la gente, buscándose en cada parada, encontrándose entre ojos ajenos. Hoy están reunidas junto a sus amigas, pero las demás ya se van. Salen afuera. Hablan entre temblores de manos. Y de corazón. Se despiden con un abrazo. Buenas noches. Cada una va a su habitación.
Ella piensa si ha hecho bien en irse. Cobarde, cobarde, cobarde. Se está poniendo el pijama. Llaman a la puerta. Es ella. Se miran en silencio con la complicidad en el brillo de los ojos. La invita a ir a su habitación. Hay una película. Se quedan dormidas. Abren los párpados despacito. Sonríen y ríen entrecortadamente. Los oídos les pitan. Sienten color en los pómulos. Se acercan muy poco a poco. Se besan en escalofríos de ojos, de labios, de manos, de latir.
Están sentados. Celebrando. Se nota en la mirada brillante de ella, en la manera de pedir otra copa de vino de él, en los hombros relajados y los gestos de la más pequeña. Él da un sorbo a la copa. Saborea el rosado en su boca. Sonríe. Ellas esperan, pacientes, en silencio.
-No me habéis dicho nada -dice él, ladeando una media sonrisa.
La mujer abre los ojos, sorprendida. La chica los entorna, expectante. Recorre con la mirada cada parte de él. Se posa en las solapas de la americana, en los ojales de los puños de la camisa. En las gafas que le enmarcan la nariz, en el pelo entrecano, en la barba recortada. Abre los ojos y sonríe, feliz con su premio.
-El reloj -emite veredicto.
La mujer le toma la mano. Él levanta el brazo y se remanga el puño izquierdo.
-Bien. Es el que me regaló mamá en la pedida.
-Cómo pasa el tiempo sin darnos cuenta -comenta la mujer con los ojos brillantes de ilusión.
-La verdad es que sí. Lo llevo siempre en las ocasiones especiales y en nuestros cumpleaños -dice él.
Llega la camarera. Él sopla las velas. Ellas cantan bajito cumpleaños feliz. En la mesa de al lado se ríen y aplauden, entusiasmados.
C.
Diecinueve
Han pasado semanas juntas. Mirándose entre la gente, buscándose en cada parada, encontrándose entre ojos ajenos. Hoy están reunidas junto a sus amigas, pero las demás ya se van. Salen afuera. Hablan entre temblores de manos. Y de corazón. Se despiden con un abrazo. Buenas noches. Cada una va a su habitación.
Ella piensa si ha hecho bien en irse. Cobarde, cobarde, cobarde. Se está poniendo el pijama. Llaman a la puerta. Es ella. Se miran en silencio con la complicidad en el brillo de los ojos. La invita a ir a su habitación. Hay una película. Se quedan dormidas. Abren los párpados despacito. Sonríen y ríen entrecortadamente. Los oídos les pitan. Sienten color en los pómulos. Se acercan muy poco a poco. Se besan en escalofríos de ojos, de labios, de manos, de latir.
Treinta
Avenida de América. Ocho menos cuarto de la mañana. Confluencia entre la línea seis y la cuatro. Un mexicano canta rancheras a viva voz.
Él. Metro ochenta. Masculino. Traje de chaqueta. Corbata azul. Abrigo de paño. Barba recortada, ojos almendrados y color miel. Auriculares en los oídos. Mirada en la pantalla del teléfono. Levanta las pupilas. Camina absorto. No baja las pupilas. Se choca con un hombre mayor, de piel cetrina, apagado, sin sonidos, que lo mira desconfiado y lo insulta. No importa. Se vuelve a chocar; esta vez contra la pared. Sus pupilas no se mueven, siguen clavadas en la escalera que sube. Que sube. Que sube. Se aleja.
Alguien. En el aire un olor dulce, suave, cálido.
Él. Aparta las pupilas. Sacude su cabeza. Se recoloca el abrigo. Sonríe. Baja las escaleras. Se aleja.
SesentaEstán sentados. Celebrando. Se nota en la mirada brillante de ella, en la manera de pedir otra copa de vino de él, en los hombros relajados y los gestos de la más pequeña. Él da un sorbo a la copa. Saborea el rosado en su boca. Sonríe. Ellas esperan, pacientes, en silencio.
-No me habéis dicho nada -dice él, ladeando una media sonrisa.
La mujer abre los ojos, sorprendida. La chica los entorna, expectante. Recorre con la mirada cada parte de él. Se posa en las solapas de la americana, en los ojales de los puños de la camisa. En las gafas que le enmarcan la nariz, en el pelo entrecano, en la barba recortada. Abre los ojos y sonríe, feliz con su premio.
-El reloj -emite veredicto.
La mujer le toma la mano. Él levanta el brazo y se remanga el puño izquierdo.
-Bien. Es el que me regaló mamá en la pedida.
-Cómo pasa el tiempo sin darnos cuenta -comenta la mujer con los ojos brillantes de ilusión.
-La verdad es que sí. Lo llevo siempre en las ocasiones especiales y en nuestros cumpleaños -dice él.
Llega la camarera. Él sopla las velas. Ellas cantan bajito cumpleaños feliz. En la mesa de al lado se ríen y aplauden, entusiasmados.
C.
Maravilloso, el de cuarenta es increíble
ResponderEliminarGraciaaas!
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