20 de enero de 2016

Enero

Cruzando un camino que bordea la ciudad pasea una chica de jersey claro y pelo moreno perdida en sus pensamientos; por supuesto lleva los cascos puestos, la música alta, el color del sol como acuarela enredado en el mecer de su cuerpo. Alcanza el borde de tu calle y sin decidirse a entrar la observa de lejos, distinguiendo esa puerta de madera que abre tantos sueños. Entonces gira sobre los talones, baja la mirada, y continúa su camino por otro lado, cruzando un puente colgante en medio de una ciudad de sonrisas hasta llegar a una plaza donde esconde entre los dedos el sol poniente y observa una bandada de pájaros y promesas cruzando el cielo para no volver.
Con el sol derritiéndose entre los dedos baja de las nubes y contempla la quietud de la placita. Se imagina, sí, que las cosas siempre ocurriesen como ella desea en el transcurso de sus ensoñaciones diarias. El banco no estaría frío bajo sus manos, porque de ninguna manera hubiese llegado el invierno a su ciudad. Lo contemplaría desde lejos, al invierno; un señor huraño y agotador que tarda siempre demasiado en abandonar las reuniones sociales. Para acudir a esta fiesta nunca le llegaría invitación alguna, eso seguro; y mucho menos una plegada cuidadosamente en el interior de un sobre fino escrito a tinta negra en una letra- por una vez- legible y clara.  La chica fantasea con una larga melena morena siempre limpia y bien peinada; la ropa en el armario plegada, ordenada; la fruta permanentemente fresca. Y por supuesto, tú, bueno, tú estarías a su lado. Pero eso ya es otra historia.
Pasan los minutos por aquel banco frío de ciudad sonriente y curiosamente  el sol no deja de ponerse ni los coches dejan de transitar las calles ni el invierno deja de aparecer para tomar asiento en el mejor sofá y quedarse hasta aburrir a los huéspedes. Y eso que nadie le había invitado.
Ella finalmente se decide a levantarse, pero al alzar su cuerpo su cabeza no le acompaña del todo, puede ser que no esté exactamente donde están sus pies, el caso es que tropieza distraída con sus propios zapatos- y es que vamos a ver, en qué momento se diseñó al ser humano sin alas, sin paz, sin sol, sin bancos de madera térmica que mantienen el calor, sin ti; cómo va a estar mi cabeza aquí, siempre aquí, donde los papeles se pierden, donde nunca encuentro las medias por la mañana, amanezco cansada, me aburren los miércoles, las decisiones, la pena y ¡de verdad! a quién se le ocurrieron todas estas cosas.
Cruzando un camino que bordea la ciudad pasea una chica de jersey claro y pelo moreno perdida en sus pensamientos; quién sabe cuándo regresará.

V.


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