Inspirado en Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, Movimiento de Verano.
Es un hervir invisible. Borbotea cada partícula de mi ser en
una ascendiente tormenta de negrura, gritos silenciosos, y temblores de fondo a
una lenta respiración. Mi cabeza no puede soportar tanto ruido, y mi cuerpo se
congela en el silencio de este espacio vacío, esta oscuridad ignorada y sentida
por todos.
Suelto el aire con algo más de fuerza a cada pensamiento
violento al que doy vida. Metralla, astillas, destrucción y, quizás, desahogo.
Pero con cada respiración, pierdo aire. Y siento que, si no
llevo a la práctica mis hipotéticos alivios, me moriré. Casi puedo oírme
gritar…
Así que me hago con ese cuchillo barato y lo levanto a la
altura de mi cabeza, con las dos manos, apuntando al suelo. Tras una fracción
de segundo en la que impera la calma, vuelve la tempestad: y baja la hoja.
Describe un perfecto cuarto de circunferencia y se hunde, al final de su
recorrido, en mi tenso vientre. Vestido o destapado, no importa. Solo merece la
pena el sordo sonido de la piel y los órganos rasgados, efímero, sinfónico.
Dulce, fuerte. Suave, poderoso.
Y al mismo tiempo que retrocede, con él escapa la sangre.
Sangre, no hay otra palabra. Roja, brillante, espesa e impenetrable sangre
salpica el suelo, el metal, y mis pensamientos. De nuevo otro corte, y otro, y
otro. Aún no he sentido dolor alguno, no
ha habido tiempo suficiente. 6 estocadas, quizás 10. El ardor de mis fatigados
brazos es lo único que interrumpe mi blancura. Estoy más tranquilo.
Me apoyo en el respaldo de la silla y disfruto de mi
respiración. Bajo la mirada. Me ha llamado la atención el grueso caudal de mi
esencia que riega el suelo, llenándome de muerte. O de paz. Cada segundo que
transcurre es otro palmo de las paredes que pinto. Llega un instante en el que
se decoloran e iluminan de mí hasta la mitad, a la altura de mi barbilla.
Curiosamente no solo llueve de mí. También del techo, y
entra por los recovecos de entre las ventanas. Poco a poco, va escondiendo mi
rostro, indiferente a la inminencia de la inmersión. Noto y siento lo que me
rodea: los sólidos muros, el temblor del aire comprimiéndose entre el techo y
mis divagaciones, la calma fornicando con un ambiente agitado y espeso, pero
invisible. Sin embargo, no me siento a mí. Mi mente ha debido abandonar mi
cuerpo antes de tiempo, no he hallado el instante en el que formular una
ingeniosa epopeya con la que ser recordado. Patético.
Conservo la imagen, o la secuencia de imágenes de mi
imaginario, mi último pasado. Mas no llego a vislumbrar mi presente, ni el más
físico e intrascendente, como podría ser el estado de mi confinamiento. A este
paso, mi huidiza sangre ha debido ya de alcanzar el techo, y habrá hallado el
camino bajo la puerta, y entre los poros de la pared. Que corra cuanto quiera,
no alertará a nadie. Y si lo hace, no habrá qué hacer.
A, colaborador.
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