3 de abril de 2016

Tribulaciones

Inspirado en Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, Movimiento de Verano.

Es un hervir invisible. Borbotea cada partícula de mi ser en una ascendiente tormenta de negrura, gritos silenciosos, y temblores de fondo a una lenta respiración. Mi cabeza no puede soportar tanto ruido, y mi cuerpo se congela en el silencio de este espacio vacío, esta oscuridad ignorada y sentida por todos.
Suelto el aire con algo más de fuerza a cada pensamiento violento al que doy vida. Metralla, astillas, destrucción y, quizás, desahogo.
Pero con cada respiración, pierdo aire. Y siento que, si no llevo a la práctica mis hipotéticos alivios, me moriré. Casi puedo oírme gritar…
Así que me hago con ese cuchillo barato y lo levanto a la altura de mi cabeza, con las dos manos, apuntando al suelo. Tras una fracción de segundo en la que impera la calma, vuelve la tempestad: y baja la hoja. Describe un perfecto cuarto de circunferencia y se hunde, al final de su recorrido, en mi tenso vientre. Vestido o destapado, no importa. Solo merece la pena el sordo sonido de la piel y los órganos rasgados, efímero, sinfónico. Dulce, fuerte. Suave, poderoso.
Y al mismo tiempo que retrocede, con él escapa la sangre. Sangre, no hay otra palabra. Roja, brillante, espesa e impenetrable sangre salpica el suelo, el metal, y mis pensamientos. De nuevo otro corte, y otro, y otro.  Aún no he sentido dolor alguno, no ha habido tiempo suficiente. 6 estocadas, quizás 10. El ardor de mis fatigados brazos es lo único que interrumpe mi blancura. Estoy más tranquilo.
Me apoyo en el respaldo de la silla y disfruto de mi respiración. Bajo la mirada. Me ha llamado la atención el grueso caudal de mi esencia que riega el suelo, llenándome de muerte. O de paz. Cada segundo que transcurre es otro palmo de las paredes que pinto. Llega un instante en el que se decoloran e iluminan de mí hasta la mitad, a la altura de mi barbilla.
Curiosamente no solo llueve de mí. También del techo, y entra por los recovecos de entre las ventanas. Poco a poco, va escondiendo mi rostro, indiferente a la inminencia de la inmersión. Noto y siento lo que me rodea: los sólidos muros, el temblor del aire comprimiéndose entre el techo y mis divagaciones, la calma fornicando con un ambiente agitado y espeso, pero invisible. Sin embargo, no me siento a mí. Mi mente ha debido abandonar mi cuerpo antes de tiempo, no he hallado el instante en el que formular una ingeniosa epopeya con la que ser recordado. Patético.

Conservo la imagen, o la secuencia de imágenes de mi imaginario, mi último pasado. Mas no llego a vislumbrar mi presente, ni el más físico e intrascendente, como podría ser el estado de mi confinamiento. A este paso, mi huidiza sangre ha debido ya de alcanzar el techo, y habrá hallado el camino bajo la puerta, y entre los poros de la pared. Que corra cuanto quiera, no alertará a nadie. Y si lo hace, no habrá qué hacer. 

A, colaborador.


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