Sentada frente a mí en el vagón
del metro: vaqueros, melena ondulada, rubio sucio, manuales de biología de
segundo de carrera bajo el brazo. Echa un vistazo a su reloj con impaciencia,
parece no querer llegar tarde. Entonces se acomoda resignada en el asiento y
apoya la cabeza contra el cristal, barriendo con la mirada el panorama que le
rodea. La observo disimuladamente, su gesto elegante, la cara fina.
La veo pasar el dedo por la
mariposa que decora la portada de uno de sus libros; no sonríe, la acaricia sin
más. Me pregunto qué le llevó a elegir esa carrera, esa rama científica, al
acabar el colegio. Cómo de golpe me encuentro contemplando a una niña seria
vestida con pantalones cortos escondida en la sombra de un cobertizo de piedra;
en su mano embarrada, una lombriz que se ensortija entre sus dedos. Al otro
lado de la puerta entornada un jardín frondoso, una manguera enredada en los
tiestos de las macetas; en la distancia el color inconfundible de mar de verano
del norte.
Ella, sentada frente a mí en el
vagón, recoge con el índice un mechón de pelo más rubio que los demás y se lo
coloca detrás de la oreja. En la casa con vistas a un mar del norte una chica
mira por la ventana desde su posición en el alfeizar. Las estanterías de su
habitación contienen lupas de distintos tamaños, escarabajos disecados, flores
secas encerradas en diminutos tarros de vidrio y de cristal. Un golpe suave en
su puerta arranca su mirada del paisaje, gira la cabeza, la puerta se abre y
entra en el cuarto un hombre alto, sobrio, con un libro de tapas azules entre
las manos. Se acerca a la ventana y los dos conversan durante varios minutos;
ambos tienen la voz suave, baja, tranquila. Al rato él apoya el libro en el
regazo de su nieta: en la portada azul, la forma inequívoca de un detallado
saltamontes. Animalia. Entonces alarga
el dedo índice y coloca cuidadosamente un mechón de pelo rubio tras su oreja.
Se gira y sale de la habitación.
El metro alcanza la siguiente
parada y la chica se alza inmediatamente. Nuestras miradas se encuentran
durante un segundo, luego ella gira impaciente el rostro y espera a que se
abran las puertas del vagón. En la forma vacía que deja su cuerpo en el asiento
huele un poco a mar, un poco a hierba, ella de pie proyecta sombra sobre las
puertas de acero chapado del cobertizo. Se abren las del metro, se cierran: al
otro lado veo cómo mira su reloj y se relaja. Aún es pronto, aún es pronto. Le
sobra el tiempo para llegar.
V.

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