Las personas, muchas veces,
alcanzan la ciudad de Eudaimón sin esperárselo. Andan caminando por un sendero
sin curvas perfilado en la fachada de la montaña, perdidos casi siempre en sus
pensamientos, cuando- repentinamente, fantásticamente- aparece ante sus ojos
una estructura de pálido mármol blanco sostenida entre nubes en el pico más
alto de la montaña.
Los viajeros contemplan, boquiabiertos, el resplandor luminoso que emana de las piedras que blindan
impertérritas las fronteras de la ciudad. Se preguntan si tras ese aire de
misterio intangible se podrá pasear, efectivamente, por calles reales. Se
preguntan si la vaporosa forma de las nubes que envuelven la fortaleza no es un
espejismo, un sueño; si realmente ha aprendido la ciudad a volar. Se acercan,
atraídos por un imán irresistible que les hace sucumbir a la tentación del
lugar, a sus puertas. Allí encuentran, perdidos en un aire ensimismado, a una
horda de cuentacuentos sacados directamente de las mejores historias. Con ojos
de búho contemplan a los recién llegados y en voz de fina miel relatan las más
imposibles anécdotas; y entre extrañas sonrisas plantean los retorcidos
acertijos que hace falta sortear para ser invitado a entrar en la ciudad.
¿Quién entra en Eudaimón? Algunos
lo consiguen. Cruzan la puerta de madera y alcanzan el interior de una plaza
que se bifurca en miles de caminos insoldables cuyo fin es imposible divisar.
Cada uno escoge su dirección y encuentra, en cada calle, una imposible red
laberíntica que atrapa a los paseantes en un mundo de sueños a ras del suelo y
los invita siempre a perderse más y más profundamente. Las calles, bañadas por
una luz de resplandeciente invierno, ofrecen contrastes, miradas, vapores
intoxicantes y aventura.
Sólo los más afortunados consiguen
sortear, a pie, y sin nada más que el corazón entre los dedos, las calles más
recónditas que llevan al verdadero interior de la ciudad.
Bien: a partir de cierto punto los adoquines de las calles desaparecen y comienza a cubrirse el suelo de una hierba tullida repleta de flores de profundo morado. Las callejuelas, poco a poco, se convierten en bosque, y el viajero ve su pecho atenazado repentinamente por aquello que tanto cuesta encontrar en una ciudad: el silencio.
Sí, un silencio plateado que tiñe
los colores y congela el agua por donde pasa. El mismo silencio que se atisba
en los huecos que se forman entre las palabras de un texto. El silencio que
habita entre versos y entre desconocidos y entre amantes. Y quien se atreve a
seguir caminando, apartando con suavidad la vegetación cada vez más frondosa,
es posible, sólo posible, que al dejarse caer por una resbaladiza cuesta en el
camino y alcanzar un hueco entre árboles… Es posible que la vea. Aunque sea un
instante: un mechón de pelo rubio, o mejor: sus ojos. A ella. Que la vea a ella.
Y que desde ese momento sea incapaz, nunca más, de encontrar el camino de
vuelta.Bien: a partir de cierto punto los adoquines de las calles desaparecen y comienza a cubrirse el suelo de una hierba tullida repleta de flores de profundo morado. Las callejuelas, poco a poco, se convierten en bosque, y el viajero ve su pecho atenazado repentinamente por aquello que tanto cuesta encontrar en una ciudad: el silencio.
V.

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