6 de julio de 2014

Yo creo, sí creo, yo creo en las hadas.

El otro día terminé de leer un libro de los míos, de los que no llegan a cursis, de los que te dejan buen sabor de boca. Se llamaba (o llama) Recuerda que me quieres y es una re-escritura del clásico de Barrie Peter y Wendy.
Si hablo de esto no es por recomendar libros o hacer reseñas de los mismos, que en algún momento haré (no os quepa la menor duda), es por porque al leerlo me acordé de Peter y de Wendy, los niños perdidos, los piratas, las hadas y la guarida.
Puede que muchos no hayan leído el clásico original (me incluyo: ERROR GRAVE), pero no creo que haya una persona en este planeta que no haya visto la película o, por lo menos, haya oído hablar de ella. Así que supongo que me comprenderéis, que os imaginaréis lo que siento.
Y es que queridos y queridas, queridas y queridos, hablo de la infancia; de ese pasado que algunos dejaron hace mucho mucho tiempo atrás y otros dejamos hace no tanto. Ese pasado en el que si un adulto decía que Los Reyes Magos existían, uno se lo creía porque el mundo era un lugar desconocido, una aventura por descubrir. El mundo era un espacio extraño que, como buenos piratas, teníamos la misión de secuestrar. Y claro, en ese mundo existían toda clase de personajes y situaciones posibles. No había nada imposible (valga la redundancia).
El mundo era nuestro. Era el teatro y nosotros los actores.
Quizá por eso se hable tanto de la infancia. Quizá por eso un libro que se suponía adolescente y romántico me ha hecho rememorar esa época en la que mi mayor diversión era jugar con mi madre o ir a cazar saltamontes a Las Barrancas con mi padre. Esa época en la que yo disfrutaba jugando al fútbol, relacionándome solo con chicos porque aún no había descubierto el mundo, porque la sociedad aún no me había impuesto que el balón es de hombres y las Barbies (siempre serán repugnantes para mí) son de mujeres.
Quizá se hable de la infancia porque en un mundo cruel, dominado por mentiras e incluso dirigentes que engañan a su país, falta ese espíritu que nos hacía invencibles, que nos animaba a luchar. Quizá se hable de la infancia porque no existían reglas ni caídas de 180 metros que nos dieran de bruces con la realidad. Quizá se hable de la infancia porque no tenía que existir un lenguaje que nos comunicase a todos; sencillamente compartíamos un lápiz, una plastilina y encontrábamos amigos de por vida: amigos que otros jamás podrán superar.
Con amor, C.

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