Un amigo me escribió hace unos días contándome que se iba a Milán a perseguir a la chica de la que estaba enamorado. Decía el loco que era sorpresa, que ella no lo sabía. Y, lo más importante, que se iba a un hostalillo cutre a pocos metros de donde vivía la chica en cuestión. Yo le respondí que olé sus narices y que le regalaba mis besos, que se casase conmigo. Él se rió. Parece ser que desde entonces somos novios.
El caso es que me ha venido a la mente todo eso hace nada y me ha dado por pensar, porque las rubias resulta que también lo hacemos.
V decía hace unas entradas que en Londres la gente anda muy estresada, que apenas tiene tiempo para beber café, que no miran dónde pisan ni a quién tienen al lado. El problema es que a lo mejor no es Londres en sí, a lo mejor es el planeta entero en sí. El problema es que mientras el mundo sigue girando a un ritmo, la sociedad nos impone que vayamos a la carrera con él y que consigamos superarlo, sin entender que este hace muchos años que gira, que no le podemos dar lecciones.
Y claro, así nos va.
Móviles que van, móviles que vienen. Internet que va, internet que viene. Uno mira a derechas y a izquierdas y ya no sabe distinguir si es todo real o solo un producto de nuestra imaginación tecnológica. El Whatsapp nos conquista y nos obliga a parecernos a él. La gente y su imagen se degeneran: no es la misma persona por teléfono que a la cara. Las relaciones terminan por culpa de que el teclado del móvil no sepa entonar un te quiero. Se crean malentendidos.
Se rompe el amor.
Propongo parar, reflexionar, huir. Crear un nuevo estilo de vida, uno capaz de ir a la par con el ritmo del mundo y no a la carrera. Propongo parecernos un poquito más a mi amigo e irnos a luchar por lo que queremos y no a esperar un beso en forma de emoticono. Propongo sentir los labios y no verlos dibujados; mirar a los ojos a alguien en medio de una discusión y no al teclado; sentir la vida en el aire y no dejarla de lado.
Vuestra corresponsal en Estambul, ciudad entre dos continentes, C.



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