4 de julio de 2014

Gafotas acusicas

Buenos días. O buenas tardes. O buenas noches. O cuando sea que estéis leyendo esto.
Yo soy la otra mano de este dúo, la rubia, C. Y no, no me tocó el marrón de escribir la primera entrada. Eso se lo dejé a la morena, que para algo las rubias dicen que somos tontas.
No sé muy bien qué decir, ni cómo presentarme; eso ya lo hizo V. Ni si quiera, por muy de escritora que me las dé, sé definirla tan bien a ella como V hizo conmigo en la anterior entrada. Tampoco tengo esa capacidad maravillosa de que las palabras fluyan solas entre risas como dice la morena. Simplemente soy C, la otra mitad de este dueto, dúo, pareja, binomio o como quiera que llamen los gafotas acusicas estudiosos de la Lengua a un par de amigas o soñadoras.
Pero en fin, a lo que iba: quería hablaros de una de mis pasiones que, como he dicho antes, no es otra que la escritura.
Muchos empiezan a escribir leyendo o a leer escribiendo. La sociedad hoy en día ve eso de que un adolescente rebelde lea algo así como una cosa extraña, como un milagro de algún dios griego al que le ha dado por aparecer en la Tierra. Los adultos se piensan que somos extraterrestres salidos de algún pasado que dejaron hace tiempo atrás y nuestros compañeros, amigos (o como lo queráis llamar) sencillamente piensan que somos unos frikis, unos empollones o que se nos ha ido la cabeza. Simplemente algunos, el 1% de la juventud (quizá el 1,1%) piensan de nosotros que somos personas normales y corrientes y que no está tan mal eso de culturizarse un poco. Porque al fin y al cabo el leer no es más que eso: culturizarse. Hacerse un poco más sabio con el tiempo. Ponerse en la piel del otro. Un otro que jamás habrías pensado conocer, un otro que jamás llegarás a conocer. Un otro que quizá no es más que el protagonista vagabundo de la última novela de un bestsellerista o una princesa en apuros que sueña con ser caballera. Un otro que, al fin y al cabo, no eres tú.
Así que sin más preámbulos os contaré hoy que yo empecé a leer desde muy pequeñita. Mi padre me contaba cuentos (y nunca mejor dicho) y será que quizá por eso cuando supe cómo juntar dos sílabas en mi mente empecé a leer porque sus historias se me habían quedado cortas. Con el tiempo soñé (y sueño) con crear mis otros. Unos otros en los que se puedan meter las personas. Unos otros con los que la gente se culturice.
Quizá no llegue a nada. Quizá llegue a todo. No lo sé. Simplemente sigo día tras día intentando aprender a escribir (cosa que, por cierto, los gafotas acusicas tachan de imposible). Y en una de las mías me apunté en un "Master en Creación Literaria". Yo, con mis diecisiete años de vida, mi metro sesenta y dos de altura y mi pelo rubio por el que me tachan de tonta. Al final me dieron una beca. Y beca que viene, beca que va, he estado participando en él durante todo este año. Al final mi frikicurso (como desde el inicio lo apodé) me ha enseñado que quizá, y solo quizá, si que se pueda enseñar a escribir o quizá a mejorar. Aunque bueno, siempre estarán aquellos que piensen que escritor se hace, no se hace.
Aquí os dejo un documental que nos hicieron sobre este curso que, más que enseñar a escribir, nos ha enseñado a vivir. Nos ha abierto la mente. Nos ha enseñado que es tan válido eso de que el Universo se creó por el Big Bang, como por la palabra de Dios, como por la leche del pezón de la diosa Hera. Nos ha demostrado que el sistema educativo tal y como está no sirve para nada, que puede que se estudie mucho para los exámenes, pero al fin y al cabo lo aprendido se queda en los exámenes y no en nuestra mente.
Así que... damas y caballeros, queridos y queridas, hombres, mujeres u otros: todo vuestro.
Con mucho amor, C.



1 comentario:

  1. Una sola palabra, IMPRESIONANTE, esto es lo que se llama tener talento. ¿De donde sacáis toda esta inspiración?

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