19 de noviembre de 2014

Bang

No tengas las cosas claras. No busques un camino recto a través de cada día- que eso no puede ser, no funciona el corazón para suponer que conoce sus propios latidos... Como si no fuésemos todos terremotos que nunca saben adonde llegan girando, como si se pudiese contener dentro de los siete días de la semana lo que siente el que vive y llora y grita. Y es que si pudiese adivinar adonde voy, ahí que me iría; si me supiese las coordenadas de este destino recorrería el trazo del camino en un mapa dibujado a recta de cuadrícula y llegaría paseando.
Pero nosotros somos más de ir dando tumbos en la oscuridad, sin saber, sin entender, cruza los dedos que igual no nos caemos. Pero no me pidas una explicación detallada de lo que pasa por mi cabeza, qué, qué, qué, yo no lo sé, a veces pasa simplemente el abrir los ojos sin darte cuenta de nada. A veces tiran demasiado las ganas de echar a correr tras el golpe seco de un portazo y hasta luego.

V.


9 de noviembre de 2014

Del des-amor y otras cosas

El otro día lloré; hacía mucho que no me pasaba. Y cómo no: me acordé de ti. Había hablado con ella de la vida, las ausencias, el desamor. Me asomé a la ventana y te vi. Nos vi. Y tuve miedo, un miedo que llevaba años sin sentir. Recordé cómo es ser pequeña y esas pesadillas que los cuentos con moraleja provocan. Como si algún día hubiese dejado de creer en ellos; yo qué sé. Sentí frío, me congelé. Me encontré vacía, me di cuenta de que te habías ido. Creo que era la primera vez que comprendía tu ausencia porque dolerla, la había dolido hacía ya muchos meses. Pero no así. Me sentí indefensa, sin una parte de mí y entendí que jamás la iba a volver a tener. Y es que no sé qué le pasa al desamor, igual se ha vuelto loco, pero le ha dado por hacer que las personas se entreguen parte de su corazón. Como si tuviésemos más de uno para poderlo recuperar en caso de pérdida. Que he olvidado parte del mío desde que te fuiste y no sabes qué  frío. Que sí, que sí, que yo era de las que defiende el invierno y todo ese rollo, pero este es el primero sin ti y el café y las charlas te echan de menos. Que me he dado cuenta de que tengo miedo de no volver a amar, de tener mucha teoría, que no me quede práctica. Creo que el motor te los llevaste con esa parte de corazón que el desamor me obligó a entregar. Que tengo miedo de tu foto, de que se borre el recuerdo, como ese dibujo en el suelo. Tengo miedo de que seas una imagen en la mente, de que no nos quede más. Que me sientas extraña, desconocida, que no disimules, o lo hagas tan bien que acojone. Y volvemos al miedo y a la mierda de perderte. O al miedo a perderte. Es que no sé a que viene la idea que inculca la sociedad de que dos personas que hayan sido una no se echen de menos. Que no está permitido el necesitarse, que hay que aparentar ser independientes y retomar una vida que en algún momento planearon juntas. Como si fuese tan fácil volver a nacer después de la muerte.
C.

2 de noviembre de 2014

Medias tintas

Dame un grito de garganta profunda, un partir sin promesa de retorno, un naufragio sin supervivientes. Dame esas lágrimas que no se pueden contener, el cristal que se estrella contra el suelo, la forma tajante de la palabra adiós. Dame un dolor que desgarra por dentro, un incendio descontrolado, una desolación a punta de puñal.
Lo que no quiero que me des: no me des una rutina en la que ya no sienta nada, una repetición del día a día en la que gira y gira mi cabeza, una calle sin salida. No me des un pájaro enjaulado ni miradas de reojo que son pura cobardía. No me des las horas que no pasan, estas cuatro paredes, un remolino de agua en el que no sé nadar pero en el que no acabo de ahogarme.
Quítame la vida, pero no me quites las ganas de vivir.

V.

29 de octubre de 2014

Carta al que más quiero


Mi amor, te voy a hacer caso y voy a intentar esto de escribir. Empezare contándote algo que me perturba desde hace muchos días. Vamos allá:

¿Alguna vez te has planteado lo que significa ser alguien? Y no me refiero a ser alguien en cuanto a ser conocido, sino a ser algo, formar parte de algo... Esto me recorre la cabeza todos los días, y creo haber llegado a una conclusión. 
Todo el mundo es alguien. 


Lo de estudiar para ser alguien puede ser la mayor chorrada que haya oído nunca. Uno ya es lo que quiere ser solo por querer serlo. La perseverancia de un sueño ya lo hace realidad. Piénsalo... (Tú siempre seras mi mejor ejemplo). El otro día te pregunté qué querías ser, ¿te acuerdas? Y me contestaste: yo quiero ser futbolista.

Bueno, pues la cuestión es que tú ya eres futbolista. Tú ya lo eres porque eso que te lleva a decir, "quiero ser futbolista" es lo que te convierte en ello. Yo, por ejemplo, ya soy médico porque sé que al quererlo tanto, podría enfrentarme a cualquier obstáculo en el camino a ayudar y a cuidar a las personas. Estudiar solo me llevaría a saber más sobre la medicina pero NO me llevaría a ser médico. Té vas a entrenar para crecer sobre tu base en el fútbol. Pero esa base ha nacido en ti y ni ochomil entrenos más te harán ser más futbolista de lo que ya eres. Con esto quiero decir que me parece increíble tener un sueño en la vida, y los pocos que la gente tiene, por preocuparse demasiado en cumplirlos cuando, en realidad... ya los tienen.

A.


20 de octubre de 2014

Funambulismo sobre sentimientos y otras formas de sobrevivir al miedo


Durante toda mi vida he hecho funambulismo en una cuerda a mil kilos de sentimientos contrarios de altura. Me decían que aguantase hasta el final. Que el balanceo nunca es lo correcto; el equilibro sí. Y, bueno, tiraba hacia delante. A veces me soltaba y acababa colgada, que es más lo mío. Vivía de cerca el vértigo que da poder caer, me rozaba la cara, pero nunca me liberaba del todo. El espectáculo jamás pasó de estar colgada desde el cielo y la mierda a lo que llaman normalidad.

El oto día estaba hablando con una amiga y me dijo algo que tiene grabado como un mantra en su cabeza: “Que alguien te haga salir de la zona de confort, eso, Cris, es lo que engancha”. Y joder si es adivina.

Supongo que su zona de confort es lo que para mí el funambulismo sobre sentimientos: miedo y adrenalina separados por una línea tan fina que por poco es invisible. A veces se confunden. Empiezan como una angustia en el pecho, un calambre en los nervios. Pero nunca terminan igual. El miedo está ahí, latente en la garganta. Paraliza, nos deja mudos, colgando de una mano que solo se balanceará. La adrenalina no. La adrenalina recarga las pilas, nos permite no solo rozar el vértigo, sino hacernos uno con él. Soltarnos y dejarnos caer. Que ahí están las nubes para sujetarnos y, si ellas se apartan, siempre nos quedarán los kilos de sentimientos donde estrellarnos. Esa es su función.

Quiero decir que nos permitamos vivir y abrir la puerta a personas que nos hagan salir de la zona de confort, del funambulismo sobre sentimientos, de nuestros miedos. Que no nos lleven de la mano, sino que nos unan con la adrenalina. Que nos den la libertad de echar a volar y la confianza de estar. Porque eso es lo que engancha, es lo que se agradece. Y es lo que, a fin de cuentas, uno espera cuando le da por dejar que alguien entre.
C

13 de octubre de 2014

Cabezas llenas de pájaros

¿Qué haríamos sin soñadores?

Tú que descubres la estela de un avión en el cielo claro e inmediatamente cierras los ojos y despegas de golpe hacia lugares lejanos. Él, que viendo atardecer se olvida del suelo sobre el que camina y se convierte en un suspiro al rojo vivo. Ella que escucha la palabra 'piel' por la mañana en la oficina y se pierde en recuerdos de caricias y susurros- aunque sólo sea por un segundo.
Ellos que se miran fijo a los ojos y encuentran un camino que empieza en las pestañas y termina en el abismo... Y aún así saltan.
Nosotros que apagamos la luz para descubrir espirales y secretos en la oscuridad, vosotros que oís llover como quien escucha llorar.
Ellas que con encontrar un rostro triste  en el vagón del metro ya sacan cuaderno y lápiz, yo que entre esas dos hoy me saco los pájaros de la cabeza y los convierto en tinta sobre papel. 

V.


8 de octubre de 2014

Entre sus sábanas

Un día se fue, se acabó. Se marchó como los pájaros inmigrantes, como el sol al atardecer. Se marchó con todo, no me dejó nada. Ni un recuerdo, ni una mirada, ni una lágrima. Solo trece kilos de desesperanza y una caja llena de preguntas. Y de mierda. Se marchó sin importarle que mi cuerpo fuese una pared desquebrajada y que sus palabras fuesen dardos envenenados que podían clavarse en mi piel. Nunca fue mi plato fuerte la diana. Se marchó como un día gris: sin definición, sin elección, sin respuestas. Me quitó la vida. Dejó una estela de sentimientos arrasados por terremotos llamados instintos. Corazón y razón. Lucha de titanes. Una estela de tensión sexual no resuelta, o como lo digan en esas estúpidas películas que otra C solía ver. Nunca habría amor. Se marchó creyendo que podía controlar la objetividad de un polvo; como si alguna vez nos hubiésemos tragado esas patrañas que cuentan sobre poder sobrevivir a la tempestad de un orgasmo sin marcas de guerra. No pasó la tormenta. Ni salió el sol. Y es que siempre fuimos mejores entre sábanas que a la luz de esa luna de un Madrid en verano.
C