Un día se fue, se acabó. Se marchó como los pájaros inmigrantes, como el sol al atardecer. Se marchó con todo, no me dejó nada. Ni un recuerdo, ni una mirada, ni una lágrima. Solo trece kilos de desesperanza y una caja llena de preguntas. Y de mierda. Se marchó sin importarle que mi cuerpo fuese una pared desquebrajada y que sus palabras fuesen dardos envenenados que podían clavarse en mi piel. Nunca fue mi plato fuerte la diana. Se marchó como un día gris: sin definición, sin elección, sin respuestas. Me quitó la vida. Dejó una estela de sentimientos arrasados por terremotos llamados instintos. Corazón y razón. Lucha de titanes. Una estela de tensión sexual no resuelta, o como lo digan en esas estúpidas películas que otra C solía ver. Nunca habría amor. Se marchó creyendo que podía controlar la objetividad de un polvo; como si alguna vez nos hubiésemos tragado esas patrañas que cuentan sobre poder sobrevivir a la tempestad de un orgasmo sin marcas de guerra. No pasó la tormenta. Ni salió el sol. Y es que siempre fuimos mejores entre sábanas que a la luz de esa luna de un Madrid en verano.
C
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