El otro día lloré; hacía mucho que no me pasaba. Y cómo no: me acordé de ti. Había hablado con ella de la vida, las ausencias, el desamor. Me asomé a la ventana y te vi. Nos vi. Y tuve miedo, un miedo que llevaba años sin sentir. Recordé cómo es ser pequeña y esas pesadillas que los cuentos con moraleja provocan. Como si algún día hubiese dejado de creer en ellos; yo qué sé. Sentí frío, me congelé. Me encontré vacía, me di cuenta de que te habías ido. Creo que era la primera vez que comprendía tu ausencia porque dolerla, la había dolido hacía ya muchos meses. Pero no así. Me sentí indefensa, sin una parte de mí y entendí que jamás la iba a volver a tener. Y es que no sé qué le pasa al desamor, igual se ha vuelto loco, pero le ha dado por hacer que las personas se entreguen parte de su corazón. Como si tuviésemos más de uno para poderlo recuperar en caso de pérdida. Que he olvidado parte del mío desde que te fuiste y no sabes qué frío. Que sí, que sí, que yo era de las que defiende el invierno y todo ese rollo, pero este es el primero sin ti y el café y las charlas te echan de menos. Que me he dado cuenta de que tengo miedo de no volver a amar, de tener mucha teoría, que no me quede práctica. Creo que el motor te los llevaste con esa parte de corazón que el desamor me obligó a entregar. Que tengo miedo de tu foto, de que se borre el recuerdo, como ese dibujo en el suelo. Tengo miedo de que seas una imagen en la mente, de que no nos quede más. Que me sientas extraña, desconocida, que no disimules, o lo hagas tan bien que acojone. Y volvemos al miedo y a la mierda de perderte. O al miedo a perderte. Es que no sé a que viene la idea que inculca la sociedad de que dos personas que hayan sido una no se echen de menos. Que no está permitido el necesitarse, que hay que aparentar ser independientes y retomar una vida que en algún momento planearon juntas. Como si fuese tan fácil volver a nacer después de la muerte.
C.

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