Durante toda mi vida he
hecho funambulismo en una cuerda a mil kilos de sentimientos
contrarios de altura. Me decían que aguantase hasta el final. Que el
balanceo nunca es lo correcto; el equilibro sí. Y, bueno, tiraba
hacia delante. A veces me soltaba y acababa colgada, que es más lo
mío. Vivía de cerca el vértigo que da poder caer, me rozaba la
cara, pero nunca me liberaba del todo. El espectáculo jamás pasó
de estar colgada desde el cielo y la mierda a lo que llaman
normalidad.
El oto día estaba
hablando con una amiga y me dijo algo que tiene grabado como un
mantra en su cabeza: “Que alguien te haga salir de la zona de
confort, eso, Cris, es lo que engancha”. Y joder si es adivina.
Supongo que su zona de
confort es lo que para mí el funambulismo sobre sentimientos: miedo
y adrenalina separados por una línea tan fina que por poco es
invisible. A veces se confunden. Empiezan como una angustia en el
pecho, un calambre en los nervios. Pero nunca terminan igual. El
miedo está ahí, latente en la garganta. Paraliza, nos deja mudos,
colgando de una mano que solo se balanceará. La adrenalina no. La
adrenalina recarga las pilas, nos permite no solo rozar el vértigo,
sino hacernos uno con él. Soltarnos y dejarnos caer. Que ahí están
las nubes para sujetarnos y, si ellas se apartan, siempre nos
quedarán los kilos de sentimientos donde estrellarnos. Esa es su
función.
Quiero decir que nos
permitamos vivir y abrir la puerta a personas que nos hagan salir de
la zona de confort, del funambulismo sobre sentimientos, de nuestros
miedos. Que no nos lleven de la mano, sino que nos unan con la
adrenalina. Que nos den la libertad de echar a volar y la confianza
de estar. Porque eso es lo que engancha, es lo que se agradece. Y es
lo que, a fin de cuentas, uno espera cuando le da por dejar que
alguien entre.

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