20 de octubre de 2014

Funambulismo sobre sentimientos y otras formas de sobrevivir al miedo


Durante toda mi vida he hecho funambulismo en una cuerda a mil kilos de sentimientos contrarios de altura. Me decían que aguantase hasta el final. Que el balanceo nunca es lo correcto; el equilibro sí. Y, bueno, tiraba hacia delante. A veces me soltaba y acababa colgada, que es más lo mío. Vivía de cerca el vértigo que da poder caer, me rozaba la cara, pero nunca me liberaba del todo. El espectáculo jamás pasó de estar colgada desde el cielo y la mierda a lo que llaman normalidad.

El oto día estaba hablando con una amiga y me dijo algo que tiene grabado como un mantra en su cabeza: “Que alguien te haga salir de la zona de confort, eso, Cris, es lo que engancha”. Y joder si es adivina.

Supongo que su zona de confort es lo que para mí el funambulismo sobre sentimientos: miedo y adrenalina separados por una línea tan fina que por poco es invisible. A veces se confunden. Empiezan como una angustia en el pecho, un calambre en los nervios. Pero nunca terminan igual. El miedo está ahí, latente en la garganta. Paraliza, nos deja mudos, colgando de una mano que solo se balanceará. La adrenalina no. La adrenalina recarga las pilas, nos permite no solo rozar el vértigo, sino hacernos uno con él. Soltarnos y dejarnos caer. Que ahí están las nubes para sujetarnos y, si ellas se apartan, siempre nos quedarán los kilos de sentimientos donde estrellarnos. Esa es su función.

Quiero decir que nos permitamos vivir y abrir la puerta a personas que nos hagan salir de la zona de confort, del funambulismo sobre sentimientos, de nuestros miedos. Que no nos lleven de la mano, sino que nos unan con la adrenalina. Que nos den la libertad de echar a volar y la confianza de estar. Porque eso es lo que engancha, es lo que se agradece. Y es lo que, a fin de cuentas, uno espera cuando le da por dejar que alguien entre.
C

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