12 de abril de 2016

15 cosas que no sabías de C y V

Los secretos mejor guardados del tandem bloggero...




1: En el 18 cumpleaños de V, C se quedó dormida (siempre duerme mucho) y se despertó sola a las dos de la mañana. Pegó un salto de la cama y en medio de la oscuridad empezó a pintarse y a arreglarse. Su madre se despertó en pijama. "Me he quedado dormida". "Corre, corre, vete". Cogió un taxi. Apareció en la discoteca a las dos y media. Había aforo. Se coló por los bajos de la discoteca. Cuando llegó, V se encontraba tan mal que a los diez minutos acabaron las dos metidas en un taxi de vuelta a casa... de C, claro. Lo último que recuerda V de esa noche es 'cuidado con el aparador que hay en el vestíbulo....' CLOOONK. Buenas noches y feliz cumpleaños, querida.

2: En la primera noche de fin de año que pasaron juntas, C amenazó con partirle la cara a una chica en una fiesta por haberle robado su abrigo de pelo a V. "Que dónde COÑO está el abrigo de mi amiga, colega. Que la tenemos, chaval, la tenemos." 2 semanas antes había montado un pollo similar en otra fiesta, porque a V le habían robado su abrigo tres cuartos negro.
A día de hoy, siguen sin haber recuperado ninguno de los dos abrigos. Pero eso, al final, es lo de menos.

3: Con 12 años C se grababa a sí misma con su cámara de vídeo, presentando telediarios con cotilleos y noticias sobre su colegio. Estaban bajo bloqueo nacional para que NADIE los viera. V los pilló el mes pasado.

3.1 :No fue lo único que pilló. También encontró un vídeo grabado hace unos meses de C cantando y actuando escenas de telenovelas varias  con vistas a mandarlo a una productora de televisión argentina y convertirse en superstar adolescente. Go, C, go.

3.2: Lo envió.

4: V controla su imagen en redes sociales. Obliga a C a cambiar los títulos de sus publicaciones en Facebook y sucedáneos para mantener su imagen, desviándose del camino friki impuesto por C. ‘No puedes hablar tanto de juego de tronos en público, C!’

5: Ambas tenemos obsesión por Percy Jackson, héroe de fantasía adolescente hijo de Poseidón Dios de los mares, aunque C es la única que lo manifiesta. V ha accedido a disfrazarse con C de sus personajes favoritos del libro e ir a la próxima Japan Week, pero sin que nadie se entere... Shh, callad, es un secreto.



6: C nació con un agüjerito en el cuello. No pasaba nada hasta que a los 8 años empezó a expulsar mocos, de los que C presumía. Le tuvieron que cerrar el cuello. Para la operación la anestesiaron con un líquido. Tuvo el pis azul durante un mes. Ah, la cicatriz se llama Pepita.

7: V tiene fijación por los hombres mayores. Durante bachillerato estuvo enamorada de nuestro profesor de Historia: 59 años. Ha escalado un paso más: se ha prendado de José María, compañero suyo de francés: 65 años.

7: C se compró el otro día un girasol. Lo dejó durmiendo en el alféizar de su ventana QUE TIENE REJAS. Por la mañana no estaba. Se había suicidado/caído desde un noveno. Cuando sus padres lo recogieron estaba decapitado: el tiesto por un lado y la flor por otro.

8: Si creíais que lo habías visto todo en pérdida de dignidad en este blog, tendríais que meteros en nuestros borradores: ambas escribimos cartas de amor a nuestros amores perdidos. Vamos por la página 24.

9: Si nos preguntarais cual es nuestro mayor deseo, C no os contestaría: si dice en alto el deseo no se cumple. V os diría que montar a lomos de un dragón.

10: C y su prima mayor se parecen tanto que se presentan como hermanas. ¿El colmo? Cuando C tenía 6 años y su prima 21, el dependiente de una tienda se pensó que su prima había sido madre adolescente y que C era su hija: le arreglaron el móvil gratis por pena.

11: Estando de Interrail conocimos a muchísimas personas. Entre ellas un chico de 30 años con aspecto asiático. Comentamos en español sus pintas de palomino en su cara. Era mexicano. Se supo más tarde.

12: Con 13 años C pisó un erizo de mar. Se le clavaron 33 espinas en los dedos del pie izquierdo. Tuvo que estar 3 días yendo a enfermería a que una alemana le sacase las púas una a una.

13: El momento más épico de toda la historia de C y V fue cuando un inmigrante ilegal se escondió debajo de nuestro asiento en un tren nocturno rumbo a Munich, y minutos más tarde entró la policía a registrar el tren. El inmigrante llegó sano y salvo a Alemania. A nosotras casi nos da una taquicardia antes de llegar.

14. Para el 19 cumpleaños de C, V organizó una yincana por todo Madrid que terminaba en un secuestro ficticio en el que C tenía que contestar a 10 preguntas sobre su telenovela argentina favorita para que liberasen a V. Por suerte, acertó todas las preguntas.


15. Esta entrada va con varias semanas de retraso, y como siempre C dándole el coñazo a V para que se organice y publique de una puñetera vez. No podría ser de otra manera. A pesar de todo, nos queremos mucho.


CyV.



5 de abril de 2016

Entre caladas

Os voy a contar sobre las veces que me quedo mirando mi cigarro, con ganas y recelo, porque cada calada me sabe a gloria aunque se que me esta matando. El humo por la garganta, lentamente, bajando. Soy un pez fuera del agua, inhalo gris por la boca porque falta el oxígeno, me estoy ahogando. Exhalo. Lentamente, labios casi cerrados. Fina muralla de un instante, sin viento vuela inequívoca, segura, constante, estable. Pero hoy hay viento, y apenas veo el humo. Exhalo dos veces más, sin que nadie me vea, por si acaso. Parezco idiota, pero me queda la duda de si el gris se me ha pegado a los pulmones. Miro el cigarro que ya se ha consumido por la mitad, puta mierda de industriales, que rápido se acaban, aunque a veces me gusten más. Si por algo prefiero los de liar, cada uno obra de arte, único, especial. Cada calada compuesta de elecciones, sobre que tabaco, que papela y que filtro usar, ah bueno, y dónde vives y a qué estanco vas. Cada uno acariciado, querido, enrollado, siempre hacia arriba, con las dos manos, con cuidado. Están los de cuando vas borracho o tienes prisa, pequeños errores en apariencia si se miran a través de cristales objetivos, y sin embargo necesarios, infalibles, a veces incluso mas gloriosos, porque te dan la vida. Subjetivas las caladas, no dejas que nadie las juzgue, te da igual lo que digan de las pequeñas arrugas en el papel, porque durante 5 minutos, componen tu pequeño paraíso. Que no se nace sabiendo, que se aprende con la práctica, observando; constancia, paciencia. Que se arregla si se rompe, a ver quien es el valiente que se fuma un industrial roto por la mitad sin titubeo a cada calo, porque sabes que en otros cuatro se va a acabar. Pues eso, que decir, que me gustan más los de liar, que gastas menos y te dan más. Que no se consumen a menos que quieras inhalar. Aunque ahora que lo pienso tienen algo en común con los de abre cajeta, fúmame y ya, porque aunque dicen que son mas sanos, para que vamos a aparentar; es una lotería, en el que el premio esta de más. La verdad que no hay mayor traición que el autoengaño, así que si nos hacemos daño, que al menos sea por delante, y no por detrás. Que plantemos cara al riesgo, y sonriamos al azar. Que ya que hacemos algo, que sea de verdad. Porque hay que morir bailando, y no arrastrados por miedo a fallar, porque el miedo a equivocarnos hace a la realidad. Si, lo se, ya me lo has dicho, sé que me puede hacer daño, pero si me gusta ahora, digo yo, ¿qué más da? Que se me ha acabado el cigarro, y me tengo que ir a estudiar. Aunque no sé cuánto voy a tardar en desconcentrarme, sacarme otro, y volver a fumar. 
Un día quizás lo deje, mientras tanto, a disfrutar.

G, colaboradora.




3 de abril de 2016

Tribulaciones

Inspirado en Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, Movimiento de Verano.

Es un hervir invisible. Borbotea cada partícula de mi ser en una ascendiente tormenta de negrura, gritos silenciosos, y temblores de fondo a una lenta respiración. Mi cabeza no puede soportar tanto ruido, y mi cuerpo se congela en el silencio de este espacio vacío, esta oscuridad ignorada y sentida por todos.
Suelto el aire con algo más de fuerza a cada pensamiento violento al que doy vida. Metralla, astillas, destrucción y, quizás, desahogo.
Pero con cada respiración, pierdo aire. Y siento que, si no llevo a la práctica mis hipotéticos alivios, me moriré. Casi puedo oírme gritar…
Así que me hago con ese cuchillo barato y lo levanto a la altura de mi cabeza, con las dos manos, apuntando al suelo. Tras una fracción de segundo en la que impera la calma, vuelve la tempestad: y baja la hoja. Describe un perfecto cuarto de circunferencia y se hunde, al final de su recorrido, en mi tenso vientre. Vestido o destapado, no importa. Solo merece la pena el sordo sonido de la piel y los órganos rasgados, efímero, sinfónico. Dulce, fuerte. Suave, poderoso.
Y al mismo tiempo que retrocede, con él escapa la sangre. Sangre, no hay otra palabra. Roja, brillante, espesa e impenetrable sangre salpica el suelo, el metal, y mis pensamientos. De nuevo otro corte, y otro, y otro.  Aún no he sentido dolor alguno, no ha habido tiempo suficiente. 6 estocadas, quizás 10. El ardor de mis fatigados brazos es lo único que interrumpe mi blancura. Estoy más tranquilo.
Me apoyo en el respaldo de la silla y disfruto de mi respiración. Bajo la mirada. Me ha llamado la atención el grueso caudal de mi esencia que riega el suelo, llenándome de muerte. O de paz. Cada segundo que transcurre es otro palmo de las paredes que pinto. Llega un instante en el que se decoloran e iluminan de mí hasta la mitad, a la altura de mi barbilla.
Curiosamente no solo llueve de mí. También del techo, y entra por los recovecos de entre las ventanas. Poco a poco, va escondiendo mi rostro, indiferente a la inminencia de la inmersión. Noto y siento lo que me rodea: los sólidos muros, el temblor del aire comprimiéndose entre el techo y mis divagaciones, la calma fornicando con un ambiente agitado y espeso, pero invisible. Sin embargo, no me siento a mí. Mi mente ha debido abandonar mi cuerpo antes de tiempo, no he hallado el instante en el que formular una ingeniosa epopeya con la que ser recordado. Patético.

Conservo la imagen, o la secuencia de imágenes de mi imaginario, mi último pasado. Mas no llego a vislumbrar mi presente, ni el más físico e intrascendente, como podría ser el estado de mi confinamiento. A este paso, mi huidiza sangre ha debido ya de alcanzar el techo, y habrá hallado el camino bajo la puerta, y entre los poros de la pared. Que corra cuanto quiera, no alertará a nadie. Y si lo hace, no habrá qué hacer. 

A, colaborador.


20 de marzo de 2016

Ne me quitte pas

Vengo a deslizarme por tu cuerpo como lava, despacio, en calma, para erizarte la piel. A revolverte el pelo y a susurrar palabras en otros idiomas por cada milímetro de tu nuca. Vengo a rozarte la piel como un suspiro, rápido, letal, inabarcable. Vengo a taparte los ojos con mis manos y a rozar tus párpados para que al abrirlos encuentres otra realidad. Vengo a echarte de menos, a llenar de oscuridad translúcida el vacío de tu interior. Vengo a transformarme en píldoras acuosas que se deslizan por las cordilleras de tu piel; lágrimas del rocío de una mañana que no termina de asomar.
Vengo a hacerte sentir el terremoto que sacude su cuerpo cuando ríe. Vengo a mostrarte en otros gestos los que hacía cuando se moría de nervios porque ya no está aquí. Vengo a obligarte a veros en alucinaciones que encuentres cuando no estés soñando en cada esquina por la que paseas, cuando sientes su brazo que roza tu cuerpo para avisarte de que está en algún lugar más allá de tu mente. Vengo a cantarte la tristeza en la mirada.
Vengo a descubrirte otras pupilas, que te miren anhelantes desde el otro lado de una taza de café, que mancha sus labios para hacer que los tuyos se quieran perder en ellos. Vengo a presentarte otra sonrisa que asome nerviosa cuando tu propia mirada sonría. Vengo a mostrarte el universo de una nueva piel, un nuevo olor y un nuevo roce. Vengo a transformar lentamente tus conversaciones hasta hacerte creer que olvidas, para volver con la fuerza de un río que destroza la presa que coarta su libertad.
Soy quien espera paciente bajo tu cama a que se vayan las pesadillas para salir a decirte sin decir diciendo que deslices la venda. Soy el viento de una mañana de sol en las pestañas: soy frío y cálido. Soy la pared de mármol que permanece impasible cuando el huracán llega a la costa, hasta que se cuela por la ventana para arrastrarte volando lejos, bien lejos, hasta una casa de madera en lo alto de una roca en medio del mar.
Soy el amor. 
Vengo a pedirte que no me dejes,
no me dejes                                                                                                               ne me quitte pas
no me dejes                                                                                                               ne me quitte pas 
no me dejes                                                                                                               ne me quitte pas 

no voy a llorar más                                                                                              je ne vais plus pleurer 
no voy a hablar más                                                                                              je ne vais plus parler 
me esconderé allí                                                                                                        je me cacherai là 
a mirarte                                                                                                                           a te regarder 
bailar y sonreír                                                                                                            danser et sourire 
y a escucharte       
                                                                                                          et à t'écouter 

cantar y luego reír                                                                                                    chanter et puis rire

C.

28 de febrero de 2016

Her

Las personas, muchas veces, alcanzan la ciudad de Eudaimón sin esperárselo. Andan caminando por un sendero sin curvas perfilado en la fachada de la montaña, perdidos casi siempre en sus pensamientos, cuando- repentinamente, fantásticamente- aparece ante sus ojos una estructura de pálido mármol blanco sostenida entre nubes en el pico más alto de la montaña.
Los viajeros contemplan, boquiabiertos, el resplandor luminoso que emana de las piedras que blindan impertérritas las fronteras de la ciudad. Se preguntan si tras ese aire de misterio intangible se podrá pasear, efectivamente, por calles reales. Se preguntan si la vaporosa forma de las nubes que envuelven la fortaleza no es un espejismo, un sueño; si realmente ha aprendido la ciudad a volar. Se acercan, atraídos por un imán irresistible que les hace sucumbir a la tentación del lugar, a sus puertas. Allí encuentran, perdidos en un aire ensimismado, a una horda de cuentacuentos sacados directamente de las mejores historias. Con ojos de búho contemplan a los recién llegados y en voz de fina miel relatan las más imposibles anécdotas; y entre extrañas sonrisas plantean los retorcidos acertijos que hace falta sortear para ser invitado a entrar en la ciudad.
¿Quién entra en Eudaimón? Algunos lo consiguen. Cruzan la puerta de madera y alcanzan el interior de una plaza que se bifurca en miles de caminos insoldables cuyo fin es imposible divisar. Cada uno escoge su dirección y encuentra, en cada calle, una imposible red laberíntica que atrapa a los paseantes en un mundo de sueños a ras del suelo y los invita siempre a perderse más y más profundamente. Las calles, bañadas por una luz de resplandeciente invierno, ofrecen contrastes, miradas, vapores intoxicantes y aventura.
Sólo los más afortunados consiguen sortear, a pie, y sin nada más que el corazón entre los dedos, las calles más recónditas que llevan al verdadero interior de la ciudad.
Bien: a partir de cierto punto los adoquines de las calles desaparecen y comienza a cubrirse el suelo de una hierba tullida repleta de flores de profundo morado. Las callejuelas, poco a poco, se convierten en bosque, y el viajero ve su pecho atenazado repentinamente por aquello que tanto cuesta encontrar en una ciudad: el silencio.
Sí, un silencio plateado que tiñe los colores y congela el agua por donde pasa. El mismo silencio que se atisba en los huecos que se forman entre las palabras de un texto. El silencio que habita entre versos y entre desconocidos y entre amantes. Y quien se atreve a seguir caminando, apartando con suavidad la vegetación cada vez más frondosa, es posible, sólo posible, que al dejarse caer por una resbaladiza cuesta en el camino y alcanzar un hueco entre árboles… Es posible que la vea. Aunque sea un instante: un mechón de pelo rubio, o mejor: sus ojos. A ella. Que la vea a ella. Y que desde ese momento sea incapaz, nunca más, de encontrar el camino de vuelta.


V.


18 de febrero de 2016

Forma y vacío

Hola, me llamo , y ayer sucedió un hecho en mi vida que la condicionará para siempre. Soy consciente de ello y, aún agotado, me sobra aire para convencerme de que soy invulnerable, y eso es lo único que me alivia. 
 Soy hijo de nadie. Como tú, y como muchos más, que no me conoceréis. O sí. Y así o sin hacerlo seguirá existiendo un hilo irrompible que une nuestros sueños, siempre inalcanzables. Preso de alguien, de algo, invisible y desconocido ante nuestros ojos. Hijos de nadie, dueños de nada, porque nunca fuimos nadie.
 Alargamos día sí y día también el brazo ansiando alcanzar la libertad que nos desencadene definitivamente de una angustia constante, de un sentimiento de culpa que nos ahoga en el más profundo de los pozos y de un caos interno que nos sumerge en la más vasta oscuridad. Sin ser conscientes de que jamás podremos levantar el grito al cielo al unísono para desahogar y liberar este resentimiento con el que nos llevamos despertando todos los días desde hace ya un tiempo. Abatidos ante una existencia que nos oprime, amedrentados por un futuro inexistente. Destrozados tras tantas guerras internas, cual campo de batalla inundado por el fuego y la sangre de aquellos nadie que en su día soñaron serlo todo.
 Anhelamos sueños hoy, que no serán más que granos de arena en el mañana. Ser siendo todo. Anhelamos una vida en calma, sin miedo y sin dolor. Nos rodean las mismas preocupaciones, pensamos igual sin saber quienes somos. Sabiendo que no somos nadie. Sabiendo que algún día cogeremos un tranvía llamado Deseo, y romperemos con todo para poder desvestirnos de nuestro ser.
F.

29 de enero de 2016

Historias de una edad

Cuarenta-cincuenta
Volvía a casa a las dos de la mañana. Había cogido por los pelos el último tren que pasaba. Me senté en el banco, apoyando la cabeza en la ventana y entrecerrando los ojos. Las puertas del vagón se abrieron. Entraron. Ambos en torno a los cuarenta y muchos, cincuenta y pocos. Ambos morenos. Él alto y muy delgado. Chaqueta azul marino. Ella baja y rechoncha. Abrigo rojo como un pintalabios de Channel. Ella se dejó caer en el asiento de enfrente al mío. Cerró los ojos y copió mi postura. Él se sentó a su lado. Le acarició la cara. Ella, llevada por la ebriedad, le dio un manotazo. Él, llevado por la sobriedad, se acercó a ella, le quitó las gafas muy despacito, se las guardó en el bolsillo, se desabrochó la chaqueta y la arropó con ella. Durante todo el trayecto le acarició el pelo. 

Veinte
Nueve de la noche. Yo había quedado con ella. Metro sesenta y siete. Castaña. Atractiva. Muy bien vestida. Aquel día abrigo de paño largo. Pasaron las horas y llegó él. Metro ochenta. Castaño más claro que el de ella. Pelo corto. Barba. Chándal negro. Ella lo sonrió y lo regañó por vestir así. "¿Qué más te da? Si siempre voy así", contestó. "Eso no es verdad. Con lo guapo que estás con vaqueros y jersey", dijo ella. Se rieron y pidieron mi opinión. "Yo no me meto", dije levantando las manos. Pedimos otra ronda. Me sentía a gusto. Nadie desentonaba en un paisaje en el que todos sabíamos nuestro lugar y nos sentíamos cómodos con él. Contamos anécdotas de nosotras, de los inicios de su relación. Él se levantó y salió a fumar. Nuestra mesa estaba junto a la pared de la calle. Era cristal. Ambos giraron la cabeza para verse. Ambos dieciocho años. Veinte meses juntos. No pararon de mirarse a los ojos ni un instante. 

Treinta-cuarenta
Él cuarenta y un años. Ella treinta y tres. Hace diez se conocieron. En una ciudad pequeña de tranvías y cafés. Hace uno y medio se reencontraron. Es invierno. 25 de diciembre. Están en la arena de la playa. Ella tiene que hacer una sesión de fotos a unas zapatillas para tener trabajo. Se mueve de aquí para allá descalza, sin importarle coger una pulmonía. Él calza un 44. Solo hay de la talla 41. Ella lo mira, se gira, evalúa el terreno de posibilidades. Él la contempla. Saca el móvil. No para de hacerle fotos para guardar el instante. Ella lo sonríe. "¿Me harías un favor?", pregunta. "¿Qué, mi amor?". "¿Te las pondrías un momento para la foto?". Él le devuelve la mirada. La pasea entre la bolsa llena de zapatillas y la tez pálida de ella. "Claro, por qué no". Él se quita sus zapatos y aprieta los pies con todas sus fuerzas. Consigue meterse las zapatillas. Anda sin andar hasta la orilla. Ella lo espera. Le da instrucciones. Él opina. Las comentan. Aportan ideas. Divagan. Se besan.

Sesenta-setenta
Ambos pelo canoso y corto. Él bigote poblado. Un vaquero. Un anorak marrón. Parece cobijarse en la sencillez. Ella tonos neutros: negros. Cadenas y pulseras plateadas. Bolso azul. Ambos en los sesenta avanzados. Caminan por una calle empedrada, casitas bajas, colores cálidos y noche de estrellas. No hay gente en ningún lado. Las luces de las ventanas empiezan a apagarse. Él no habla apenas. Ella cuenta anécdotas y chistes y no para de reír con tono agudo. Caminan sin tocarse, pero a su lado. Llegan a unos escalones que bajan a una plaza. Sin decir una palabra, se acercan. Él le coge la mano. "Ten cuidado", dice muy suave. Ella se agarra. Bajan con paso acompasado. 

Diez
Recreo de un colegio. Día de lluvia. Niños de doce años dentro de los pasillos. Todos juegan a la botella. Ella es morena. Tiene la piel dorada. Sus curvas se empiezan a adivinar bajo el uniforme. Los niños no dejan de mirarla. Él es menudo y muy delgado. El pelo rubio le cubre la cara. Desvía la mirada. Ella se acerca. Él no para de temblar. Sus labios se rozan. Llega una mujer morena y se deshace el juego. 
Cinco años después, ella, castaña, confiesa. "La avisé yo": "¿Por qué lo hiciste?", pregunta su amiga. Ella sonríe, desenfoca la mirada y la pierde entre sus recuerdos. "Porque el siguiente en tener que besarla era el chico que me llevaba gustando seis años". Su amiga le devuelve la sonrisa. 

Cincuenta-sesenta
Vagón de metro. Dos de la tarde. Salida del colegio. Él tiene cincuenta y muchos años. Es calvo. Gafas de pasta. Pantalones con la raya perfectamente planchada. Zapatos limpios. De hebilla. Americana de cuadros inglesa. Bufanda camel. Libro en las manos, suaves, cuidadas. "¿No tienes clase a las tres?", le pregunto. Me mira. Veo un atisbo de sonrisa en la comisura de su labio. "Sí, pero mi mujer se ha encontrado mal esta noche. Voy a casa, le doy un beso y vuelvo a clase".

C.