18 de febrero de 2016

Forma y vacío

Hola, me llamo , y ayer sucedió un hecho en mi vida que la condicionará para siempre. Soy consciente de ello y, aún agotado, me sobra aire para convencerme de que soy invulnerable, y eso es lo único que me alivia. 
 Soy hijo de nadie. Como tú, y como muchos más, que no me conoceréis. O sí. Y así o sin hacerlo seguirá existiendo un hilo irrompible que une nuestros sueños, siempre inalcanzables. Preso de alguien, de algo, invisible y desconocido ante nuestros ojos. Hijos de nadie, dueños de nada, porque nunca fuimos nadie.
 Alargamos día sí y día también el brazo ansiando alcanzar la libertad que nos desencadene definitivamente de una angustia constante, de un sentimiento de culpa que nos ahoga en el más profundo de los pozos y de un caos interno que nos sumerge en la más vasta oscuridad. Sin ser conscientes de que jamás podremos levantar el grito al cielo al unísono para desahogar y liberar este resentimiento con el que nos llevamos despertando todos los días desde hace ya un tiempo. Abatidos ante una existencia que nos oprime, amedrentados por un futuro inexistente. Destrozados tras tantas guerras internas, cual campo de batalla inundado por el fuego y la sangre de aquellos nadie que en su día soñaron serlo todo.
 Anhelamos sueños hoy, que no serán más que granos de arena en el mañana. Ser siendo todo. Anhelamos una vida en calma, sin miedo y sin dolor. Nos rodean las mismas preocupaciones, pensamos igual sin saber quienes somos. Sabiendo que no somos nadie. Sabiendo que algún día cogeremos un tranvía llamado Deseo, y romperemos con todo para poder desvestirnos de nuestro ser.
F.

29 de enero de 2016

Historias de una edad

Cuarenta-cincuenta
Volvía a casa a las dos de la mañana. Había cogido por los pelos el último tren que pasaba. Me senté en el banco, apoyando la cabeza en la ventana y entrecerrando los ojos. Las puertas del vagón se abrieron. Entraron. Ambos en torno a los cuarenta y muchos, cincuenta y pocos. Ambos morenos. Él alto y muy delgado. Chaqueta azul marino. Ella baja y rechoncha. Abrigo rojo como un pintalabios de Channel. Ella se dejó caer en el asiento de enfrente al mío. Cerró los ojos y copió mi postura. Él se sentó a su lado. Le acarició la cara. Ella, llevada por la ebriedad, le dio un manotazo. Él, llevado por la sobriedad, se acercó a ella, le quitó las gafas muy despacito, se las guardó en el bolsillo, se desabrochó la chaqueta y la arropó con ella. Durante todo el trayecto le acarició el pelo. 

Veinte
Nueve de la noche. Yo había quedado con ella. Metro sesenta y siete. Castaña. Atractiva. Muy bien vestida. Aquel día abrigo de paño largo. Pasaron las horas y llegó él. Metro ochenta. Castaño más claro que el de ella. Pelo corto. Barba. Chándal negro. Ella lo sonrió y lo regañó por vestir así. "¿Qué más te da? Si siempre voy así", contestó. "Eso no es verdad. Con lo guapo que estás con vaqueros y jersey", dijo ella. Se rieron y pidieron mi opinión. "Yo no me meto", dije levantando las manos. Pedimos otra ronda. Me sentía a gusto. Nadie desentonaba en un paisaje en el que todos sabíamos nuestro lugar y nos sentíamos cómodos con él. Contamos anécdotas de nosotras, de los inicios de su relación. Él se levantó y salió a fumar. Nuestra mesa estaba junto a la pared de la calle. Era cristal. Ambos giraron la cabeza para verse. Ambos dieciocho años. Veinte meses juntos. No pararon de mirarse a los ojos ni un instante. 

Treinta-cuarenta
Él cuarenta y un años. Ella treinta y tres. Hace diez se conocieron. En una ciudad pequeña de tranvías y cafés. Hace uno y medio se reencontraron. Es invierno. 25 de diciembre. Están en la arena de la playa. Ella tiene que hacer una sesión de fotos a unas zapatillas para tener trabajo. Se mueve de aquí para allá descalza, sin importarle coger una pulmonía. Él calza un 44. Solo hay de la talla 41. Ella lo mira, se gira, evalúa el terreno de posibilidades. Él la contempla. Saca el móvil. No para de hacerle fotos para guardar el instante. Ella lo sonríe. "¿Me harías un favor?", pregunta. "¿Qué, mi amor?". "¿Te las pondrías un momento para la foto?". Él le devuelve la mirada. La pasea entre la bolsa llena de zapatillas y la tez pálida de ella. "Claro, por qué no". Él se quita sus zapatos y aprieta los pies con todas sus fuerzas. Consigue meterse las zapatillas. Anda sin andar hasta la orilla. Ella lo espera. Le da instrucciones. Él opina. Las comentan. Aportan ideas. Divagan. Se besan.

Sesenta-setenta
Ambos pelo canoso y corto. Él bigote poblado. Un vaquero. Un anorak marrón. Parece cobijarse en la sencillez. Ella tonos neutros: negros. Cadenas y pulseras plateadas. Bolso azul. Ambos en los sesenta avanzados. Caminan por una calle empedrada, casitas bajas, colores cálidos y noche de estrellas. No hay gente en ningún lado. Las luces de las ventanas empiezan a apagarse. Él no habla apenas. Ella cuenta anécdotas y chistes y no para de reír con tono agudo. Caminan sin tocarse, pero a su lado. Llegan a unos escalones que bajan a una plaza. Sin decir una palabra, se acercan. Él le coge la mano. "Ten cuidado", dice muy suave. Ella se agarra. Bajan con paso acompasado. 

Diez
Recreo de un colegio. Día de lluvia. Niños de doce años dentro de los pasillos. Todos juegan a la botella. Ella es morena. Tiene la piel dorada. Sus curvas se empiezan a adivinar bajo el uniforme. Los niños no dejan de mirarla. Él es menudo y muy delgado. El pelo rubio le cubre la cara. Desvía la mirada. Ella se acerca. Él no para de temblar. Sus labios se rozan. Llega una mujer morena y se deshace el juego. 
Cinco años después, ella, castaña, confiesa. "La avisé yo": "¿Por qué lo hiciste?", pregunta su amiga. Ella sonríe, desenfoca la mirada y la pierde entre sus recuerdos. "Porque el siguiente en tener que besarla era el chico que me llevaba gustando seis años". Su amiga le devuelve la sonrisa. 

Cincuenta-sesenta
Vagón de metro. Dos de la tarde. Salida del colegio. Él tiene cincuenta y muchos años. Es calvo. Gafas de pasta. Pantalones con la raya perfectamente planchada. Zapatos limpios. De hebilla. Americana de cuadros inglesa. Bufanda camel. Libro en las manos, suaves, cuidadas. "¿No tienes clase a las tres?", le pregunto. Me mira. Veo un atisbo de sonrisa en la comisura de su labio. "Sí, pero mi mujer se ha encontrado mal esta noche. Voy a casa, le doy un beso y vuelvo a clase".

C.





20 de enero de 2016

Enero

Cruzando un camino que bordea la ciudad pasea una chica de jersey claro y pelo moreno perdida en sus pensamientos; por supuesto lleva los cascos puestos, la música alta, el color del sol como acuarela enredado en el mecer de su cuerpo. Alcanza el borde de tu calle y sin decidirse a entrar la observa de lejos, distinguiendo esa puerta de madera que abre tantos sueños. Entonces gira sobre los talones, baja la mirada, y continúa su camino por otro lado, cruzando un puente colgante en medio de una ciudad de sonrisas hasta llegar a una plaza donde esconde entre los dedos el sol poniente y observa una bandada de pájaros y promesas cruzando el cielo para no volver.
Con el sol derritiéndose entre los dedos baja de las nubes y contempla la quietud de la placita. Se imagina, sí, que las cosas siempre ocurriesen como ella desea en el transcurso de sus ensoñaciones diarias. El banco no estaría frío bajo sus manos, porque de ninguna manera hubiese llegado el invierno a su ciudad. Lo contemplaría desde lejos, al invierno; un señor huraño y agotador que tarda siempre demasiado en abandonar las reuniones sociales. Para acudir a esta fiesta nunca le llegaría invitación alguna, eso seguro; y mucho menos una plegada cuidadosamente en el interior de un sobre fino escrito a tinta negra en una letra- por una vez- legible y clara.  La chica fantasea con una larga melena morena siempre limpia y bien peinada; la ropa en el armario plegada, ordenada; la fruta permanentemente fresca. Y por supuesto, tú, bueno, tú estarías a su lado. Pero eso ya es otra historia.
Pasan los minutos por aquel banco frío de ciudad sonriente y curiosamente  el sol no deja de ponerse ni los coches dejan de transitar las calles ni el invierno deja de aparecer para tomar asiento en el mejor sofá y quedarse hasta aburrir a los huéspedes. Y eso que nadie le había invitado.
Ella finalmente se decide a levantarse, pero al alzar su cuerpo su cabeza no le acompaña del todo, puede ser que no esté exactamente donde están sus pies, el caso es que tropieza distraída con sus propios zapatos- y es que vamos a ver, en qué momento se diseñó al ser humano sin alas, sin paz, sin sol, sin bancos de madera térmica que mantienen el calor, sin ti; cómo va a estar mi cabeza aquí, siempre aquí, donde los papeles se pierden, donde nunca encuentro las medias por la mañana, amanezco cansada, me aburren los miércoles, las decisiones, la pena y ¡de verdad! a quién se le ocurrieron todas estas cosas.
Cruzando un camino que bordea la ciudad pasea una chica de jersey claro y pelo moreno perdida en sus pensamientos; quién sabe cuándo regresará.

V.


1 de enero de 2016

2015

El 2015 de CyV. Empieza V y continúa C, pero los párrafos están mezclados. FELIZ AÑO!

Este año he tenido que dejar de correr- para empezar a caminar. Pensé que perder velocidad sería todo desgracia, pero nunca se me ocurrió que al dejar de forzar al máximo la recta final comenzaría a apreciar los detalles más invisibles del camino.

Con cada paso he encontrado algo nuevo. Vi como lo que se acaba al final no se pierde, si uno decide guardarlo dentro y cuidarlo como nunca se cuida a los recuerdos: dándoles únicamente las gracias. Y así descubrí un rostro de niña sonriente reapareciendo en el espejo, y al recordar todos los caminos que parten de lo más hondo del pasado y del corazón encontré el que tenía que seguir recorriendo para no perderla, ni perderme, más.

Este año he aprendido que segundas historias pueden llegar a ser tan buenas como las primeras. He tirado a la basura el miedo a no volver a sentir. He re-descubierto el amor de una manera nueva, y desde que lo he hecho soy más feliz, y más completa, y más auténtica, y más sincera conmigo misma. He dado la espalda a historias furtivas que no me llenan, y he prometido no volver a lanzarme a la piscina hasta no sentir.

He descubierto el tacto que tienen las riendas de mi vida. Me siento más viva que nunca. No solo estoy, sino soy. Soy más consciente que nunca del sonido de mis pasos sobre el camino que he elegido tomar. Suena a gravilla pisada por botas de montaña, a pájaros silbando desde lo alto de fresnos en un valle lleno de historias por sacar a la luz, que quieren de alguien que las explique y las descubra al mundo.

Este año me he topado muchas veces con la felicidad; caminando a mi lado por la ciudad en la que he nacido y crecido, sentada junto a mí a la hora que se pone el sol, cruzando países enteros desde el otro lado del asiento del tren. No sé de dónde se sacan que la felicidad es siempre alegre… A veces ser feliz no es más que verte marchar para saber que vas a volver.

A la tristeza y la ansiedad me las encuentro siempre en el mismo cruce; en el entresijo de la soledad. Sentada en un banco bajo el sol hace pocas semanas escuché una frase que quizás sirva para quien nunca consigue salir del cruce: creer en lo que no se puede ver. Tener certeza de lo que se espera. Respirar hondo y aceptar que lo realmente bello es el misterio que nadie será nunca capaz de resolver.


Me he sentido por primera vez parte del conjunto que es la Tierra. He visto montañas tras ventanas de vagones de tren. He vivido las injusticias intrínsecas al lugar de nacimiento, el repudio de personas hacia sus diferentes, el asco en los ojos, una mano que agarra con fuerza la chaqueta del otro, un grito a las seis de la mañana. He descubierto la curiosidad en los nervios que recorren mi cuerpo, la belleza de un atardecer en los alto de Europa, el frío en la columna vertebral en un avión de vuelta a casa.

Este año he aprendido a vivir por detalles. Si cierro los ojos veo el movimiento inconfundible de unas manos delgadas moverse al hablar; una tarde de verano cerca del mar; una chica siempre sonriente riendo a mi lado. Veo sol, un edredón blanco, un mechón de pelo fino recogido tras la oreja, un mueble de madera israelí. Una taza de té humeante, un pañuelo negro, unas sandalias desgastadas. Cierro los ojos y esté donde esté veo a quien quiero y me quiere, y sé que ahí siempre estarán.

Al encontrarme a la felicidad me confesó que la clave está en dar las gracias; así que allá van. GRACIAS, para empezar, y como siempre, a mi papis por acompañarme en cada trecho de este camino y por no flaquear ni un segundo junto a mí. A Paula por convertirse en parte de mi familia, y a sus padres, Javier y Maribel, por darme un segundo hogar, y a Andrés por ser único. Gracias a Belén, a mi hermano, a las dos Marías, a mis abuelas, mi familia, a Alejandra, a las Hernández, a Grady, a todos. Gracias a Cristina por la complicidad y por entregarte. Gracias a mi Abu por no abandonarme jamás.

Gracias a mis padres por darme el mejor regalo que alguien puede ofrecer: un hogar. Gracias a mis Jander, como siempre, por ser parte de la locura que es compartir toda una vida. Gracias a Pilu por ser mi alma gemela, mi hermana en esta y en tantas vidas que ambas sabemos que compartimos. Gracias a Caracolas, por luchar, luchar y luchar por las cinco, sin rendirse jamás. Gracias a Carlota: a ti te debo cada abrazo después de cada lágrima. Gracias a Maite, ya sé porqué te quiero: por sentirte a gusto en mi tristeza. Gracias a Carlos, como siempre, el Universo no podría haberme puesto un amigo mejor a mi lado. Gracias a mis interraileras por compartir un viaje que he guardado en el corazón. Gracias a mis amigos de la facultad, a Alejandra, a Jorge, a Nando, por ser piezas que hacen más bonita mi vida. Gracias a ti, Simón, por el hilo de plata: lo llevo en el alma. Gracias Calojupe, por ser mi ángel de la guarda.

C y V.




26 de diciembre de 2015

Hogar.

Hogar es la familia en la que naces, pero decides que sea tuya. 
Hogar es la impaciencia de mi padre cada vez que salimos de viaje; contrapunto a la parsimonia de mi madre, con mil bolsas llenas de últimos detalles, que mi padre nunca sabe cómo van a entrar, pero llegan sanos y salvos. 
Hogar es un reencuentro con todos los que hace meses que no veo. El cosquilleo en el pecho porque sé que hay alguien esperándome en la estación; disfrazado, seguramente, entre comentarios de desconocidos que nos toman por locos, pero de eso se trata. Es la puesta a punto de historias dentro del coche, la planificación de los días que nunca se cumplirá. 
Hogar es un barco con rumbo a Cádiz a las 10 de la mañana. Es el viento helado en la cara al salir a cubierta, las risas de dos extranjeros al escuchar que cantamos, las miradas de una nueva incorporación en la familia por vernos en nuestra salsa. Es un desayuno al sol, es un paseo entre calles que conjugan historia y consumismo. Es un mercado lleno de olores de flores, de puestos antiguos con bolsitas de frutos secos, gitanos bailando sevillanas entre margaritas blancas y flores de Pascua, que ahora son rosas. 
Hogar es tumbarnos en el muro del acantilado, en silencio, con el sonido de las olas rompiendo de fondo. Son los entresijos de la ciudad que cuenta mi padre, los ojos entusiasmados de mis primos, la eterna pregunta en el sur de si la manzanilla que uno pide es vino o infusión.
Hogar es la guerra por las tres duchas que hay en casa, el deseo de que aparezca un giratiempo para poder ralentizar los minutos y evadir los gritos que meten prisa. Es el beso de mi madre y mi tía en Nochebuena al Niño Jesús de un nacimiento que lleva toda la vida con ellas, cumpliéndoles sus deseos. Es el ruido del choque de bandejas, la cocina colapsada, la comida y la bebida pasando de mano en mano. Es escuchar por milésima vez la misma anécdota de cada reunión familiar contada por mi padre y mi tío, y seguir riendo en la misma parte de la anécdota. 
Hogar es cenar escuchando de fondo Siempre Así porque la mitad de los que estamos ha pasado los años más felices de su vida en el sur, y la otra mitad veníamos en cada puente que encontrábamos, con el mismo cosquilleo en el pecho al llegar a la estación. 
Hogar son los villancicos de siempre, las panderetas y palmas que acompañan. Es el ritual de mi tío cantando su villancico, o mi madre el suyo, que le emociona de la misma forma año tras año. Es la promesa cada cena de que después saldremos los más jóvenes, y el nunca cumplirlo. 
Hogar son los susurros de mi madre cada vez que nos viene a despertar a mi primo y a mí, muy despacito, desde el marco de la puerta. Es calcular las horas exactas de sueño para no quedarte sin tostadas, o sin tomate y aceite, o sin las tres gotas de café que sobran. 
Hogar es el amigo invisible, que no Papá Noel. Un amigo que es más visible que nunca. Es sentirte el rey de los detalles cuando aciertas de pleno en los gustos de uno de la familia. Es el sonido del papel rasgándose, el temblor de las manos, los ojitos de ilusión, las orejas rojas por ver que han acertado contigo. 
Hogar es el olor agridulce que no se va en todo el día a la mañana siguiente de que haya acabado. Son los abrazos de despedida, llenos de ternura, de la misma forma que hace muchos años, cuando éramos más pequeños y nos protegíamos frente a todo. Es la pena porque ya ha terminado, hay gente que se va a tierras lejanas y otros volvemos a casa; pero, qué casa, si este es nuestro hogar.

C.


9 de diciembre de 2015

Poema a Siria

Tonta de mí
Pensar que  acaso era tuya tu vida
Únicamente por el color determinado
De la caoba de tus ojos;
El vaivén de tus respiraciones;
El peso tornasolado de tus pasos al huir.
Tonta de mí creerte vivo,
Humano,
Ser,
Por el insignificante hecho de tenerte delante
Mirarte a los ojos
Escucharte reír.
Es por mi ingenuidad, quizás,
Que te creí vivo
Cuando en realidad no eras más
Que la línea difuminada
De un horizonte lejano,
Y tu forma ante mí era el polvo rojizo
Que cubría la sangre del suelo de aquel país del que dijiste huir;
Pero cómo vas a huir, si vivo no estás;
Ciudadano no eres;
Y este mundo de estancias cerradas
Difícilmente es lo suficientemente amplio
Para alojar la suma completa de tu persona.
Tonta de mí por creerme
Tu mirada
Tu aliento
Tu esperanza
Tonta por creer que tu vida valiera más
Que tu nombre en el papel.

V.



24 de noviembre de 2015

Por mí y por todos mis compañeros

  Yo esto lo hago por mis amigos y todos esos pactos tácitos que no hizo falta firmar, incluso antes de conocernos. Por los que estuvieron, están y estarán. 
Lo hago por los de la infancia, con los que compartí ceras manchadas de Actimel, pilla-pillas por el patio del colegio, misiones secretas para robar pan en el comedor cada día, y chocolatinas los viernes. Con los que hacía tratos, cuanto menos injustos, en los que comía sus lentejas a cambio de que terminaran el yogur que me daba arcadas. Con los que viví (y sobreviví) a las funciones de Navidad, disfrazados de ovejas, abetos, gitanos, pastores, estrellas y todo tipo de personajes del repertorio familiar. Con los que salí impune del momento de gloria (o desgracia, casi siempre) que era cantar un sólo en medio de clase, para probar la voz para el villancico de ese año. Con los que decidí poner nuevos motes a los profesores, y acepté, pasado un día, usar los que llevaban años instaurados; como manda la costumbre y no-rebeldía del colegio.
  Con los que me daba collejas, jugaba a polis y cacos, y corría hasta la extenuación para conseguir saber "quién estaba por quién", con una respuesta que, por supuesto, no era la esperada. Con los que torcerse un pie era el mejor trofeo porque ibas al hospital en el recreo y cuando volvías eras famoso durante el minuto que quedase de día. Por los que no tengo idea de su color preferido, pero sí de quién estuvieron enamorados durante toda la Primaria, por una notita que se encontraba en el estuche, se comentaba en susurros junto a la papelera de clase, y se zanjaba el tema; porque a los amigos que invitabas a dos cumpleaños seguidos no se los delataba (en público), ley esencial nº 1. Con ellos crecí. Con ellos crezco. Sé que con ellos creceré. 
  Nos vemos una vez al año, si hay suerte, dos, porque te encuentras en la papelería de siempre donde de pequeños comprábamos la goma-sacapuntas de Mapped, que era la única buena y válida. Nos vemos una vez al año y es bonito así. Cargamos la mochila con miles de historias que nos han pasado, que en un primer momento no pensamos ni en contárselas, y nada más vernos salen de la nada, como si la cremallera estallase ante su mera presencia. Y hablamos y opinamos, de esa manera en que se habla y se opina cuando hay tanta confianza, que regañas y te emocionas como si fueras su hermano porque en realidad son eso, familia. Y luego bailamos y reímos mucho, y escuchamos canciones que quizá normalmente daría vergüenza poner ante otro público, pero ahora no hay vergüenza ni público, solo nosotros. Y luego nos vamos, normalmente enfadados, porque en todas las familias hay discusiones y maldiciones. Y al día siguiente nos escribimos, emocionados e ilusionados, olvidando el mal de ojo echado la noche anterior, y hacemos promesas de vernos una vez al mes por lo menos. Y luego lo incumplimos, siguiendo el juramento que hacíamos de pequeños de darnos la mitad del bocadillo en el recreo, que luego comíamos a toda prisa en el baño antes de bajar porque un tesoro jamás se comparte. 
  Y pasa un nuevo año, y cargamos la mochila de otras historias, y el ciclo se repite. Poco a poco construimos entre todos un hogar, sin saberlo, en el que una ausencia se nota mucho porque falta la torpeza de uno, el chiste del otro, y la impuntualidad de uno, y la glotonería del otro. Esas características que solo sabemos nosotros, que otros creen saber, que las han vivido tan pocas veces que solo llegan a quejarse y no las aprecian. 
C.