Hace algunos años me creía la reina del mundo; lo estaba descubriendo y todas las opciones se expandían por mi mano como un universo infinito que nunca terminaría. Estaba en la cúspide y no escuchaba a nadie que llevase la contraria a mis pensamientos. No por orgullo, sino por humanidad. Descubría por mi cuenta aunque doliese, como si no fuese más fácil aceptar que quizá había alguien con una vida un tanto más larga que la mía. Tenía el poder de ser todo y la posibilidad de acabar en nada. Luego me enfadaba cuando alguien no seguía mis consejos, cuando solo oían mi voz, pero no la escuchaban. Pensaba que al no tomar mis advertencias, las personas no confiaban en mí. Elucubraba en mi cabeza sin darme cuenta de que yo era la primera que huía por completo de lo que los demás me dijeran.
Con el tiempo me he topado con situaciones en las que lo he pasado realmente mal cuando he tenido que susurrar un mítico "te lo dije" de forma casi inaudible. Ver a personas que quieres pasar por situaciones parecidas a las tuyas pudiendo haberlo evitado te rompe por dentro. La clave está en que nunca lo habrías podido evitar por mil kilos de voluntad que hubieses puesto al asunto.
He aprendido que las amistades, el amor, el hecho de querer a las personas no se trata de arrasar sus vidas. Ni de llevarlas a tu terreno, o de intentar influir en ellas creyéndote poderoso. No se trata de corregir ni de hablar pensando que te van a escuchar. Normalmente solo oímos porque creemos tener la respuesta correcta en esas opciones desplegadas en nuestra mano. Tampoco se trata de cambiarlas; las personas no cambiamos, es nuestra esencia la que evoluciona en base a nuestra experiencia.
Ya no me miento pensando que tengo el poder sobre alguien y es que existe una línea muy fina que he aceptado no pasar. Una línea que divide al individuo de su sociedad. Una línea que algunos llaman privacidad. Tras esa línea está la vida que nos pertenece por completo. Nuestros errores, nuestras caídas, nuestros aciertos. Nuestros encuentros y desencuentros. Ahí está guardada la libertad para arriesgar. Libertad que protegemos con celo; no intentes cortar las alas a nadie. Ya no pienso que permanecer al lado en silencio supone resignarme o perder la partida. Es todo lo contrario: supone ganar, transmitir confianza y no autoridad. Es proteger, pero no frenar. Reforzar y nunca forzar. Apoyar. Amar.
C
Con el tiempo me he topado con situaciones en las que lo he pasado realmente mal cuando he tenido que susurrar un mítico "te lo dije" de forma casi inaudible. Ver a personas que quieres pasar por situaciones parecidas a las tuyas pudiendo haberlo evitado te rompe por dentro. La clave está en que nunca lo habrías podido evitar por mil kilos de voluntad que hubieses puesto al asunto.
He aprendido que las amistades, el amor, el hecho de querer a las personas no se trata de arrasar sus vidas. Ni de llevarlas a tu terreno, o de intentar influir en ellas creyéndote poderoso. No se trata de corregir ni de hablar pensando que te van a escuchar. Normalmente solo oímos porque creemos tener la respuesta correcta en esas opciones desplegadas en nuestra mano. Tampoco se trata de cambiarlas; las personas no cambiamos, es nuestra esencia la que evoluciona en base a nuestra experiencia.
Ya no me miento pensando que tengo el poder sobre alguien y es que existe una línea muy fina que he aceptado no pasar. Una línea que divide al individuo de su sociedad. Una línea que algunos llaman privacidad. Tras esa línea está la vida que nos pertenece por completo. Nuestros errores, nuestras caídas, nuestros aciertos. Nuestros encuentros y desencuentros. Ahí está guardada la libertad para arriesgar. Libertad que protegemos con celo; no intentes cortar las alas a nadie. Ya no pienso que permanecer al lado en silencio supone resignarme o perder la partida. Es todo lo contrario: supone ganar, transmitir confianza y no autoridad. Es proteger, pero no frenar. Reforzar y nunca forzar. Apoyar. Amar.
C
No hay comentarios:
Publicar un comentario