
Hay algo de las estaciones que me encanta. Permanecería durante todo mi tiempo en ellas. Bueno, quizá no todo mi tiempo, quizá toda mi existencia. Tienen ese aura de misterio que las hace tan atrayentes que uno deja de tener miedo. Cientos y miles de personas se concentran ahí. Cada una diferente. Cada una particular. Es brutal. Siempre me entra un escalofrío por todo el cuerpo y una voz me dice "quédate y observa". Quizá la chica de al lado que llora lo hace porque su novio la ha dejado. O quizá porque no puede más con la presión de un mundo que gira a un ritmo desproporcionado. Quizá el hombre que salta y que corre lo hace porque pierde un tren. O quizá porque necesita encontrar la energía por la vida que ha perdido hace tanto tiempo que no se acuerda ni de quién fue. Quizá la señora mayor que hay sentada junto a las tortugas de Atocha está sola porque su marido se murió. O quizá lo está esperando. No lo sé. Nadie lo sabe. Esa es la magia. El misterio. La incógnita. La
vida.
Me subo a un autocar. Trayecto Madrid-Salamanca, para ser más concretos. La gente habla. Grita. Se besa. Pelea. Estornuda. Los coches pasan a nuestro lado. El viento silba. Las ruedas hacen ese ruido extraño al tocar las líneas de peligro. Todo es barullo. Ruido.
Vida.
Me pongo música y desconecto el móvil. Me apoyo en la ventana. Cierro la cortina. Me oculto del barullo y del ruido, pero no de la
vida. Miro la carretera. Un coche pasa, silba, gira. Una extensión de campo me mira a lo lejos. Hay un cartel en ella.
Haz algo bueno al día o cállate.
Y sí, la
vida. C.
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