17 de noviembre de 2015

España

Yo no sabía
Que mi país era una mujer morena,
Pelo oscuro hasta la cintura,
La risa clara, y aún entre sollozos
Sabiendo aclararse la garganta
Y entonando la voz para hacerse oír
Por encima del ruido cansado de la tierra,
El color roto de las ausencias de su pelo y piel.
Quien diría que mi país
Es una chica delgada y una guitarra
En un anfiteatro que contiene la respiración
Cuando ella pronuncia un 'contigo' en susurros,
Cuando ella llora, cuando ella sonríe,
Cuando se marcha con el corazón en un puño
Y reaparece como el sol de julio, tan lento,
Tan rojo, escarlata, una explosión,
Un quejido carmesí de garganta profunda
Y un alma más profunda aún.

V.


10 de noviembre de 2015

Burn to born

Soy el nudo en la garganta al recibir una noticia triste, la presión en el pecho cuando crees no salir del ahogo al que está sometido tu cuerpo. Soy el pinchazo detrás de los ojos al despertar después de haber caído dormido llorando; el latido en las sienes al llorar. Soy la ráfaga eléctrica en el esternón previa a una intuición; el vuelco que da el estómago cuando se cumple.
Soy el frío y sudor de manos, el temblor de piernas, el zumbido en los oídos que anuncia la ira. Soy el escalofrío en la nuca que precede al miedo. Soy el abandono del cuerpo después de un vómito; el peso previo a un desmayo.
Soy el cosquilleo detrás de los lóbulos de las orejas anterior a un beso; el hormigueo en el pecho previo a un contacto corporal. Soy la presión en las venas de la muñeca al ponerte nervioso; el enrojecimiento del cuello que delata tu vergüenza. Soy la garganta seca cada vez que mientes, la lengua pastosa cuando la mentira sale a la luz.
Soy la gota de sudor fresco que recorre tu cuero cabelludo cuando esperas una respuesta. Soy tu respiración entrecortada, a través de la boca, cuando el mundo ya no es mundo y se asoma la ansiedad. Soy el desconocido que te cruzas en la esquina, que devuelve una mirada que no es suya, sino tuya. Soy la aguja en los pulmones que se clava dura cada vez que la culpa acecha a tu puerta.
Soy todas las señales que muestras inconsciente. Soy tú. Soy quien participa de tus reacciones. Soy ellas. Soy quien te conoce porque te comprende, y al comprenderte formo parte de ti. Soy tu nimio control sobre ti mismo. Soy el aire que respiras; el aire que te marea cada vez que me intentas atrapar. 
Soy la asunción de tu cuerpo como materia que refleja tu esencia. Soy la conexión entre mundos, que quemas, y no prende. 
C.



 (photo: @maitedeorbe)

4 de noviembre de 2015

Tell me

Cuéntame una historia.
Háblame  del recorrido rutinario desde tu casa al vagón de tren en un miércoles de abril templado, tus pasos en la acera, el color del abrigo de ese hombre de melena canosa y mirada perdida que espera a cruzar en el otro lado del paso de cebra. Descríbeme el agridulce olor a lluvia que inundó tu cocina aquel día en el que te dejaste la ventana abierta y encontraste el alfeizar desbordado y las cortinas empapadas. Cuéntame la expresión de cara que se le dibuja a la persona que más quieres cuando se enfada; explícame detalladamente la ocasión en que sin poder evitarlo se te deslizó el jarrón de porcelana japonesa milenaria de tu tía abuela entre los dedos y escaleras abajo.  ¿Cuál fue el estruendo que repicó por todo el descansillo al resquebrajarse en mil pedazos? ¿Qué gritó la tía abuela?
Quiero escuchar el recuerdo de la casa en la que creciste de niño; el temblor irrefrenable que atenazó tus rodillas la primera vez que condujiste un coche calle abajo con la voz de tu padre abriendo camino entre farolas y bordillos. Quiero saber qué pensaste de él el primer día que le viste, y qué sientes al cruzarte por la calle con un extraño que lleva su perfume.
Cuéntame miles de historias: qué le ocurrió a la señora libanesa que conociste por casualidad en el portal de la casa de la playa cuando perdiste las llaves y no había nadie dentro para abrirte; de qué color era la cinta de su bañador mojado; en qué empresa de dispositivos electrónicos a punto de quebrar trabajaba su marido. Háblame de la manera en la que se curva a la izquierda la calle que mejor conoces; de cómo él aprieta la mandíbula sonriendo únicamente con los ojos, de su aire sarcástico; de la silueta de la ciudad con la que sueñas cada mediodía al cerrar la mano en torno  a la barra del metro y cerrar los ojos con un suspiro.

Cuéntame, sí, nárrame el peso del aburrimiento: el tedio de la rutina, a mí alrededor no pasa nada que quepa mencionar, me marcho lejos, porque aquí, aquí no pasa nada que valga la pena contar. O mejor: dime cómo abriste los ojos y te diste cuenta de que la historia está aquí, ahora, y no allá, entonces. Que empieza cada mañana con el sonido de las persianas alzándose en el cuarto de tu madre, que empieza aquí, que empieza ahora.

V.




25 de octubre de 2015

Me mueve el aire

Cuando era pequeña mi súper poder preferido era ser invisible. Me parecía la pera evitar que la gente me viera, meterme entre las calles y poder explorar el mundo a mis anchas, cotilleando todas las conversaciones que me apeteciesen y contemplando a todos y cada uno de los amores platónicos que tenía (y sigo teniendo). Eso de la teletransportación lo veía como una tontería. ¿Para qué querría yo teletransportarme si podía coger un avión e irme a donde quisiera?
Luego pasó el tiempo y, así como dejé de querer ser astronauta y defensa de fútbol, dejé de ansiar la invisibilidad. Me di cuenta de que las cosas siempre se sienten mejor cuando se hace con todo el cuerpo. Presente. Eso de la cobardía y el esconderme ya no era para mí.
Pasé muchos años sin súper poder favorito. Desde que renuncié a la invisibilidad no se me ocurría nunca una respuesta cada vez que me preguntaban.
Ahora me he hecho más mayor y, únicamente a excepción de los viajes en tren con amigos durante horas y horas, escogería viajar cada vez que quisiera con solo pensarlo.
Elegiría uno de esos días en los que la casa está sola. A eso de la cuatro de la tarde. Con el rayo de luz que entra directamente en mi habitación cuando estoy sentada en mi cama y apoyada en la ventana. Con el aire en la nuca y mirando a ninguna parte y a todas al mismo tiempo. Cerraría los ojos muy despacio, inspiraría y PAF, me desvanecería en el aire.
Primero aparecería en Argentina. Desde que decidí convertirme en su fanática número uno siempre siempre he querido ir. La recorrería de norte a sur. Pasando desde Buenos Aires hasta cada rincón de Bariloche. Exploraría todo el Mar del Plata. Y me perdería entre praderas y praderas de La Pampa.
Volvería a cerrar los ojos y me iría a la costa de México. Pero no a la grande. No a Playa del Carmen ni a Tulum. Me escondería en una aldea dentro de bosques, entre gentes amables, naturaleza que sigue su propio curso y mucha paz. Y me llevaría a amigos conmigo. O los haría en el camino. Da igual.
Y seguiría cerrando ojos. Y desvaneciéndome con suspiros. Y aparecería en el interior de cada libro que alguna vez quise explorar. En los paisajes del mundo de Idhún, en las escaleras interminables de Howarts; subiría al Olimpo, pero al de Percy, al que está en la cumbre del Empire State. Me colaría entre los decorados de Casi Ángeles, entre cada aula del Mandalay. Y en esa habitación de madera, de colchas claras, luces chiquitas y velas blancas que cuelgan del techo, y un rincón para hacer perfumes. Con ese reloj que esconde la llave a la Isla de los Niños Felices. Eudamón.
Y después, solo después de haber inspirado y guardado muy despacito cada sensación, volvería a casa. Cerraría de nuevo los ojos, mientras el rayo de sol me rozara la cara y el viento me acariciara la nunca, para sentir que, como diría Silvia, a mí me mueve el aire y que es en él donde quiero estar.
C.
           

             

20 de octubre de 2015

Si fuese un camaleón


Sentada en mi cama a las 20:42 de un martes de otoño griposo, rodeada de mantas y agobiada por el calor de la calefacción, no puedo evitar envidiar a los camaleones.

Si fuese un camaleón a estas horas de la noche me repeinaría la melena con gomina y me trajearía impoluto, mezclándome con la sociedad más exquisita de un cocktail iluminado por la luz de falsas luciérnagas de vidrio florentino. Pasearía serio entre la multitud sin dudar de mi aspecto comedido, atractivo, elegante. Bailaría moviendo únicamente los pies durante toda la velada, y al asomar los primeros bostezos en los labios finos de las mujeres agarraría mi capa oscura y me marcharía por la verja de hierro del jardín. Habiendo dejado tras de mí un perfume ambiguo que quedaría permanentemente grabado en la mente de esa silueta que me observa marchar con su corazón entre los pliegues del traje, arrancaría sutil el motor y desaparecería como una sombra en la oscuridad.

Si fuese un camaleón a esas horas de la madrugada salpicaría mi cara morena con agua de un barreño y contemplaría mi expresión de gitana en el espejo roto de un baño iluminado por la luz clara del amanecer. Me pasaría un dedo fino por el cuello, por el pelo negro, por el hombro. Acariciaría el tacto caliente de mi soledad de noche estrellada y escucharía resonar en mi cabeza un taconeo y una guitarra, un corazón que late. Entonces marcharía por la puerta con el alma en la mano y la sombra del campo dibujado como acuarela ante mis ojos.

Y si fuese un camaleón, cruzaría el campo para llegar al mar. Me fundiría con una ciudad de puentes colgantes, sería una pareja anciana dada de la mano en el porche, sería la cal de las paredes, el movimiento inconstante de los paseantes, todas las tonalidades de color que se funden para pintar el otoño. Si fuese un camaleón…

Sentada en mi cama a las 20:59 de un martes de otoño griposo, rodeada de mantas y agobiada por el calor de la calefacción, me escuece la piel por querer pertenecer a muchos otros cuerpos, a muchos otros corazones, a muchas otras vidas.

 V.

11 de octubre de 2015

Yo quiero, sí, quiero

Yo quiero un amor para toda la vida; de los de cuentos de hadas, no princesas. De los que emana energía por todos los caminos que se puedan elegir. Y luz. Y vida. De los de miradas que contienen palabras, de frases no dichas, de los que solo hace falta sentir para saber. De los de cabeza inclinada, sonrisa y suspiro que se escapan. De los fieles. Compañeros de vida. De los de orgullo por la existencia compartida, por olores y canciones y películas y frases y sabores y sonidos que solo hablen de dos. De los de dar la mano y sentirte dentro de su corazón, aferrarse a él despacito, con cuidado, que no se rompa, que se quede junto a mí. De los de lazo de plata, algo invisible, que lleva al alma del otro. De los que unen, no atan, deciden quedarse. De los que rompen con miedos, con planes alternativos, con agobios y cadenas. De los de un hijo por año, veinte perros, cien viajes, y un jeep para explorar el mundo en carretera y mochila. De los de serie los lunes, picnic los martes, libros los miércoles, siesta los jueves, baile los viernes, cena los sábados, cine los domingos. Y amor todos los días. De los de rutinas no rutinadas, de tradiciones entendidas, compromisos tácitos, ser y estar. 
Yo quiero un amor para toda la vida; de los de cuentos de hadas, no princesas...
C.




5 de octubre de 2015

Amor se escribe con V, de vida.

Y te preguntarás si creo en el amor libre, 
Si me he vuelto loca, o si no sé lo que estoy diciendo 
Y te preguntarás si quiero eso, o es un modo de protegerme
Y te preguntarás si lo hago para parecer madura y entendida 
Y te preguntarás si lo hago para ponerte a prueba, 
Si lo hago con expectativas de que me digas que conmigo te basta 
Y yo te responderé no muy segura 
Con muchas dudas y mucho miedo: 
Que no no quiero compartirte, 
Que te quiero para mí, y que a mí me basta contigo y nadie más 
Pero prefiero compartirte, que ser engañada
Porque es ahí, cuando engañas, cuando mientes
Es ahí cuando empiezas a dejar de respetarla.
Cuando dejas de admirarla
Cuando empiezas a verla con pena y no con amor.
Cuando empieza a importarte menos que antes, 
Y cuando el amor se agota poco a poco, porque piensas lo estúpida que es. 

...Y es que no se trata de que yo no confié en ti 
Se trata de que tu no confías en ti.

Cuando no puedo dormir escribo sobre mis miedos y sobre él.

M, colaboradora.