Lo echa de menos y las
pistas de su cuerpo le piden que aterrice en ellas con besos, de esos
que le daba en días de hielo y los volvían eternos. Lo echa de
menos y su mirada se pierde entre parejas que bailan, que sueñan,
que aman y no hablan; entre semáforos en ámbar expectantes a que
huya, indecisos de su propia decisión. Lo echa de menos y su risa
revive con la llegada del invierno, ese que tanto le gustaba por su
frío y sus vientos, ese que hacía que los susurros fuesen fuego en
sus oídos y convertía las noches en momentos de anhelo. Lo echa de
menos y no sabe decirle a sus ojos que paren de llorar, que el agua
se la deja a esa lluvia que tanto los hizo bailar; siempre habían
ido a contracorriente del río. Lo echa de menos y sus versos se
confunden con veneno que se disfraza de depredador ávido de sangre y amor, que hiere, pero no mata, que le tiende el abrazo, pero no le da caza.
C.
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