Mi
nombre es 5.500, pero podéis llamarme Radar y sí, soy uno de los
cientos de cacharros que recorren vuestras carreteras humanas. Sí,
soy ese por el que todos os quejáis y sí, soy ese por cuyos ojos
han pasado más
muertes de las que me gustaría recordar.
Lo
malo de mi profesión creo que es el hecho de permanecer impasible
mientras pasan todos los imprevistos de la carretera, la frustración
que supone ver avecinarse el desastre y no poder hacer nada, la
impotencia de sentir cómo un manto de nubes grises va a apagar la
brillante vida de un persona y no poder advertírselo. Podéis recriminarme cosas, pero no que sea feliz o que esté
orgulloso de mí mismo porque no, os aseguro que no lo estoy. Pero
bueno, vayamos al grano, que por lo general el dramatismo se lo dejo
a los carteles de avisos por radar que nos hacen la competencia a mis
colegas y a mí. Si hoy me he decidido a contar esto es porque
Jocelyn me lo pidió el día que salió del hospital y no me pude
negar. No se acuerda de nada. Por lo visto, según dice, las víctimas
de un accidente bloquean los recuerdos de todo aquello que los ha
hecho sufrir y yo la creo, o eso intento, así que aquí me dispongo
a contar su historia.
Querida
Jocelyn, todo sucedió el 20 de mayo de esa tarde primaveral que
espero que algún día puedas recordar. Estaba el tráfico tranquilo.
Apenas pasaban coches por delante de mí y los pocos que lo hacían
iban tan deprisa que mis ojos solo estaban puestos en capturar sus
matrículas para enviárselas a los peces gordos del negocio del
tráfico. Era todo tan normal, tan ordinario, que apenas tuve tiempo
de dejar de mirar para empezar a ver lo que se avecinaba. Porque a
veces mirar no es lo mismo que ver y esa tarde te puedo asegurar que
se abrió un abismo insalvable entre ellos. Estaba tan enfrascado en
mirar que apenas pude ver por el rabillo del ojo cómo tu Fiat se
estrellaba contra el árbol situado al lado del carril izquierdo, de
mi carril opuesto. Casi no vi cómo tu Fiat quedaba reducido a una
masa de metal, apenas vi cómo tu airbag te abandonaba para quedarse
dentro de su casa, parecía que ahí estaba mejor.
Tu
coche se asemejaba a un puzzle al que le falta una pieza, un libro
sin puntos, una poesía sin versos. El coche había perdido algo y
ese algo eras tú. Minutos después, cuando los coches dejaron de
pasar y dejé de mirar, centré mi vista en ti y vi, te vi. Vi una
mancha pelirroja más roja de lo normal, había sangre goteando por
uno de tus rizos. Tenías la cabeza sobre el volante y tu pelo tapaba
tu cara como una madre que esconde a su bebé, protegiéndolo,
cuidándolo. No te movías, ni si quiera parecías darte cuenta de
que el humo del motor se estaba colando por el interior de tu coche,
se estaba apoderando de tu mundo, de ti. Yo no hice nada, no pude
hacer nada. Te prometo que quise correr, quise llegar, entrar,
decirle al humo que se fuera, que nadie lo había invitado a entrar
en tu vida, pero no pude. Había pasado un coche a 150 kilómetros
por hora y mis ojos, una vez más, contra mi propia voluntad, se
habían girado para captar su matrícula; aunque mi cabeza siguió
puesta en la mancha pelirroja de la que manaba sangre y el humo que
se cernía sobre ella.
Te
aseguro que quise girarme, verte, ayudarte, pero los peces gordos no
me dejaron. Controlaban todo, absolutamente todo.
PD: Importante. Ha salido ya la beca para hacer el curso de escritura que he hecho durante todo este año. Lo imparte la ECH (Escuela Contemporánea de Humanidades). No se necesita tener estudios en literatura ni demás, simplemente ilusión y ganas de aprender. Es algo más que un mero curso friki de escritura, te cambia la vida y la forma de ver el mundo. Tampoco se necesita que tu economía vaya mejor o peor, es una beca que conceden al mérito y a la ilusión. En fin, os dejo el link de la página web por si a alguno le da por meterse. Lo recomiendo. Volvería a repetirlo una y mil veces.
C.
Muy grande C
ResponderEliminar¡Acabo de ver tu comentario, bichillo! Gracias y gracias, viajera de mis amores.
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