25 de octubre de 2015

Me mueve el aire

Cuando era pequeña mi súper poder preferido era ser invisible. Me parecía la pera evitar que la gente me viera, meterme entre las calles y poder explorar el mundo a mis anchas, cotilleando todas las conversaciones que me apeteciesen y contemplando a todos y cada uno de los amores platónicos que tenía (y sigo teniendo). Eso de la teletransportación lo veía como una tontería. ¿Para qué querría yo teletransportarme si podía coger un avión e irme a donde quisiera?
Luego pasó el tiempo y, así como dejé de querer ser astronauta y defensa de fútbol, dejé de ansiar la invisibilidad. Me di cuenta de que las cosas siempre se sienten mejor cuando se hace con todo el cuerpo. Presente. Eso de la cobardía y el esconderme ya no era para mí.
Pasé muchos años sin súper poder favorito. Desde que renuncié a la invisibilidad no se me ocurría nunca una respuesta cada vez que me preguntaban.
Ahora me he hecho más mayor y, únicamente a excepción de los viajes en tren con amigos durante horas y horas, escogería viajar cada vez que quisiera con solo pensarlo.
Elegiría uno de esos días en los que la casa está sola. A eso de la cuatro de la tarde. Con el rayo de luz que entra directamente en mi habitación cuando estoy sentada en mi cama y apoyada en la ventana. Con el aire en la nuca y mirando a ninguna parte y a todas al mismo tiempo. Cerraría los ojos muy despacio, inspiraría y PAF, me desvanecería en el aire.
Primero aparecería en Argentina. Desde que decidí convertirme en su fanática número uno siempre siempre he querido ir. La recorrería de norte a sur. Pasando desde Buenos Aires hasta cada rincón de Bariloche. Exploraría todo el Mar del Plata. Y me perdería entre praderas y praderas de La Pampa.
Volvería a cerrar los ojos y me iría a la costa de México. Pero no a la grande. No a Playa del Carmen ni a Tulum. Me escondería en una aldea dentro de bosques, entre gentes amables, naturaleza que sigue su propio curso y mucha paz. Y me llevaría a amigos conmigo. O los haría en el camino. Da igual.
Y seguiría cerrando ojos. Y desvaneciéndome con suspiros. Y aparecería en el interior de cada libro que alguna vez quise explorar. En los paisajes del mundo de Idhún, en las escaleras interminables de Howarts; subiría al Olimpo, pero al de Percy, al que está en la cumbre del Empire State. Me colaría entre los decorados de Casi Ángeles, entre cada aula del Mandalay. Y en esa habitación de madera, de colchas claras, luces chiquitas y velas blancas que cuelgan del techo, y un rincón para hacer perfumes. Con ese reloj que esconde la llave a la Isla de los Niños Felices. Eudamón.
Y después, solo después de haber inspirado y guardado muy despacito cada sensación, volvería a casa. Cerraría de nuevo los ojos, mientras el rayo de sol me rozara la cara y el viento me acariciara la nunca, para sentir que, como diría Silvia, a mí me mueve el aire y que es en él donde quiero estar.
C.
           

             

20 de octubre de 2015

Si fuese un camaleón


Sentada en mi cama a las 20:42 de un martes de otoño griposo, rodeada de mantas y agobiada por el calor de la calefacción, no puedo evitar envidiar a los camaleones.

Si fuese un camaleón a estas horas de la noche me repeinaría la melena con gomina y me trajearía impoluto, mezclándome con la sociedad más exquisita de un cocktail iluminado por la luz de falsas luciérnagas de vidrio florentino. Pasearía serio entre la multitud sin dudar de mi aspecto comedido, atractivo, elegante. Bailaría moviendo únicamente los pies durante toda la velada, y al asomar los primeros bostezos en los labios finos de las mujeres agarraría mi capa oscura y me marcharía por la verja de hierro del jardín. Habiendo dejado tras de mí un perfume ambiguo que quedaría permanentemente grabado en la mente de esa silueta que me observa marchar con su corazón entre los pliegues del traje, arrancaría sutil el motor y desaparecería como una sombra en la oscuridad.

Si fuese un camaleón a esas horas de la madrugada salpicaría mi cara morena con agua de un barreño y contemplaría mi expresión de gitana en el espejo roto de un baño iluminado por la luz clara del amanecer. Me pasaría un dedo fino por el cuello, por el pelo negro, por el hombro. Acariciaría el tacto caliente de mi soledad de noche estrellada y escucharía resonar en mi cabeza un taconeo y una guitarra, un corazón que late. Entonces marcharía por la puerta con el alma en la mano y la sombra del campo dibujado como acuarela ante mis ojos.

Y si fuese un camaleón, cruzaría el campo para llegar al mar. Me fundiría con una ciudad de puentes colgantes, sería una pareja anciana dada de la mano en el porche, sería la cal de las paredes, el movimiento inconstante de los paseantes, todas las tonalidades de color que se funden para pintar el otoño. Si fuese un camaleón…

Sentada en mi cama a las 20:59 de un martes de otoño griposo, rodeada de mantas y agobiada por el calor de la calefacción, me escuece la piel por querer pertenecer a muchos otros cuerpos, a muchos otros corazones, a muchas otras vidas.

 V.

11 de octubre de 2015

Yo quiero, sí, quiero

Yo quiero un amor para toda la vida; de los de cuentos de hadas, no princesas. De los que emana energía por todos los caminos que se puedan elegir. Y luz. Y vida. De los de miradas que contienen palabras, de frases no dichas, de los que solo hace falta sentir para saber. De los de cabeza inclinada, sonrisa y suspiro que se escapan. De los fieles. Compañeros de vida. De los de orgullo por la existencia compartida, por olores y canciones y películas y frases y sabores y sonidos que solo hablen de dos. De los de dar la mano y sentirte dentro de su corazón, aferrarse a él despacito, con cuidado, que no se rompa, que se quede junto a mí. De los de lazo de plata, algo invisible, que lleva al alma del otro. De los que unen, no atan, deciden quedarse. De los que rompen con miedos, con planes alternativos, con agobios y cadenas. De los de un hijo por año, veinte perros, cien viajes, y un jeep para explorar el mundo en carretera y mochila. De los de serie los lunes, picnic los martes, libros los miércoles, siesta los jueves, baile los viernes, cena los sábados, cine los domingos. Y amor todos los días. De los de rutinas no rutinadas, de tradiciones entendidas, compromisos tácitos, ser y estar. 
Yo quiero un amor para toda la vida; de los de cuentos de hadas, no princesas...
C.




5 de octubre de 2015

Amor se escribe con V, de vida.

Y te preguntarás si creo en el amor libre, 
Si me he vuelto loca, o si no sé lo que estoy diciendo 
Y te preguntarás si quiero eso, o es un modo de protegerme
Y te preguntarás si lo hago para parecer madura y entendida 
Y te preguntarás si lo hago para ponerte a prueba, 
Si lo hago con expectativas de que me digas que conmigo te basta 
Y yo te responderé no muy segura 
Con muchas dudas y mucho miedo: 
Que no no quiero compartirte, 
Que te quiero para mí, y que a mí me basta contigo y nadie más 
Pero prefiero compartirte, que ser engañada
Porque es ahí, cuando engañas, cuando mientes
Es ahí cuando empiezas a dejar de respetarla.
Cuando dejas de admirarla
Cuando empiezas a verla con pena y no con amor.
Cuando empieza a importarte menos que antes, 
Y cuando el amor se agota poco a poco, porque piensas lo estúpida que es. 

...Y es que no se trata de que yo no confié en ti 
Se trata de que tu no confías en ti.

Cuando no puedo dormir escribo sobre mis miedos y sobre él.

M, colaboradora.


20 de septiembre de 2015

Within hearts

En mi realidad paralela camino siempre por calles de ventanas entreabiertas y hiedra creciendo sobre paredes del tono pastel más texturado del catálogo, dejando mecer mi cuerpo al son de una brisa leve y una luz permanentemente ladeada; de amanecer o atardecer. Huele a primavera, a otoño, a transición. En esta realidad se percibe todo muy intensamente, parece que en cualquier momento el corazón estallará buscando donde expandirse más allá del entramado de círculos concéntricos que plagan la atmósfera cuando la contemplo pensando en aquel cohete que despegó para nunca regresar. Tras bajar la mirada de entre las nubes y contener el corazón en la garganta palpitante alcanzo un edificio con aspecto más antiguo que el resto, se alza soñador con sus balcones frente a mí. Del edificio me acerco a la puerta; si la vieseis sentirías la inmediata necesidad de pasar la punta de los dedos por la madera veteada y el tono oscuro de ese pomo dorado, acariciándolos. Esa puerta se abre a todos los lugares que uno anhela, no hace falta más que desear un destino para que crujan los engranajes y se parta en dos permitiendo el paso a quien espera fuera, expectante.
¿Qué me encuentro al entrar? Veo un patio de casa de ciudad, unas escaleras que se curvan alrededor de una pared de pintura desconchada por el paso de los años. Y apoyado en la barandilla con las manos en los bolsillos un rostro serio de ojos brillantes cuyo destino está tan entrelazado con el mío que entre nosotros destella al vernos una corriente eléctrica durante un segundo lo suficientemente breve para no percibirla, para dudarla, para beber de un trago la incertidumbre del misterio.
Su figura baja las escaleras y al alcanzarme sobran las palabras para entendernos. Me mira y contempla el patio, y supongo que se da cuenta entonces de que acabamos de encontrarnos en el rincón más profundo que tengo yo adentro; ahí donde le llevo a él.

V.




13 de septiembre de 2015

Es porque te echaré de menos

No es por tu energía ni tus ganas de comerte el mundo,
ni tus enfados a destiempo si pierdes un partido que ni si quiera te importa,
ni tu forma de taparte la nariz con la chaqueta cuando hay algo que te da muchos, muchos, nervios;
ni es por el modo en que se te va la consciencia cuando hay una guitarra cerca,
ni por el sonido profundo que hace moverse el piso cuando te da por reír,
ni por la manía de poner de fondo canciones para que aprenda, que ya me toca;
ni es por ese vicio que tienes de meter regalos a escondidas en mis bolsos,
ni porque siempre lleves la cerveza en la mano esperándome para charlar,
ni porque tengas el ansia de plagar tu cuarto de post-its por darte fuerzas para invitarme a cenar cuando el terremoto haya pasado;
ni es por tus "puedo prometer y prometo"s que nunca cumplirás,
ni por la capacidad que tienes de afrontar mis tormentas con sarcasmo e ironía, sabiendo de sobra que son el mejor remedio,
ni por tu forma de comprometerte sin palabras, con hechos;
ni es por la manera que tienes de callar y que invada el silencio durante horas,
ni por cómo cantas, muy bajito para que nadie (o todos) te escuchen,
ni por el modo en el que miras, entrando en el alma, quedándote junto a ella;
ni es por cómo rozas las palmas de mis manos para calmar mis ganas de llorar,
ni por cómo contraes la cara cuando hay algo que no quieres decir,
ni porque lo acabes diciendo.
es por la complicidad,
y el sentimiento de saber de antemano que te deberé una de por vida,
y por las ganas que tengo de abrazarte el alma,
y darte las gracias por enseñarme que a amores cortos, películas épicas,
y decirte que te quiero, mucho, por haber aportado una gota, o un mar entero, al océano de emociones que soy.
es
porque
te echaré
de menos.
C.

6 de septiembre de 2015

End of summer.

Dos visiones de un verano. Empieza Cristina y acaba Vic.



Esto es como cuando de pequeños nos pasábamos los meses de verano encerrando recuerdos en 

nuestra mente para poderlos contar a los amigos a la vuelta al cole, después de comprobar por tercer año consecutivo que lo de crecer no molaba nada porque los uniformes nuevos, que aún no han sido usados, pican un montón, y los libros son cada vez más, y más pesados. Esto es igual, pero sin las palas de la playa, la trenza de hilos que te hacías en el lugar más vistoso de la cabeza, o la competición de un moreno cangrejil que nunca, nunca, superaría a tu amigo que era negro por naturaleza.

Esto es igual, pero con la ilusión de historias que dejas aún sin empezar, o inacabadas, antes de irte de vacaciones, a ver si con suerte consigues conservar la chispa hasta dentro de dos meses; o un primer gran viaje con amigos, de esos que no hacen del verano el mejor de tu vida, pero sí el más especial. O el helado que crees el más impresionante que has probado, no por su sabor (que también), sino por llevar nueve horas caminando por una ciudad con más sol que un desierto a las dos de la tarde. O un tren repleto de inmigrantes por los que te planteas las diferencias que vienen implícitas en eso de nacer en lugares diferentes, esas que se muestran cuando en un vagón lleno las únicas que reciben una sonrisa de la autoridad somos dos europeas.
Esto es igual, pero con la mente cargada del recuerdo de una puesta de sol en un lugar en lo alto del mundo, o las conversaciones en idiomas inventados con extranjeros, porque no te queda otra. O las carcajadas por agotamiento tras pasar dos semanas basando la comida en pan con queso y agua en fuentes que encuentras. O el primer chapuzón del verano, ese único en los días que te queden ahí en el que no te planteas lo fría que pueda estar el agua, simplemente necesitas ese frio. O las acampadas al raso, con veinte capas de ropa encima, un cielo lleno de tantas estrellas que crees que tendrás todos los deseos concedidos de por vida, y quince tonos distintos de risa que se convierten en tu canción favorita. O las mañanas en las que el malestar que llevas en vena se pasa sólo con la presencia de amigos, y no con eso del ibuprofeno y el café.
Esto es igual, pero con un reencuentro en septiembre en el que se sustituyen las galletas Dinosaurios del recreo, por un gin tonic y un paseo por Madrid nocturnos, para acompañar lo de abrir la caja de recuerdos, un poco, sólo un poco, no sea que se escapen.

C.

Apoyado en mi mesa descansa un tarro de cristal a punto de estallar. Al hacer girar su tapa oigo risa lejana y me alcanza el olor de una corriente de ría lluviosa; durante unos segundos, al abrirlo, cierro los ojos y se derrite mi cuarto a mis espaldas. En el bote no cabe mi cuarto, pero sí caben 8 países surcados por las vías de un tren fijado, tanto en el bote como en mi mente, en un permanente viaje al atardecer. 
Compré el bote de cristal hace 3 meses. Lo encontré en una tienda pequeña repleta de estanterías y me aseguré de que fuese del tamaño correcto para lo que yo quería: cabe todo lo que te hace feliz. 
Desde el bote me sonríen cuatro amigas sentadas en una estación rodeadas de mochilas y maletas. De pasar tanto tiempo junto a ellas casi se me olvidó meterlas dentro de mi tarro, pero en un último momento de despedida en un aeropuerto nocturno conseguí acordarme y añadir los 4 objetos de mayor peso a mi recolección. Mis amigas pesan más que 6 capitales europeas y una ciudad pequeña coronada por una iglesia silenciosa.
Les toca ponerse las gafas de bucear y contener la respiración. Tuve que llenarles el bote de agua de mar del norte, y de ese mar un pequeño velero blanco, y de ese velero un chico de melena negra que navega siempre más allá del horizonte. Desde el bote escucho el eco de mis pies reconociendo una casa de piedra y madera que solamente había conocido a través de la voz que me contaba sus historias. El bote cada vez pesa más y más.
Me acerco la tapa a la nariz; huele a ciudad, a finca, a isla, a sol. Con un suspiro me doy cuenta de que el recipiente está tan lleno que tendré que comprar uno nuevo, ya que éste no da más de sí.
Enrosco la tapa e inmediatamente echo de menos el silbido del tren y el sabor de la incertidumbre. Pero entonces, al colocarlo junto a los otros 17 botes que descansan en mi estantería, acabo sonriendo, pensando en los muchos que me quedan por rellenar. Y pienso que no tardaré, en medio de una tarde lluviosa de domingo cerrado, en rescatarlo del estante y recordar el olor de la felicidad. Que cuando lo necesite siempre estará ahí, esperándome.

V.